La mañana siguiente llegó con un aire espeso y denso. El cielo estaba cubierto de un gris casi metálico, y una llovizna leve se deslizaba por los ventanales de la mansión como si intentara entrar.
Gunnar se levantó temprano, igual que siempre, y se sumergió en su rutina de entrenamiento físico. Trotó alrededor del perímetro interior de la casa, un circuito automatizado que simulaba terreno irregular, hizo flexiones, abdominales y sentadillas con cargas artificiales que aumentaban progresivamente. Luego pasó a la sala de combate, donde practicó puntería en una galería virtual que proyectaba amenazas realistas y técnicas de defensa cuerpo a cuerpo contra drones móviles.
Al finalizar, se tumbó en el suelo acolchado, respirando con calma, su cuerpo encontrando paz en el silencio.
Caesar se hizo notar con un chillido emocionado desde la cocina. A esas alturas, ya se encontraba devorando unos kilos de carne cruda que Gunnar había encargado en cuanto despertó. El chimpancé estaba feliz. Él también, pero de forma más silenciosa.
Sin embargo, la tranquilidad no lo protegía del peso que lo invadió de pronto. Una culpa leve, sin embargo, persistente.
Sentado en el patio interno, mientras el agua de lluvia se deslizaba por los paneles de vidrio, pensó en Caesar. El simio rara vez salía de casa, y las pocas veces que lo había hecho, lo había disfrutado. Le fascinaban los paisajes, los olores nuevos, las ciudades llenas de estímulos, los parques silenciosos y la naturaleza salvaje que aún quedaba en el mundo.
Sin embargo, esta vez no podía llevarlo. No era una misión segura. París era el destino, sí, pero no por placer, sino por trabajo. Y el trabajo no admitía errores ni distracciones.
Activó a Sara con un ligero roce en su bolsillo. —Ponme en contacto con Silvia Taylor.
—[Conectando… de inmediato.]
La imagen de la rubia apareció flotando frente a él, proyectada por sus gafas de asistencia. Su cabello estaba recogido, y su tono fue despreocupado.
—[Gun, qué sorpresa. No me llamas tan seguido. ¿Pasó algo?]
—Me voy a París hoy —dijo sin rodeos—. Necesito que te quedes en mi casa para cuidar de Caesar. Retomé la misión. Es parte del acuerdo, así que colabora.
—[¿Cuidar de Caesar?] —sonrió—. [No hay problema, estoy aburrida aquí. Me vendrá bien un cambio de aires.]
—Trae carne. Mucha. Le encanta —agregó sin expresividad.
—[Anotado. Te veo al rato, Gun. ¡Adiós!] —colgó sin esperar respuesta.
Curiosamente, Silvia había estado tranquila, ausente de los juegos verbales que solía utilizar para irritarlo. Él no le dio mayor importancia. Estaba más ocupado ordenando la habitación de trabajo, recogiendo partes de armamento, verificando equipo, y jugando una última partida de ajedrez con Caesar.
Unas horas después, el sonido de una bocina marcó la llegada de Silvia. Detuvo su camioneta frente al portón principal. Vestía ropa deportiva negra y unos tenis blancos. Se veía impecable, algo habitual en ella.
Gunnar la recibió en la entrada. Caesar, al verla, dio un salto de emoción.
—En el carro te traje tu comida favorita —dijo Silvia, sin disimular el cariño—. Puedes ir por ella si no aguantas más.
No terminó de hablar cuando Caesar ya se había lanzado hacia el vehículo. Abrió la puerta con habilidad y sacó una caja térmica que empezó a desarmar con una eficiencia preocupante.
—Magnífico. No sabía que era tan inteligente —dijo Silvia, cruzándose de brazos.
—Te llevarás más sorpresas —respondió Gunnar, entregándole una carpeta plastificada—. Aquí tienes un resumen básico sobre él. Léelo bien. Si sigues las recomendaciones, no tendrás problemas.
—Lo haré. Por cierto, Fernandinho y Cristina me mandaron un mensaje. Estarán ausentes por un tiempo.
—Entendido.
Hubo un pequeño silencio. Luego, Gunnar se giró hacia Caesar.
—Vendré pronto. Sé obediente.
Caesar respondió abrazándolo con fuerza. Gunnar apenas correspondió el gesto.
—Esto es para ti — Silvia agitó la muñeca y su sistema inteligente se activó. El hombre frente a él no tuvo que hacer más que extender la mano y Sara hizo presencia para recibir la información—. Hice algunas llamadas en París. Esto te dará acceso a lugares y contactos que podrías necesitar.
Él asintió levemente y le agradeció.
Sin más palabras, Gunnar empacó su equipo en un bolso militar negro. Dentro iban herramientas personales, armas no registradas, medicina, entre otras cosas.
Al poco tiempo, abordó su vehículo y partió hacia el norte, donde lo esperaba un jet privado en una pista discreta, de su propiedad desde hacía dos años. Más por seguridad que por lujo.
El personal del vuelo, dos pilotos, un chef y dos azafatas, lo recibió con cortesía. Subió luego de saludar a su manera. Se sentó junto a la ventana, comió lo necesario, bebió un vaso de whisky irlandés y revisó las noticias en la pantalla flotante.
El caso de Jacob seguía en tendencia. Miles de teorías. Ninguna le satisfacía.
Apagó el visor y cerró los ojos. Con la tecnología actual el viaje a París no tomaba más de dos horas.
Al llegar, una limusina lo recogió en pista. Las calles de París lo recibieron como si nada hubiera cambiado: jardines geométricos, esculturas en plazas flotantes, vitrales artificiales que se adaptaban a la luz del día. A pesar del futuro, París seguía siendo París.
El hotel estaba ubicado frente al Sena. No necesitó tarjetas. Su huella estaba registrada. Entró sin hablar con nadie, subió a su habitación de lujo y se desplomó en la cama sin quitarse la chaqueta.
Miró el reloj. Las 10 p.m.
Pensó en Luke. Pensó en Karina.
“Luke, nunca imaginé que conquistarías a Karina… Perseveraste”, pensó con una leve sonrisa casi imperceptible.
Cerró los ojos. Durmió.
Y el grito lo despertó.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien me ayude! ¡¡Un monstruo!!
Gunnar se incorporó de golpe, la adrenalina escurriéndole por la nuca. La palabra “monstruo” no era común. Y no sonaba a accidente.