Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 05: Matrimonio 

Pasaron varias horas desde la pesadilla. Gunnar no había dormido en toda la noche. El peso del sueño todavía lo aplastaba cual yunque invisible.

—Es lo más extraño que me ha pasado... —murmuró con voz ronca, acariciándose el rostro frente al espejo empañado del baño.

Las imágenes seguían ahí. El perro ensangrentado, la pareja monstruosa, la voz agónica que lo llamaba hermano. Todo demasiado vívido, demasiado real. No era un simple mal sueño.

Para calmar su mente, decidió enfocarse en lo inmediato: la misión. Antes de cualquier otra cosa, debía asistir a la boda de su viejo amigo Luke. Un par de joyas bastarían como regalo.

—Nada demasiado elaborado —resolvió, casi con fastidio.

Encargó un collar de esmeraldas, escogido por coincidir con los ojos verdes de Karina, y para Luke, un reloj clásico, de oro, con pequeños rubíes en las marcas del tiempo. Costosos, sí, pero impersonales. Gunnar nunca fue bueno eligiendo obsequios.

Faltaba poco para el evento. Se duchó y eligió un esmoquin negro con detalles mínimos en azul oscuro. Los zapatos brillaban como espejos. Añadió unos gemelos discretos y un anillo de titanio. No tenía valor sentimental, pero era parte de su armadura social.

Un tiempo despues descendió al lobby del hotel. La limusina ya lo esperaba.

Gunnar no mostraba ni ansiedad ni alegría. Solo una calma afilada. Su intención no era celebrar: quería observar, escuchar, aprovechar el evento. No había venido a brindar, sino a leer entre líneas.

A las afueras del hotel, un lisozima elegante lo esperaba con un hombre bien vestido. Él era su chofer, un hombre de la ciudad con buena etiqueta. Era uno de los contactos que Silvia le había dado para facilitarle las cosas. Tras un saludo formal, Gunnar entró al vehículo con calma.

Mientras él se acercaba al lugar del evento, en el salón principal la fiesta ya había comenzado. La ceremonia había terminado hacía pocos minutos. Ahora corrían el vino, la risa y los brindis.

—¡Por los nuevos esposos! —gritó un joven rubio con acento ruso, alzando la copa con torpeza festiva.

—¡Sí, brindemos! —añadió otro, idéntico a él, mientras hacía equilibrio sobre una silla.

—Zenya, deja de hacerte la seria —bromeó el primero.

—Compórtense. Me están avergonzando —les respondió la mujer, también rubia, también parecida; sin embargo, con una mirada más aguda.

Eran los trillizos: Mason, George y Zenya. Ruidosos, irresistiblemente simpáticos y eternos protagonistas de cualquier celebración. Su presencia era una combinación peligrosa entre caos, encanto y alcohol.

En su mesa se encontraban otros conocidos, entre ellos Oliver, el carismático hombre de sonrisa fácil, y Madeleine, de belleza innegable, pero con los ojos de alguien que ha visto demasiado.

Karina, la recién casada, se acercó a la mesa con la sonrisa luminosa de quien vive un momento perfecto.

—¿De qué hablan tan animados? —preguntó divertida, ajustando el velo decorativo que aún caía sobre su hombro izquierdo.

Luke, detrás de ella, la abrazó por la cintura y respondió con una broma que provocó carcajadas. Luego se dispusieron a recorrer las mesas para agradecer a cada invitado.

Fue entonces cuando Zenya se detuvo en seco.

Algo o alguien había capturado su atención.

—¿Estoy alucinando…?

Los demás siguieron su mirada, curiosos. Un silencio inesperado se extendió por la mesa, como si el tiempo se comprimiera.

—¡Gunnar! —gritó Luke, levantándose de golpe del asiento que no tenía más de dos segundos de haber ocupado.

Todos miraron hacia la entrada.

Allí estaba.

Gunnar caminaba entre los invitados con una elegancia sin esfuerzo, cada paso preciso, la espalda recta, el rostro sereno. No es que estuviera fuera de lugar, es que el lugar parecía girar levemente en torno a él.

—Parece que llegué tarde —dijo, sin perder el tono neutro, acercándose a la pareja.

—¡No puedo creerlo! —Luke lo abrazó con un impulso que él mismo pareció lamentar de inmediato. Se separó al instante—. Perdón... fue la emoción.

—Tranquilo. Traje un obsequio —respondió Gunnar, extendiendo dos pequeñas cajas, envueltas con un lazo sobrio.

Karina lo recibió con una sonrisa genuina.

—Gracias por venir, Gunnar. Es un honor tenerte aquí.

—El honor es de ustedes —respondió con una leve inclinación de cabeza.

Luego se dirigió a la mesa, ocupando un lugar entre Zenya y Oliver. El silencio era espeso. Las miradas flotaban con preguntas no formuladas.

—¿Cuánto ha pasado? ¿Cinco años? —preguntó Zenya, intentando romper la tensión.

—Cuatro años, ocho meses y dieciséis días —respondió Gunnar, mirándola directamente.

—Eh… sí, cierto —dijo con una risa torpe—. No esperaba menos de un Coleman… ¿Y cómo te trata la vida?

—Con más sinceridad que antes.

Ella quedó en blanco. Era evidente el cambio de personalidad tan contrastada que había sufrido su viejo amigo. Le costaba reconocerlo.

—Me alegra, supongo… —expresó. Pensando en qué decir, cambió el tema con preguntas que al segundo después se arrepintió de decir—. ¿Cómo va tu relación con tus familiares? ¿Te has vuelto a comunicar con tus hermanos?

—No —contestó firmemente, provocando cierta tensión.

Por fortuna, alguien se vistió de héroe.

—¡Oigan! ¿Qué pasa con esta atmósfera? —intervino Mason, descorchando una botella con un cuchillo y derramando parte del contenido sobre la mesa—. ¡Vamos a beber!

—¿Gunnar, bebes?

—Sí. Claro.

El ambiente comenzó a aflojarse. El vino hizo lo suyo. Las voces regresaron, aunque no del todo. Gunnar solo hablaba si le preguntaban. Cada respuesta suya era breve, medida.

Sin embargo, había una mirada que lo perforaba en silencio.

Madeleine.

No decía una sola palabra, pero su rostro lo decía todo: tensión, ansiedad, nostalgia. Y algo más. Una súplica muda.

Gunnar la observó con atención. Sabía leer rostros mejor que leer libros. Y mujer estaba al borde del colapso. Algo dentro de ella pedía ayuda.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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