Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 07: Prueba de los Dignos 

Era la tarde del tercer día de Gunnar en París. La última. Cerró el morral con firmeza, ajustó las correas sobre el hombro y salió del hotel. El cielo, cargado de nubes oscuras, anunciaba sin rodeos lo inevitable: lluvia.

—Otra vez —murmuró, molesto.

Una gota cayó sobre su mano. Su mirada la siguió, parecía que esa simple caída confirmara que todo iría mal. El chofer de la limusina le abrió la puerta con profesionalismo.

—Lléveme al aeropuerto privado, por favor.

—Entendido, Sr. Coleman —respondió el hombre antes de ponerse en marcha.

La lluvia arreció poco después. Enfurecida. Los limpiaparabrisas apenas podían seguirle el ritmo. A eso se sumó un trancón insoportable. Gunnar bebió un sorbo de vino del minibar y cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás.

Cualquiera diría que descansaba. Pero no. Solo pensaba.

“El futuro que se avecina es oscuro. Aquellos que superan los límites humanos... ¿lo hacen por ciencia, o por los espejos?”

El recuerdo del archivo más que respuestas, trajo más preguntas. Sin embargo, no podía relajarse. No todavía.

Sus ojos se abrieron sin apuro, pero la tensión no se había ido. Estaban pasando por una carretera boscosa y fue justo entonces que el conductor exclamó:

—¡Sr. Coleman, mire!

Gunnar se incorporó. Un enorme árbol caído bloqueaba la carretera frente a ellos. No era una rama cualquiera: ocupaba todo el ancho del camino y parecía arrancado de raíz por algo más que el viento.

El chofer descendió, corriendo bajo la lluvia. Gunnar no lo detuvo. Observó desde su asiento, sin prisa, como quien sabe que cualquier dirección será peligrosa.

El hombre se acercó al árbol, sin embargo, algo en el otro extremo de la vía le cambió la cara por completo.

—¡Sr. Coleman! ¡Tiene que ver esto! ¡No va a creerlo!

Gunnar reaccionó de inmediato. Sacó dos pistolas del morral, se aseguró de que los cargadores estuvieran listos y guardó un par de cuchillos en los bolsillos del abrigo. El espejo plateado, desde dentro de su traje, emitía un débil resplandor.

Salió del vehículo con pasos firmes.

—Tenemos que irnos, ahora mismo —dijo el conductor, sin apartar los ojos de la escena frente a él.

Gunnar avanzó y lo entendió todo. Una camioneta destrozada, abollada, con cristales rotos y charcos de sangre en el suelo. Ropa ensangrentada colgaba de las puertas. El olor a hierro era fuerte, incluso con la lluvia.

—Maldición —murmuró—. Retrocedamos. Ya.

El conductor echó a correr. El profesionalismo desapareció en segundos, convertido en puro instinto. Pero a mitad de camino, se detuvo en seco.

Un sonido distinto al de la lluvia lo había alcanzado. Agudo. Irregular. Chillidos de algo que no pertenecía a este mundo.

—¿Qué… qué demonios es eso? —balbuceó.

Temblaba. Literalmente. Sus piernas flojas lo traicionaron. Después sintió un goteo extraño en la espalda. No era lluvia.

Giró la cabeza.

—Santa Madre de Dios…

Una criatura se alzaba detrás del auto. Horrible. Una especie de rata mutante, de un metro de alto, sin ojos, con una boca ancha repleta de dientes amarillos y torcidos. Era como un error de la evolución, un experimento que nunca debió existir.

—¡Dios mío! ¡¿Qué cosa es esa?!

El miedo le corrió por las venas. Pero aun así disparó. Vació el cartucho sobre la criatura.

El cuerpo del monstruo cayó con fuerza sobre el asfalto, agujereado. El hombre bajó lentamente las manos, temblorosas, y se volvió hacia Gunnar con una sonrisa que buscaba ser orgullo, sin embargo, era más bien alivio.

—Sr. Coleman, ya podemos...

No terminó la frase.

Una segunda criatura cruzó la carretera cual rayo. Saltó sobre él y le arrancó la cabeza de un solo mordisco.

Gunnar no se movió. Observó todo, sin parpadear. Pudo haber intervenido. Tenía ángulo, tenía tiempo. Pero no lo hizo.

Con crueldad y frialdad lo calificó de estorbo. Lo que venía necesita toda su atención.

Apuntó con calma y disparó. El proyectil impactó justo donde debía estar el ojo izquierdo del monstruo. Aunque no tuviera ojos reales, su piel marcaba la zona como un punto débil. Cayó al instante.

Los chillidos aumentaron, multiplicándose entre los árboles. La amenaza no había terminado.

Gunnar mantuvo las pistolas levantadas. Escaneó el entorno.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

El espejo plateado en su mochila comenzó a brillar con intensidad. La luz abandonó el objeto y se transformó en un líquido brillante que, como si tuviera vida, se deslizó hasta su piel y se hundió en ella.

—¡¿Qué carajos…?! —Gunnar dio un paso atrás, no obstante, ya era tarde.

Su cuerpo se calentó de golpe. El pulso se disparó. Sentía que algo lo invadía. Y justo entonces, aparecieron.

Palabras flotantes. En el aire. Frente a él. Como si alguien, o algo, las hubiera proyectado desde otra dimensión.

«Gunnar Coleman, nuevo aspirante del planeta Tierra para la Prueba de los Dignos».

«Desde ahora inicias el Proceso de Liberación. Sobrevive a la futura invasión y al fin de la vida en este planeta».

«Lucha o muere».

Las palabras se deshicieron semejantes a las cenizas en el viento.

Gunnar no sabía si eso era real o una alucinación. ¿Era una tecnología desconocida? ¿O algo más? ¿Un fenómeno sobrenatural? ¿Un mensaje enviado por el espejo o por algo detrás de él?

—¡Qué demonios es esta mierda! —exclamó, su cara decía lo desorientado que estaba. Sin embargo, abruptamente tuvo que centrarse en otro asunto importante.

“Aquí vienen”, se recordó a sí mismo al ver el primer grupo de monstruos acercarse.

Respiró hondo. Todo debía ser dejado atrás: la confusión, el miedo, las preguntas. Había una sola opción viable: actuar.

Apretó las armas. Y abrió fuego.

Las criaturas surgieron desde la niebla de la tormenta como si el bosque mismo las vomitara. Saltaban entre los árboles, cruzaban la carretera y caían en manada, empapadas, gruñendo con una rabia ciega. Habían demasiadas. Gunnar no tuvo tiempo de contarlas.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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