La lluvia persistía con una obstinación casi personal. Gotas heladas se deslizaban por su rostro herido, mezclándose con la sangre que aún brotaba de algunas cortadas. A lo lejos, entre los árboles que flanqueaban la carretera, el frenesí de los monstruos le había destrozado toda la limusina que aún humeaba.
Gunnar, empapado y exhausto, caminaba con pasos duros pero con esfuerzo. Sentía que cada músculo se quejaba al unísono, y los heridas en su pecho y brazo izquierdo amenazaban con volverse más serios. Sus dedos buscaron con urgencia el morral, esa última esperanza portátil en medio del desastre. Al abrirlo, sus ojos toparon con un pequeño frasco: pomada blanca, medicina de punta. Al menos algo le sonreía ese día.
Sabía perfectamente lo que tenía en sus manos: un ungüento experimental, capaz de cerrar heridas superficiales en minutos, regenerar tejido dañado y detener sangrados... con un dolor que rozaba lo inhumano. Se suponía que debía usarse con anestesia, pero Gunnar apenas lo pensó. No podía darse ese lujo. No ahí. No con esas cosas aún rondando.
Se sentó en la carretera mojada, con los dientes apretados, y destapó el frasco. La mezcla tenía un olor metálico, químico, casi ardiente. Hundió los dedos en ella y se la aplicó directamente sobre el pecho.
El grito no tardó en salir.
—¡Agh, mierda! —jadeó, sin embargo, no soltó el frasco.
La piel le ardía como si se derritiera desde dentro. No obstante, algo más le estaba ocurriendo. Un nuevo dolor, más profundo, más... antinatural, se encendió desde la médula y recorrió su sistema nervioso como un relámpago.
Entonces, las letras flotantes aparecieron de nuevo.
«Proceso inicial de Liberación».
«Termina en 30 segundos».
Gunnar apenas las registró. El frasco cayó al asfalto con un sonido apagado, su contenido derramándose cual leche agria bajo la lluvia. El dolor que lo invadió fue diferente a cualquier cosa que hubiera sentido: una sensación de quemadura interna, parecía ser que su sangre estaba cambiando de composición y sus huesos se estaban reescribiendo. Sus labios sangraban, y el mundo giró unos segundos. Su cuerpo perdió toda su fuerza.
Se oyó gritar a sí mismo, pero ni siquiera estaba seguro de estar consciente.
Cada fibra de su cuerpo ardía, sus sentidos se sobrecargaban y, sin embargo, algo lo mantenía despierto. Una fuerza invisible lo obligara a soportarlo todo.
Y después, como si se apagara una llama, el dolor se extinguió.
Gunnar quedó jadeando, empapado, tumbado sobre el asfalto, con los dedos apretando el vacío donde antes estuvo el frasco. Levantó la vista, tembloroso. Las letras seguían ahí, brillando como si nada hubiera pasado.
«Existencia: Gunnar Coleman».
«Especie: Humano terrícola».
Las frases se desplazaban por su campo visual con la precisión de un sistema inteligente. Gunnar, aún aturdido, las leyó con atención creciente. Aquello no era una alucinación. Lo sabía con una certeza instintiva.
Otra cosa que sí sabía con certeza era que su cuerpo y mente habían cambiado por completo.
—Me siento… diferente —susurró, mirándole las manos mientras las abría y cerraba. Parecía que esta acción tenía la intención de acostumbrarse a sus nuevas capacidades.
Ahora su cuerpo se movía con una agilidad casi instintiva, sus sentidos estaban más alerta y su mente afilada lista para resolver cualquier problema que se atravesara con una mayor eficacia que antes. Además, una fuerza renovada parecía emanar de él.
Gunnar no sabía el porqué, pero estaba seguro que tenía cierta cantidad de energía almacenada en su interior todavía sin usar. «Absorción de Origen», como fue llamado.
Las deducciones que siguieron fueron aún más inquietantes. El llamado “Origen”, la capacidad de absorber poder de las criaturas que había derrotado, la conexión con el misterioso espejo color plateado. Era demasiado. Y al mismo tiempo, encajaba con todo lo que había vivido desde que los espejos comenzaron a brillar.
—Esto… es real —murmuró Gunnar.
Sintió un escalofrío. No por el frío de la lluvia, sino por la dimensión del fenómeno. Estaba dentro de algo más grande. Una fuerza que iba más allá del gobierno, de la ciencia, incluso de la lógica.
Con la respiración aún entrecortada, intentó experimentar. Cerró los ojos, visualizó el Origen almacenado y trató de hacerlo suyo por completo.
Era la primera vez que lo intentaba, pero parecía ser tan natural que lo aterró. Sin embargo, no dejó de actuar.
Lo hizo con la misma fluidez con la que apretaría un gatillo.
Una oleada de energía le recorrió el cuerpo, una corriente cálida que viajaba desde su pecho hasta la base del cráneo. Sintió mejoras. Funcionaba.
Sonrió. Fríamente. Esa sensación de aumento tangible de poder era adictiva.
Gunnar se puso de pie con un esfuerzo tosco. Notó que las heridas, aunque no curadas del todo, habían mejorado. Ya no sangraba tanto. Tal vez el dolor atroz de antes había sido una especie de catalizador… o castigo.
Apretó los dientes. La señal del comunicador seguía muerta. Nada. Ni una palabra de Sara, ni una alerta, ni un pitido.
Rebuscó entre sus cosas hasta que dio con lo que necesitaba: un arma avanzada, similar a un AK-47, pero con un diseño más aerodinámico y liviano. Ensambló cada pieza, cargó diez cartuchos de 40 balas y se echó el morral al hombro.
No la usó antes claramente por el tiempo que le tomaba armarla. Eran demasiado segundos para una situación urgente.
Sin más, avanzó. Debía moverse.
—Tres horas trotando si no pasa nada raro —se dijo. Sabía que eso era un chiste de mal gusto.
Comenzó a correr.
El tiempo pasaba y Gunnar trotaba bajo la lluvia, entre raíces y lodo, con el arma cargada y el corazón palpitando a un ritmo disciplinado. Llevaba más de una hora desplazándose, sin señales, sin contacto con Sara. El bosque parecía tragarse cualquier rastro de tecnología.