Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 09: Preparativos y emergencias

Diez minutos antes de que Gunnar recibiera el mensaje de emergencia, en la mansión, reinaba una atmósfera casi doméstica, ajena al caos que ya venía con pasos de gigante.

Caesar y Silvia estaban en el sofá, arropados por la cálida iluminación del salón y una pantalla holográfica flotando frente a ellos. La película era ridícula, absurda, llena de colores saturados y animales parlantes. Claramente, había sido elección del chimpancé. Caesar reía con una mezcla de bufido y soplido, una risa tan propia que parecía registrada en su ADN. Tenía un balde de palomitas más grande que su cabeza, y no iba por la primera ronda.

Silvia, sin embargo, no compartía el entusiasmo.

Apenas parpadeaba. Desde que Gunnar había partido hacia París, no se permitía distracciones. Estaba concentrada en una sola cosa: observar a Caesar.

Y lo que descubría cada hora, cada minuto, la inquietaba más.

No era solo que el chimpancé entendiera lo que pasaba en la película, o que usara los controles como si los hubiera diseñado. No era que obedeciera, porque no lo hacía siempre. Era cómo la observaba cuando creía que ella no lo veía. Con ojos lúcidos. Demasiado lúcidos.

Silvia entrecerró la mirada y murmuró:

—¿Quién demonios eres…?

Caesar giró la cabeza con lentitud. No era un gesto automático, ni fruto del sonido. La estaba mirando. Y no como un animal. Su mirada era la de alguien que pensaba. Que decidía. Que elegía qué mostrar y qué no.

Luego, con una calma desconcertante, se bajó del sofá, caminó sobre sus dos patas como quien va por café y se dirigió a la cocina. Abrió la nevera. Con una soltura pasmosa.

Silvia se puso de pie, pero se quedó a medio camino. Algo en esa escena la paralizó.

No fue el acto mecánico de abrir la nevera. Fue el modo en que él la miró desde el interior iluminado del refrigerador. El cruce de miradas fue tan intenso cual interrogatorio silencioso.

La tensión fue interrumpida por una voz femenina, mecánica y precisa, que surgió desde los altavoces ocultos de la casa:

—[Joven Caesar, lo siguiente es una emergencia. Por favor, detenga lo que está haciendo y preste atención].

Silvia parpadeó. Una respuesta primitiva recorrió su columna.

—¿Le está… hablando al chimpancé?

La casa no respondió. No lo necesitaba. Sara continuó su protocolo.

—[Criaturas no identificadas se aproximan a esta dirección. Basado en los datos recogidos por el Sr. Coleman horas antes, esta especie es una raza de monstruos vinculada a objetos de tipo espejo. Exhiben un comportamiento irracional y extremo, comiendo a todo ser vivo que encuentran].

Silvia palideció.

—¡¿Qué?! Eso no es… no puede ser real. Monstruos… —su ceño fruncido expresaba claramente que no creía del todo esa información. Sin embargo, el sistema, imperturbable, prosiguió.

—[Joven Caesar, se activa el protocolo de emergencia. Las restricciones impuestas por el Sr. Coleman quedan anuladas. Tienes permiso total para actuar según tu criterio].

Acto seguido, la cocina entera cambió.

Las alacenas se deslizaron hacia atrás. Las repisas rotaron como engranajes y se replegaron con sonidos hidráulicos. Algo nuevo tomó forma, dejando ver compartimientos metálicos ocultos. De ellos emergieron armas clasificadas, desde cuchillos tácticos y granadas compactas hasta rifles energéticos y dispositivos aún no identificables.

Silvia contuvo el aliento.

Todo ese tiempo… había estado viviendo sobre un arsenal.

El sistema prosiguió, imperturbable:

—[Señorita Silvia, seleccione el equipo que considere apropiado. Por su seguridad, destruya el espejo que apareció ayer].

Ella no respondió. Su mente aún intentaba organizar lo que acababa de presenciar.

Caesar sí actuó.

Con una determinación que parecía ajena a cualquier simio, se acercó al arsenal y escogió un báculo, reforzado, con segmentos metálicos en los extremos. Lo hizo sin dudar, como quien escoge un viejo amigo. Lo giró con gracia marcial y lo sostuvo con ambas manos, probando su peso.

Silvia lo miraba. Un sudor frío le recorría la espalda.

—Ese maldito mono… No es un mono —susurró con voz nerviosa.

La voz de Sara volvió:

—[Quedan cuatro minutos para el primer contacto con el enemigo].

Las cámaras de seguridad se encendieron. La pantalla del salón cambió de escena. Aparecieron las imágenes: una veintena de criaturas horrendas avanzaban entre los árboles que rodeaban la mansión. Cuerpos deformes, sin ojos, piel desgarrada, bocas como hornos de dientes desordenados.

Eran reales. Demasiado reales.

Silvia contuvo una arcada. Su mente científica trató de buscar una lógica, un patrón. No lo encontró.

El miedo se convirtió en acción. Pese a su confusión interna, esta mujer no era cualquiera.

Caminó hacia el arsenal y eligió dos pistolas cortas, un cinturón de cargadores, un chaleco térmico con blindaje reactivo. Se ató el cabello sin mirar. Su rostro era el de alguien que entendía que estaba a punto de jugarse la vida.

Se giró hacia Caesar. Él ya estaba preparado. Erguido. Tranquilo.

—¿Qué eres…? —le preguntó, no por obtener una respuesta, sino por dejar constancia.

Caesar respondió con un leve asentimiento. No fue un gesto simiesco. Fue humano. Formal.

En ese preciso instante, Sara transmitió el mensaje de advertencia para Silvia de parte de su maestro.

Y entonces, lejos de allí, y ciertos minutos posteriores, entre árboles rotos y cadáveres humeantes, Gunnar acababa de eliminar a su último enemigo.

A lo lejos, cuatro furgonetas se acercaban a toda velocidad.

Él las observó sin expresión.

—Tardaron —murmuró, limpiándose la sangre seca del rostro con el dorso de la mano.

Los vehículos se detuvieron con un chillido de frenos. Varios hombres descendieron. Iban armados. Miraban a Gunnar como si vieran a un espectro. El hedor de los cadáveres les provocó arcadas.



#681 en Fantasía
#401 en Personajes sobrenaturales
#289 en Thriller
#138 en Misterio

En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.