La tormenta no daba tregua. El cielo, aún más oscuro que de costumbre, rugía.
—¿Tu nombre?
—Me conocen como Bod —respondió sin titubeos.
Eso bastó.
—Sara, transfiérele un millón.
La voz artificial de Sara no se hizo esperar.
—[Transferencia en curso. Confirmado. Fondos entregados].
El rostro de Bod se endureció al ver la cifra en su pulsera. No preguntó. No agradeció. Solo asintió con una leve sacudida de cabeza.
—Hecho. Los riesgos siempre traen las mejores recompensas —dijo Gunnar, y su voz cortó—. Sé que no lo haces por ética ni por pasión. Necesitas dinero. Ya lo tienes. Vamos.
—...Sí, señor —murmuró Bod.
Ambos salieron del hangar y se enfrentaron a la pared de agua que los recibía con violencia. La cortina de lluvia era tan densa que se sentía como atravesar una dimensión líquida. El aire era una mezcla de ozono, gasolina y tierra mojada.
—¡No te detengas, corre con fuerza, nos estamos acercando! —ordenó Gunnar, sin mirar atrás.
—¡Sí! —rugió Bod, sintiendo la adrenalina empujando sus piernas.
Corrieron entre relámpagos y turbinas apagadas. El suelo resbaloso casi los traiciona, pero finalmente llegaron a la aeronave. Gunnar abrió la compuerta con un escáner de pulso, y ambos subieron con rapidez. La escotilla se cerró con un siseo automático, aislándolos de la tormenta.
—¿Quieres rezar? —preguntó Bod mientras tomaba su lugar frente a los controles.
Gunnar simplemente negó con la cabeza.
El piloto, sin embargo, cerró los ojos y recitó:
—Dios mío, vela por nosotros en este vuelo peligroso... para que podamos regresar sanos y salvos a nuestros hogares.
Cuando los abrió, notó que Gunnar lo observaba. No lo interrumpió. Solo asintió, seco.
—Despegamos en treinta.
El avión, un modelo adaptado para transporte discreto, rugió con fuerza al alzarse en el aire. El despegue fue tenso, pero exitoso. Gunnar permanecía en el asiento del copiloto, revisando su arma, su equipo y cada vendaje. El interior estaba en silencio, salvo por el zumbido de los motores y el golpeteo de la lluvia en los costados.
Sara no reaccionaba. Posiblemente otra interferencia que hacía que su conexión fuera inestable.
Gunnar se puso de pie y se dirigió al pequeño compartimento trasero. Abrió el armario integrado y extrajo ropa limpia, un uniforme negro táctico con adaptaciones inteligentes para el combate. Curó sus heridas en silencio.
Cada movimiento era automático, como el de un hombre que ya ha hecho esto demasiadas veces. Ajustó la funda de su arma. Verificó las balas. Todas contadas. Todo listo.
Cuando la nave aterrizó, lo hizo con suavidad militar. Gunnar bajó. No le dijo nada a Bod, pero antes de desaparecer, se detuvo un segundo y asintió. Bod entendió. Era su forma de agradecer.
Un coche lo esperaba cerca del hangar. De diseño elegante, sin conductor, puertas abiertas como alas. Gunnar entró. El motor arrancó al instante, y sin esperar instrucciones, aceleró.
La cuidad lo recibió con una calma casi insultante.
Las calles eran las mismas. Las luces de los semáforos seguían parpadeando con normalidad. Nadie corría. Nadie gritaba. La ciudad parecía estar congelada en su rutina.
—No tienen ni idea —murmuró Gunnar, apretando el volante.
Revisó las noticias en el vehículo. Nada sorprendente: una celebridad embarazada, una nueva ley fiscal, el clima. Ni una palabra sobre criaturas, muertes, destrucción.
—Silvia podría tener una pista… si es que sigue viva.
Pisó el acelerador.
El coche se convirtió en una bala entre el tráfico. Adelantaba vehículos velozmente, sin preocuparse por cámaras ni persecuciones. Era consciente de que su conducción atraería la atención… y aún así, ningún patrullero lo interceptó.
Eso fue lo que encendió las alarmas internas. No era suerte, pero lo entendió momentos después.
Frente a su vecindario, múltiples patrullas. Agentes de policía, paramédicos… y algo más.
—Los estorbos se han reunido —expresó con clara molestia.
Se detuvo un instante, bajando la velocidad para observar.
Y ahí los vio. Dos agentes con uniformes negros. No eran policías comunes. Había algo en su porte, en sus armas, en su frialdad.
Uno sacó una esfera del tamaño de una pelota de tenis. Habló con cinco civiles. Les pidió que miraran el objeto. La esfera brilló en violeta. Los cuerpos se inmovilizaron, como estatuas.
El otro agente se acercó y les susurró algo al oído.
Segundos después, otro destello. Los rostros de las víctimas cambiaron. Nervios sustituidos por calma. Olvido.
La conclusión fue inmediata.
—Tienen tecnología para manipular la mente… para borrar recuerdos.
Sus ojos se endurecieron. El peligro ya no eran solo los monstruos. También eran ellos.
Volvió al volante. Cambió de ruta.
Se dirigió a una casa cercana y aceleró.
Sin frenar.
El coche atravesó la pared con brusquedad. El estruendo fue brutal. La estructura se derrumbó parcialmente, cubriendo el vehículo con polvo y escombros.
La policía llegó segundos después.
Sin embargo, el coche estaba vacío. Sin rastro de su ocupante. Sin placas. Sin huellas. Solo humo y caos.
Gunnar ya corría a toda velocidad por los puntos ciegos del vecindario. Sus piernas eran un resorte propulsado por furia. Su cuerpo, a pesar de las heridas, se movía con una eficiencia casi sobrehumana.
Cada zancada era potencia. Saltaba muros, cruzaba techos, esquivaba sensores. No había tiempo para sutilezas.
La mansión estaba cerca.
Y entonces lo vio: sangre. Trozos humanos. El olor a carne abierta.
Las ratas habían devorado todo.
Pero había algo raro. Gunnar se detuvo por un segundo, respirando entrecortado.
—No lo devoraron todo… hay restos.
Eso no coincidía con lo que sabía. Esas cosas no dejaban nada. Ni huesos. Ni uñas.
—¿Qué las interrumpió?