Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 11: Escape I

Gunnar llegó tarde.

No lo supo por el olor metálico de la sangre ni por el cuerpo destrozado en el suelo. Lo supo por la quietud antinatural del lugar. El patio estaba demasiado silencioso, como si el mundo hubiera contenido la respiración antes de algo definitivo.

—Caesar.

No fue un grito desesperado. Fue una palabra cargada de urgencia, pronunciada con la tensión de quien teme confirmar lo que ya intuye.

El chimpancé estaba inclinado sobre el cadáver de un monstruo. Su pelaje blanco contrastaba con la sangre oscura que le manchaba el hocico y las manos. Masticaba con lentitud, ajeno a todo lo demás. Cada movimiento de su mandíbula era preciso, controlado. No se trataba de un acto salvaje, sino de una necesidad.

Cuando alzó la mirada, Gunnar lo vio.

La violencia aún estaba allí. No en su postura, sino en sus ojos. Una dureza antigua, peligrosa. Durante una fracción de segundo, Gunnar no vio a su hermano, sino a algo distinto.

Entonces Caesar lo reconoció.

La intención asesina se disolvió. En su lugar apareció la sorpresa, seguida de un alivio torpe y una alegría contenida. Intentó incorporarse, sonreír, hacer algún gesto exagerado para saludarlo, al igual que siempre.

No pudo.

Un espasmo brutal le atravesó el pecho. El chimpancé se encorvó, soltando un sonido ahogado, respirando a tirones. Sus manos buscaron apoyo en el suelo, manchándolo aún más de sangre.

Gunnar avanzó de inmediato.

Nunca lo había visto así.

No herido de manera superficial, cansado o golpeado.

Esto era distinto.

Esto era daño real.

—No te muevas —dijo, con firmeza—. No intentes hablar. No hagas nada.

Sus ojos recorrían el cuerpo de Caesar con rapidez, evaluando cortes, desgarraduras, hematomas. Había heridas profundas. Demasiadas. Heridas que, en cualquier otro ser, habrían sido mortales.

—Voy por medicina —añadió—. No tardes en seguir respirando.

Giró para dirigirse a la casa.

Una mano temblorosa se cerró alrededor de su muñeca.

Gunnar se detuvo.

Caesar alzó la cabeza con dificultad. Su respiración era irregular, pero su mirada estaba clara. Con esfuerzo, comenzó a comunicarse mediante señas, lentas, torpes, parecía que cada movimiento le costara una vida.

—[No… espera].

Gunnar frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—[Comer… ayuda].

—¿Ayuda a qué? —preguntó, incrédulo.

Caesar cerró los ojos un instante, buscando la forma correcta de explicarlo.

—[A curarme].

Esa palabra resonó con un peso inesperado.

—¿Curarte? —repitió Gunnar—. ¿Desde cuándo?

El chimpancé respiró hondo y continuó:

—[Ellos… tienen algo… Cuando los como… siento calor… Fuerza… Mi cuerpo responde].

Gunnar lo observó en silencio. Buscó signos de confusión, de shock, de instinto primitivo. No encontró ninguno. Caesar no estaba delirando. No estaba justificándose.

Estaba describiendo un fenómeno.

—¿Lo has hecho antes? —preguntó.

—[No].

—¿Entonces cómo lo sabes?

—[Lo siento].

Gunnar apretó la mandíbula.

Aquello no le gustaba. No porque dudara de Caesar, sino porque implicaba algo que no había considerado. Algo que no encajaba en ningún marco lógico conocido.

—De acuerdo —dijo finalmente—. Confío en ti.

Caesar asintió con una leve sonrisa, agotada pero sincera.

—Pero Silvia no puede esperar —añadió Gunnar—. Ella no es igual que tú.

Como si el nombre hubiera activado un interruptor invisible, la atención en los siguientes segundos la protagonizó Silvia.

Gunnar giró lentamente para luego fruncir el ceño ante lo que estaba presenciando, porque era algo similar a lo que le pasó en París.

“Proceso inicial de liberación”, dedujo rápidamente al verla.

Por un segundo pensó que la inconsciencia la protegería. Que no sentiría lo que estaba por venir. Que despertaría después, sin memoria del dolor.

El pensamiento murió rápido.

Silvia, que yacía inconsciente a pocos metros, tendida sobre el suelo manchado de sangre, abrió los ojos.

El grito que salió de su garganta no pertenecía a ninguna categoría humana. No era un alarido de miedo ni de ira. Era una descarga de sufrimiento puro, sin filtro, sin contención.

Su cuerpo se arqueó con violencia. La musculatura se tensó hasta el límite. La garganta se desgarró mientras gritaba una y otra vez, cada sonido más roto que el anterior.

La piel comenzó a enrojecer. Amarillo tornándose carmesí. La sangre brotó de sus oídos, de su nariz, de su boca.

Cuando terminó, el silencio volvió de golpe.

Silvia quedó jadeando, el pecho subiendo y bajando de manera errática. Sus ojos estaban abiertos, pero no enfocaban. Estaba despierta… y perdida.

Gunnar se acercó con cuidado.

Demasiado rápido.

Silvia reaccionó por instinto. Se lanzó contra él con una sucesión de golpes precisos, mortales, ejecutados con una técnica impecable. Cada movimiento estaba diseñado para incapacitar o matar.

Gunnar esquivó por reflejo, el cuerpo moviéndose antes que la mente.

—¡Silvia!

El nombre la atravesó cual ancla.

Ella se detuvo en seco.

—¿Gunnar…? —murmuró, parpadeando—. ¿Eres tú?

La memoria regresó en cascada: los monstruos, el combate, la desesperación, el colapso.

Y entonces se quebró.

Silvia se lanzó contra él y lo abrazó con fuerza. Enterró el rostro en su pecho, respirando con dificultad.

—No entiendo nada… —susurró—. Tengo miedo. No quiero estar sola.

La presión de sus brazos era asfixiante. No había vergüenza ni control. Solo necesidad.

Gunnar dudó apenas un segundo.

Después apoyó una mano en su cabeza.

No estaba acostumbrado a consolar.

Pero sabía contener.

—Respira —dijo—. Sigues viva. Eso es lo único que importa ahora.

Silvia permaneció así unos segundos más. Luego se separó lentamente, limpiándose la sangre del rostro con el dorso de la mano.



#681 en Fantasía
#401 en Personajes sobrenaturales
#289 en Thriller
#138 en Misterio

En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.