Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 14: Última prueba de los Dignos

Durante los últimos días, el mundo pareció recomponerse.

Las Pesadillas habían desaparecido.

No quedaban cuerpos. No quedaban rastros.

Aquellas criaturas que habían irrumpido en la realidad como una infección fueron borradas con la misma eficiencia con la que habían aparecido. Gunnar lo comprobó por sí mismo: no existía una sola imagen, un solo foro, una sola filtración que las mencionara.

Sobre lo sucedido en su mansión y alrededores, los familiares de las víctimas confirmaron la versión oficial. Vecinos declararon haber oído explosiones, gritos, disparos, porque esos recuerdos les fueron implantados. Los pocos que dudaron simplemente dejaron de hacerlo.

Cuando el dolor valida una historia, el público no hace preguntas.

Por otro lado, el estatus de Silvia como agente fue revocado con efecto inmediato. Violación de protocolos. Conducta inapropiada. Falta grave de criterio durante una operación encubierta. Pruebas anexas. Firmas autorizadas.

Evidencias falsas.

Gunnar fue quien realizó todo esto a pedido de ella. Una carta de renuncia estaba bien, sin embargo, con un mundo oculto de agentes superhumanos, cualquier sospecha podría ser peligrosa. Era mejor un despido.

Si no pudo saber nada de los espejos y las Pesadillas durante años, quiere decir que poco podría hacer ahora.

Gunnar no necesitó mucho esfuerzo, fue como sacar una hoja olvidada de un cajón. Fácil.

Volviendo al presente, el trío estaba completo de nuevo.

Físicamente.

Sentados en el comedor del hotel, el ambiente era engañosamente tranquilo. El sonido de los cubiertos contra los platos contrastaba con la tensión que flotaba en el aire. Afuera, la ciudad seguía su curso, ignorante del borde del abismo sobre el que caminaba.

—Ya estamos al cien por ciento —dijo Gunnar al fin, rompiendo el silencio—. Es hora de avanzar.

Silvia detuvo el tenedor a medio camino. Asintió lentamente.

—Estos días fueron un espejismo —respondió—. Las letras no volvieron a aparecer. Las Pesadillas desaparecieron como si nunca hubieran existido.

—Pero existieron —añadió Gunnar—. Y volverán.

Era imposible ignorar las señales.

El clima se había vuelto errático. Lluvias repentinas caían sin aviso, cargadas de una acidez leve pero persistente que enfermaba a los más vulnerables. Los informes hablaban de irritaciones respiratorias, quemaduras químicas suaves, alteraciones en el suelo agrícola.

Peor aún eran los terremotos.

Varios países afectados en tan solo una semana. Fallas que no estaban conectadas entre sí. Sismos que no respondían a ningún patrón geológico conocido.

Y los animales.

Ataques inexplicables. Manadas enteras volviéndose agresivas. Mascotas atacando a sus dueños. Bestias huyendo de lugares seguros como si algo invisible las empujara.

Silvia no necesitaba pruebas adicionales para unir los puntos.

—Todo está conectado —dijo—. Todavía veo increíble que la sociedad en general ignore señales obvias, sin embargo, así éramos nosotros también.

Gunnar asintió, sin embargo, su preocupación iba más allá.

Había algo peor.

Caesar.

Desde hacía tres noches, el chimpancé dormía mal. Se despertaba agitado, sudando, emitiendo sonidos. Pedía dormir cerca de Gunnar. Decía sentir rabia, peligro, una presión constante en el pecho.

Soñaba con las Pesadillas.

Ahora, no podía estarse quieto. Sus manos temblaban ligeramente. El pelaje se le erizaba sin razón aparente.

—Caesar —dijo Gunnar con suavidad—. ¿Cómo estás?

El chimpancé levantó la vista. Abrió la boca para responder… y entonces ocurrió.

Todo su cuerpo se tensó.

Un grito desgarrador escapó de su garganta mientras su pelaje se erizaba por completo.

—¡Caesar! —Gunnar se levantó de un salto.

Lo rodeó con los brazos, tratando de contenerlo, de anclarlo a la realidad. Podía sentir su cuerpo vibrar.

—Silvia —ordenó—. ¡Alerta!

Ella desenfundó la katana al instante.

La ventana estalló.

Dos Pesadillas irrumpieron en la habitación con un chillido agudo, retorcido, lanzándose directamente hacia Gunnar y Caesar.

No llegaron.

Silvia se movió en un solo parpadeo.

Dos cortes limpios. Dos cabezas rodando por el suelo.

—¡Nos están atacando! —gritó.

No hubo tiempo para más palabras.

Otras cinco Pesadillas emergieron por la misma abertura, moviéndose de forma frenética. Silvia disparó sin dudar, eliminando lo más rápido que podía a esas cosas monstruosas.

Caesar gritaba más fuerte.

Su cuerpo, para sorpresa de Gunnar, brillaba.

Gunnar apretó los dientes. No sabía qué demonios sucedía; sin embargo, en ningún momento dejó de actuar.

—¡Silvia, cuida de él!

Se separó y fue por las armas, pero no llegó lejos. Una docena más intentaba entrar al mismo tiempo, atorándose unas con otras en su desesperación por alcanzar el interior.

Entonces aparecieron.

Dos pesadillas diferentes, pero que ya conocían.

Cuatro patas, piel roja, con solo 5 ojos arqueados y una boca sacada del infierno.

Silvia frunció el ceño.

La verdadera batalla acababa de comenzar. Este era un enemigo con una fuerza a considerar. La experiencia de la rubia era suficiente para corroborarlo.

—¡Vengan los dos a la vez si quieren, malditos! —exclamó enfadada—. ¡Están muertos!

Guardó las pistolas con un movimiento fluido y desenvainó la katana. El metal emitió un leve susurro al salir de la vaina, casi reverente, como si reconociera la amenaza frente a ella.

No regaló tiempo.

Silvia avanzó hacia el primero de los monstruos sin vacilar. La Pesadilla reaccionó al instante, impulsándose con violencia, abriendo su boca deformada para hundir los dientes en su cuello. El salto fue rápido, brutal, preciso.

Sin embargo, Silvia ya no estaba allí.

Se deslizó por el suelo justo cuando la criatura pasaba por encima de ella, sintiendo el aire cortado a centímetros de su rostro. En el mismo movimiento, clavó la espada en el suelo, usándola como punto de apoyo. Su cuerpo giró con una coordinación impecable y lanzó una patada ascendente que impactó de lleno en la cabeza de la Pesadilla.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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