Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 15: La invasión se desata

Las palabras del Divino Espejo todavía flotaban en sus mentes como una herida abierta.

No era únicamente el contenido del mensaje lo que los perturbaba, sino el tono con el que había sido transmitido: carente de toda esperanza. No advertía. Simplemente informaba, como si el destino del mundo ya hubiese sido decidido de antemano.

Gunnar permaneció en silencio unos segundos antes de hablar. No era duda lo que lo detenía, sino cálculo. Ya había tomado la decisión de no morir sin luchar; aun así, eso no bastaba. Había que aceptar la información, por brutal que fuera, y reorganizarse con la cabeza fría.

—Lo que nos protegía dejó de hacerlo —dijo finalmente—. Durante años, el acceso de las Pesadillas a la Tierra estuvo limitado. Esta cosa… el Divino Espejo… parece haber sido la barrera.

Silvia frunció el ceño, procesando cada palabra con atención.

—¿Y ahora…? —preguntó.

—Ahora ese control se está rompiendo —continuó Gunnar—. Van a desatarse con más fuerza. Por eso ya empezaron a aparecer.

Silvia inhaló con fuerza. No necesitaba más explicaciones. La conclusión se armó sola en su mente.

—Entonces… —dijo despacio— estamos hablando de una invasión a toda regla.

Levantó la vista y lo miró de frente.

—Una invasión que no se va a detener hasta que el planeta colapse.

Gunnar asintió.

No hubo dramatismo en su gesto. Solo aceptación.

—Bien —dijo—. Así son las cosas.

Su tono era firme, controlado. Su mirada, decidida.

Sin embargo, Gunnar la estaba leyendo como un libro abierto. Sus sentidos captaban lo que Silvia intentaba ocultar: la presión en el pecho, la respiración apenas contenida, el miedo empujando desde dentro.

Era extraño verla así. Aun así, la situación lo justificaba. Más aún, había que reconocer su fortaleza mental: incluso frente a un posible final del mundo, no se quebraba del todo.

Gunnar dio un paso hacia ella.

—Silvia —dijo con firmeza—. Respira.

Ella lo miró.

—No pienses en el final. No todavía —añadió—. El futuro puede aplastarnos después. Ahora seguimos vivos.

Las palabras surtieron efecto.

Silvia cerró los ojos un instante. Inspiró profundamente varias veces, obligando a su cuerpo a obedecer. A recuperar el ritmo. A recordar quién era.

Luego, sin decir nada, se dio dos bofetadas rápidas y secas.

El sonido resonó en la habitación.

—Patético —murmuró—. Últimamente parezco una novata.

Gunnar no respondió.

Pero, en el fondo, le gustó la respuesta.

—Voy a revisar el exterior —dijo—. Mantente alerta.

Avanzó hacia la ventana destrozada con pasos calculados. El silencio que se instaló entonces fue inquietante.

—No hay nada… —informó.

Y eso fue peor.

No había monstruos ni ruidos. Ninguna señal inmediata de amenaza.

Silvia se tensó.

—Esto no tiene sentido… —susurró.

El miedo a lo invisible siempre era el más corrosivo. No sabían cómo habían entrado las Pesadillas antes. No sabían desde dónde atacarían ahora.

Entonces ocurrió.

A menos de un metro de Silvia, el aire se deformó.

Una distorsión del espacio apareció como una grieta apenas perceptible al principio. La anomalía comenzó a crecer a un ritmo visible, deformando la realidad a su alrededor.

Silvia dio un paso atrás.

No fue la única.

Seis distorsiones más surgieron en distintos puntos de la habitación, acompañadas de destellos plateados que chisporroteaban con violencia, como si reaccionaran con furia ante la aparición de aquellos objetos invasivos.

Gunnar se tensó.

—Silvia —dijo con urgencia—. Son portales. Prepárate.

Ella asintió sin dudar, su enfoque activándose.

—Caesar —añadió—. No te distraigas.

El chimpancé escupió los restos de una rata mutante y se irguió, mostrando los colmillos con una expresión feroz.

Los espejos rojos se formaron por completo.

Brillaron al unísono.

Chillidos atravesaron el aire.

Cabezas deformes comenzaron a cruzar los espejos, seguidas de cuerpos retorcidos que caían al suelo sin equilibrio… y eran eliminados de inmediato.

Disparos. Sangre. Gritos ahogados.

Una y otra vez.

El proceso se repitió.

Ronda tras ronda.

Los espejos aceleraban. Las Pesadillas salían cada vez más rápido. El trío respondía sin titubeos, moviéndose con fluidez, con el objetivo de exterminar a las criaturas antes de que pudieran salir por completo.

Hasta que, de pronto, el brillo se extinguió.

Los espejos se apagaron.

Silencio.

—¿Terminó? —preguntó Silvia, con el pecho subiendo y bajando.

—Por ahora —respondió Gunnar.

Pasaron varios minutos sin que apareciera nada más. Al menos en su habitación. Afuera, la situación podía ser muy distinta.

El siguiente paso fue evidente.

Recolectar el Origen.

—Repartimos —dijo Gunnar—. Equitativo.

Cada uno tomó su parte. Gunnar absorbió también el Origen de Caesar; el chimpancé no lo necesitaba para fortalecerse.

Cuando terminaron, Silvia se apoyó contra la pared.

—Mi cuerpo y mi mente no paran de evolucionar —admitió—. Esta sensación… es adictiva.

—Opino lo mismo —respondió Gunnar.

Silvia lo observó con atención. Era evidente: Gunnar poseía más poder que ella. Se notaba en su presencia, en su forma de moverse, en cómo encaraba el combate.

—No me jodas… —murmuró—. Siempre estás un paso adelante.

—No es ventaja —replicó—. Solo he consumido más que tú.

Antes de que ella respondiera, Caesar alzó la mano lentamente.

—¿Sí? —Gunnar le dio permiso para hablar.

—[Tengo curiosidad, hermano… ¿cómo funciona la distribución del Origen en ustedes?]

Gunnar frunció el ceño.

—¿Distribución? —repitió—. ¿De qué hablas?

Caesar sonrió, claramente satisfecho.

—[Deja que este sabio ilumine tu mente hueca].

—Al grano.

El chimpancé asintió, complacido.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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