Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 16: Evacuando

—Haber enfrentado a tantas Pesadillas nos dejó casi sin munición —dijo Silvia mientras descendían por las escaleras del hotel—, pero valió la pena.

No necesitó explicarlo.

El combate había terminado convirtiéndose en una matanza unilateral. El hotel jugó a su favor: pasillos angostos, escaleras cerradas, habitaciones pequeñas. La ventaja numérica de las Pesadillas se volvía un estorbo. No podían rodearlos. No podían atacar todas a la vez.

Y, sobre todo, ya no eran ellas las que dictaban cuándo huir.

Cuando aparecieron las Pesadillas más fuertes, ya no marcaron la diferencia. Eran rápidas, violentas, resistentes… pero insuficientes. Cada enfrentamiento afinaba sus movimientos. Cada muerte dejaba una presión nueva bajo la piel.

—Siento que tengo demasiado Origen almacenado —dijo Silvia de pronto, tocándose el pecho—. Debo utilizarlo.

Gunnar asintió sin mirarla.

—Distribúyelo —respondió—. Parejo. Si fuerzas un solo aspecto, el cuerpo te lo cobra.

Silvia respiró hondo mientras seguía caminando. Relajó los hombros, ajustó el paso. Tomó el consejo de Gunnar.

Cuando abrió los ojos, su expresión era distinta.

—Mejor —murmuró.

Gunnar hizo lo mismo.

Esta vez no apuntó al cuerpo. Apuntó a su mente.

El cambio fue inmediato.

No hubo calor ni tensión muscular. Fue claridad.

Como si algo se desprendiera de golpe.

El mundo seguía siendo el mismo, pero ahora encajaba. Pensamientos que antes requerían esfuerzo se ordenaban solos. Detalles ignorados cobraban sentido. Conexiones que nunca había notado aparecían sin resistencia.

Y entonces, los recuerdos.

No fragmentos sueltos, sino escenas completas. Voces. Gestos. Momentos pequeños, insignificantes. La risa de su madre. El tono cansado de su padre al final del día. Rostros que había dado por perdidos.

El impacto fue seco.

Por un instante, el pasado intentó arrastrarlo.

Gunnar apretó la mandíbula y negó con la cabeza.

“No ahora”.

La claridad no desapareció, pero el torrente perdió fuerza. Lo suficiente.

—¿Estás bien? —preguntó Silvia, observándolo con atención.

—Sí —respondió—. En orden.

Ella dudó un segundo, pero no insistió.

—Esta sensación es peligrosa —dijo con una sonrisa torcida—. Definitivamente mi nueva droga favorita.

Lo miró de arriba abajo y chasqueó la lengua.

—Bueno… tal vez la segunda.

Gunnar no reaccionó.

O eso parecía.

Silvia creyó ver un gesto mínimo, apenas una tensión en el rostro antes de que él le diera la espalda. Sonrió, satisfecha.

—Sigamos —ordenó—. Armas largas solo si es necesario. Hasta entonces, espadas.

—Perfecto —respondió ella, ajustando el agarre.

Caesar levantó la mano y comenzó a comunicarse con señas, su expresión concentrada.

—[Las siento] —indicó—. [Están alimentándose. Y están creciendo].

Gunnar asintió. Él también podía percibirlas, aunque no con la misma precisión.

—Hay demasiadas —dijo—. Y las autoridades no han intervenido.

El silencio que siguió fue denso.

Había pasado más que tiempo suficiente.

Continuaron descendiendo.

El olor los golpeó antes de ver nada.

Hierro. Podredumbre. Sangre vieja mezclada con sangre fresca en una nube espesa que se adhería a la garganta. Las paredes estaban cubiertas de manchas oscuras, salpicaduras irregulares que parecían hechas a propósito. En el suelo, restos humanos se acumulaban sin orden: fragmentos de carne, órganos abiertos al aire, huesos partidos.

Incluso para ellos, aquello era demasiado.

No era una escena de combate. Era un matadero.

Caesar avanzaba sin mostrar asco. Sus ojos recorrían el entorno con atención fría, calculando rutas, posibles amenazas.

Dos pisos más abajo, los chillidos rompieron el silencio.

Doce Pesadillas, deformes, de cuerpos alargados y mandíbulas exageradas, devoraban cadáveres recientes. Ya no eran pequeñas. Algunas alcanzaban casi dos metros. Los músculos sobresalían bajo la piel ennegrecida.

Gunnar no se detuvo.

Golpeó la pared con el puño.

El sonido seco resonó por el pasillo.

Las doce cabezas se giraron al mismo tiempo.

Luego cargaron.

Caesar fue el primero en moverse. Saltó hacia adelante y cayó en medio del grupo. Su báculo giró con violencia, tan rápido que el metal se volvió un borrón. Sangre y restos golpearon las paredes.

No hubo gritos prolongados. Solo impactos, cortes, huesos rompiéndose.

El patrón se repitió piso tras piso.

Avanzaban. Atraían. Eliminaban.

El hotel parecía no terminar nunca.

Las Pesadillas surgían de habitaciones, de escaleras laterales, de huecos imposibles. Algunas eran más grandes, más resistentes. Cada enfrentamiento exigía más atención y coordinación.

En uno de los pisos, apareció.

La criatura tenía la piel roja, tensa, cubierta de cicatrices. Cinco ojos brillaban con hambre pura. Su presencia aplastaba el aire a su alrededor.

Silvia apretó la empuñadura.

—Esa se ve peligrosa.

Gunnar avanzó un paso.

—Sí.

La Pesadilla atacó sin advertencia.

El zarpazo rasgó el traje antibalas y abrió la piel del costado de Gunnar. El impacto lo empujó contra la pared. Las garras negras eran lo bastante largas como para haberlo atravesado por completo.

Silvia no esperó.

Se deslizó a un costado y clavó un dispositivo compacto en el cuello de la criatura. La descarga eléctrica recorrió el cuerpo rojo. La Pesadilla convulsionó, perdió el equilibrio un instante.

Fue suficiente.

Gunnar levantó el arma y disparó directo al ojo.

El cráneo estalló hacia atrás. El cuerpo cayó con un golpe seco que hizo vibrar el suelo.

Silvia respiró hondo, aún tensa.

—Lo guardé desde la mansión —dijo, mirando el dispositivo humeante.

Gunnar se incorporó sin responder.

Siguieron avanzando.

Poco después, nuevos sonidos comenzaron a filtrarse por los pasillos: ráfagas continuas, explosiones secas, el retumbar pesado de armamento militar.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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