Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 17: El umbral

—¡Mierda…! —gruñó Gunnar.

El dolor lo atravesó sin aviso, una presión brutal que le explotó detrás de los ojos. Se llevó ambas manos a la cabeza y trastabilló.

—¡¿Gunnar?! —Silvia reaccionó al instante, sujetándolo antes de que cayera.

Caesar se acercó también, los músculos tensos, los gestos rápidos, preguntándole qué ocurría aunque Gunnar apenas podía mantenerse consciente.

—Es… el Divino Espejo… —logró decir entre dientes.

No era una suposición. Lo sabía.

Era la primera vez que escuchaba su voz.

Hasta entonces, el contacto siempre había sido distante, reducido a letras flotando en el aire como un sistema impersonal. Gunnar había asumido que esa era su única forma de comunicación.

Había estado equivocado.

Y la rabia por esa ingenuidad se mezcló con el dolor.

Cuando el Divino Espejo mencionó la transferencia de información, algo se activó dentro de él.

No fue gradual. Fue violento.

Su mente se convirtió en un canal forzado, como si alguien hubiera conectado un dispositivo directamente a su cerebro. La información no entró en fragmentos; llegó en bloques densos, comprimidos, demasiado grandes para ser procesados con normalidad.

Gunnar apretó los dientes con fuerza, gruñendo, mientras sus piernas cedían.

Cayó de rodillas.

El proceso no era gratuito.

—¡Demonios…! —escupió saliva, con náuseas, intentando vomitar sin éxito—. Estoy bien… ya… ya les explicaré.

No estaba bien.

Pero necesitaba que lo creyeran.

Especialmente Caesar, cuya expresión había pasado de alerta a un desespero apenas contenido.

Entre oleadas de dolor, la primera certeza se asentó.

Había cruzado un umbral.

Tras alcanzar cierto nivel en la Adsorción de Origen, su cuerpo, pero sobre todo su mente, se había vuelto capaz de soportar algo más que símbolos visuales. Ahora podía recibir información directa. Voz. Conceptos. Transferencias completas.

La causa del dolor era clara.

Su cerebro se estaba adaptando.

La buena noticia llegó sin emoción alguna: el dolor disminuiría con el tiempo, a medida que se fortaleciera.

La mala: hasta entonces, debía soportarlo.

Gunnar respiró hondo, forzando aire en sus pulmones. Se puso de pie con dificultad, sintiendo cómo la presión comenzaba a ceder… lentamente.

Entonces llegó la siguiente capa de información.

Una habilidad.

Ya no necesitaba tocar la sangre para absorber Origen.

Mientras permaneciera a corta distancia, podía atraerlo hacia sí.

Además, se desbloqueó otra función.

Transferencia de Origen.

Podía entregarlo o recibirlo de otros, con una pérdida mínima. Un dos por ciento. Un costo aceptable.

No era altruismo.

Era logística.

También comprendió algo más: mediante crecimiento individual y el cumplimiento de objetivos impuestos, podría desbloquear nuevos usos, nuevas funciones.

Uno de ellos aparecía etiquetado como Auxiliar.

No sabía qué era.

Pero supo, con absoluta certeza, que aún no estaba disponible para él.

El dolor parecía haber terminado.

Pensó que ya estaba fuera.

Se equivocó.

Una última oleada lo golpeó con más fuerza que las anteriores. Era una presión profunda, constante, detrás de los ojos.

La voz del Divino Espejo volvió.

La información no se transmitió cual discurso.

Se instaló.

Conceptos completos se fijaron en su mente sin pedir permiso.

No los leyó. Los comprendió.

Materia.

Energía.

La materia: estructura. Lo que ocupa espacio. Lo que da forma a los cuerpos.

La energía: movimiento. Cambio. Capacidad de alterar un estado.

Ambas siempre habían coexistido. Cada proceso natural era una transformación entre una y otra.

El Origen era ambas cosas.

No como suma. Como fundamento.

Masa y energía al mismo tiempo. Tangible e intangible. Medible e imposible de contener por completo.

El Origen era el cuerpo…

y lo que lo habitaba.

Conciencia. Impulso vital. Aquello que algunos llamaban alma.

Todo estaba construido sobre él.

El Divino Espejo no era un dios.

Era una entidad.

Su función no era gobernar, ni juzgar. Era preservar la continuidad de la vida.

Había existido durante incontables ciclos, defendiendo sistemas enteros frente a una amenaza recurrente.

Las Pesadillas.

La guerra contra ellas no era reciente.

Nunca lo había sido.

El Divino Espejo poseía acceso a casi toda la información existente. No por omnisciencia, sino por acumulación. Por supervivencia prolongada. Su poder residía en la intervención.

A través de ella, algunos seres rompían sus límites naturales.

Aquellos que superaban sus restricciones biológicas mediante el Origen recibían una designación funcional.

Liberados.

El tono de la información cambió.

Las Pesadillas no tenían un origen confirmado.

No provenían de un punto único ni de una dimensión claramente identificada. Su patrón era constante: invasión, exterminio, adaptación.

Si el planeta colapsaba, avanzaban.

Si resistía, lo colonizaban.

Nunca se recuperaba.

Se fortalecían alimentándose del Origen liberado por los cuerpos.

La guerra nunca se había detenido.

La Tierra ya estaba dentro del proceso.

Sin Protectores Naturales activos, el planeta había quedado expuesto. La invasión se había acelerado. Las probabilidades de supervivencia global eran insuficientes.

Entonces apareció un nuevo concepto.

La Prueba de los Dignos.

Un mecanismo de selección. Una oportunidad limitada.

Seres excepcionales recibirían acceso ampliado al Origen a cambio de enfrentar puntos críticos de la invasión.

Las mediciones actuales eran claras.

La Tierra no podía ganar.

Finalmente, una certeza se fijó en su mente con una frialdad absoluta.

Los candidatos no habían sido elegidos por destino ni mérito moral.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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