Eran cerca de las seis de la mañana.
Gunnar permanecía de pie en la azotea del centro comercial, con los pies firmes y la mirada fija en sus manos. Sujetaba una vara de hierro oxidado entre los dedos y aplicaba fuerza de manera gradual.
El metal comenzó a ceder.
No de golpe, sino un crujido violento.
Se dobló lentamente, obediente, como si la resistencia hubiera sido una formalidad. Gunnar observó cómo las venas se marcaban bajo la piel, tensas, visibles, y escuchó el chirrido grave del hierro deformándose.
—Nada mal… —murmuró.
Soltó la vara y esta cayó al suelo con un golpe seco, ya irreconocible.
Durante la última media hora había hecho pruebas. No por vanidad, sino por necesidad. Velocidad, fuerza, control, sentidos. Cada intento confirmaba lo mismo: sus capacidades estaban muy por encima de cualquier parámetro normal.
Y no se trataba solo de fuerza bruta.
Con el Origen recolectado la noche anterior, había reajustado su equilibrio interno. Nada sobresalía demasiado. Todo respondía de forma estable. Precisa.
Aun así, había un aspecto que lo inquietaba más que el resto.
La mente.
La Inteligencia no se sentía como un aumento cuantificable, sino una actualización silenciosa. Los procesos cognitivos fluían con una facilidad alarmante. Pensar ya no requería esfuerzo; las ideas se ordenaban solas, los problemas se desarmaban antes de terminar de formularse.
Lo que antes era complejo ahora parecía trivial.
“No sé si podría acostumbrarme a esto”, pensó.
El cielo comenzaba a aclararse cuando se acercó a Silvia. Dormía recostada contra una pared baja, con ambas pistolas al alcance de la mano. Antes de tocarla, ella habló, todavía con los ojos cerrados.
—No hace falta, Gun. Estoy despierta.
Dormir había sido casi imposible. No con el eco lejano de disparos, ni con la sensación constante de amenaza flotando en el aire.
Aunque, al parecer, no todos compartían esa dificultad.
Gunnar giró la cabeza.
Caesar estaba tirado en el suelo, boca abierta, completamente relajado, ajeno al mundo.
—Caesar, es hora —lo llamó.
Nada.
—Caesar.
Ni un movimiento.
Gunnar respiró hondo.
—¡¡Caesar!!
El chimpancé se dio vuelta, acomodándose con parsimonia, y siguió durmiendo.
Silvia soltó una carcajada.
A Gunnar se le agotó la paciencia.
—¡¡Que te despiertes!!
Esta vez se acercó y le propinó una patada directa en el trasero.
Caesar despertó de golpe con un gruñido, incorporándose de un salto y mirando alrededor, listo para devolver el golpe. Cuando identificó a Gunnar, se detuvo.
—Oh… —murmuró—. Esto no pinta bien.
El impacto había sido tan fuerte que el zapato derecho de Gunnar quedó destrozado. El material se había rasgado cual papel.
Suspiró, resignado, y se lo quitó. Ambos.
Tras algunas risas de Silvia y arreglos improvisados, el trío descendió al supermercado del centro comercial. No había abierto, por razones evidentes.
Forzaron la entrada.
Tomaron comida sin ceremonias.
Cuando regresaron a la calle, la escena era distinta a la noche anterior.
Patrullas, camiones militares, soldados y policías por todas partes. El sonido de disparos se escuchaba a lo lejos, intermitente, nunca del todo ausente. Las Pesadillas seguían apareciendo en sectores aleatorios.
—Ningún sitio es seguro —dijo Silvia.
Miró alrededor, evaluando rutas.
—Conozco una ubicación segura. Un refugio de emergencia, usado por agentes encubiertos en situaciones extremas. Si existe un lugar preparado para esto, es ese.
—¿Está lejos? —preguntó Gunnar.
—Para gente normal, sí —respondió ella—. Para nosotros… menos de dos horas.
No hubo discusión.
El grupo se puso en marcha.
No intentaron hablar con civiles ni buscar información. Era evidente que sabían más de lo que cualquier otro podía ofrecerles.
Durante la siguiente hora avanzaron sin detenerse.
Entonces lo vieron.
A varias decenas de metros, siete personas con uniformes negros combatían contra un grupo numeroso de Pesadillas. Los movimientos eran coordinados, precisos, letales.
—Agentes —murmuró Gunnar, frunciendo el ceño.
La situación parecía controlada. Las criaturas caían una tras otra bajo el fuego concentrado.
—Van a ganar —comentó Silvia.
Un segundo después, su expresión cambió.
—Oh… —susurró—. Esto se va a poner feo.
Desde una calle lateral emergió una Pesadilla distinta.
Alta. Dos metros, quizá más. Cinco ojos arqueados distribuidos de forma irregular en el rostro. Era del mismo tipo que había destrozado el traje de Gunnar.
—Ciertamente… —respondió él, sin apartar la vista—. Están en peligro.
La criatura tenía algo entre las mandíbulas.
Un cuerpo humano.
Gunnar se centró en una parte del uniforme del agente y confirmó lo que quería: una estrella.
La Pesadilla terminó de masticar y alzó la cabeza.
Chilló.
El sonido fue tan intenso que incluso a esa distancia provocó una presión dolorosa en los oídos.
—¡Es enorme! —gritó uno de los uniformados, llevándose las manos a la cabeza.
El cuerpo de la Pesadilla no cambió bruscamente con relación a la apariencia que tienen las más pequeñas de su clase, como aquella que mató Silvia en la mansión, no obstante existía cierta aura de poder mayor.
Más peligroso.
Los agentes quedaron paralizados.
El horror los atrapó en silencio, llenando sus mentes escenarios inevitables.
—¡¿Qué carajos…?! ¡¿Mató a nuestro superior?! —gritó uno de ellos—. ¡Corran!
Su voz temblaba, pero fue el único que logró hablar.
Algunos reaccionaron. Tragaron miedo y abrieron fuego.
Una lluvia de balas golpeó el cuerpo de la criatura.
—¡Muere! —rugió uno de los agentes, los ojos inyectados en sangre, lágrimas desbordando—. ¡Muere de una vez!