Las personas que escucharon el comunicado del presidente quedaron atrapadas en una mezcla de zozobra y pavor. Durante décadas, el Estado había sido el respaldo último cuando las calamidades golpeaban a la población.
Las críticas, el disgusto y el odio hacia la política nunca habían desaparecido. El sistema seguía siendo desigual, corrupto en muchos aspectos, pero incluso así, cuando la gente sufría, siempre había existido la expectativa de ayuda. De una forma u otra, el gobierno respondía.
Esta vez no.
El mensaje había sido claro y brutal: no podían remediar la situación. No podían cambiarla.
Solo quedaba resistir… y tratar de no morir.
—Esta declaración va a traer consecuencias enormes —dijo Silvia, con un tono cargado de rabia—. Es irresponsable.
—Depende de quién tenga el valor suficiente para salir a protestar —respondió Gunnar con calma—. Yo nunca confié en los gobernantes.
La pantalla era un torrente incesante de noticias. Imágenes, videos, transmisiones en vivo. La red estaba al borde del colapso. La población oscilaba entre la ira desbordada y una desesperación paralizante.
Gunnar observó escenas de ciudades devoradas por hordas de Pesadillas, nuevas variantes de monstruos apareciendo sin previo aviso. En otros clips, personas y animales mostraban una fuerza anormal, masacrando criaturas con una violencia imposible de ignorar.
Era una guerra abierta.
Un apocalipsis en tiempo real.
Algunos países parecían resistir mejor que otros, pero incluso allí el caos se filtraba en cada rincón. Según lo que pudo deducir, su cuidad se encontraba, por ahora, en un nivel de peligro moderado. Un cuatro sobre diez.
Por ahora.
Satisfecho, o más bien saturado, Gunnar pidió al sistema que apagara la pantalla.
El silencio cayó sobre la habitación.
Fue entonces cuando Silvia habló.
—La Tierra es un desastre —dijo, con voz más baja—. Si no estuviera con ustedes… probablemente ya estaría muerta, loca o completamente desesperada.
Gunnar giró hacia ella.
Sus miradas se encontraron y se quedaron ahí, fijas, sin desvíos. No había burla ni ligereza en los ojos de Silvia. Aquello no era una de sus bromas habituales.
—Con miedo, seguro —respondió él—. Eso es normal. Pero muerta… lo veo difícil.
El comentario fue directo. Inesperado incluso para él.
—Gunnar —continuó Silvia—, ¿cuál crees que sea mi razón para seguir con ustedes?
Hizo una breve pausa.
—¿Confías en mí?
El ambiente cambió por completo.
No había juego. No había sonrisas.
Solo dos personas midiendo palabras que podían definir su futuro inmediato.
—Desde que viste a Caesar destrozando Pesadillas, te intrigamos —dijo Gunnar finalmente—. Él y yo somos fuertes. Útiles. Tu decisión se basa en eso.
Silvia no apartó la mirada.
—Y no —añadió—, no confío plenamente en ti. No todavía. No hasta que me lo demuestres.
Ella alzó las cejas, sorprendida. La expresión duró apenas un instante. Luego llevó una mano a la barbilla, pensativa. Poco después, una sonrisa ladeada apareció en su rostro. No era alegre. Era lúcida.
—Supongo que no puedo contradecirte —admitió—. Pero quiero decirte un par de cosas.
—Te escucho —respondió Gunnar, ahora sí interesado.
—Tengo miedo. Como cualquiera ahí afuera —dijo—. Los insensibles aquí son ustedes dos.
Suspiró.
—Pero también eres el único que conoce algo de mi pasado. No tengo a nadie. Es justo decir que ustedes son lo más cercano que tengo… aunque suene absurdo.
Silvia apretó los labios un segundo antes de continuar.
—Nos unió una búsqueda. La tuya por la muerte de tus padres. La mía por esa persona. Y aun así, seguimos caminando sin confiar del todo el uno en el otro.
La mujer bromista había desaparecido.
—He estado sola desde la adolescencia —dijo—. ¿Qué ganaría traicionándolos, si ustedes son un regalo en este caos? Me ganaré tu confianza. Y cuando lo haga, quiero la tuya como pago.
Caesar observaba la escena en silencio, atento como si estuviera presenciando el clímax de una historia que no entendía del todo, pero que sabía importante.
No comprendía por qué Silvia hablaba de temas tan privados frente a él, sabiendo que podía entenderla. No sabía si lo ignoraba por completo… o simplemente no le importaba.
—De acuerdo —respondió Gunnar, con tono sereno—. La confianza se devuelve de la misma forma.
Si lo analizaba con frialdad, el mundo se había derrumbado. Los propósitos por los que habían vivido hasta ahora se habían desintegrado en cuestión de días. La adaptación podía cambiar la forma de ver la vida por completo.
Eso pensó de Silvia.
Conceptos como compañerismo y apoyo se volvían difusos en un mundo donde alguien podría traicionarte por un arma o una simple porción de Origen. En ese sentido, el mundo no había cambiado: solo se había vuelto más honesto en su crueldad.
En el trío aún no existían esos problemas, pero el ejemplo era claro.
Egoísmo y desconfianza eran pilares inevitables de la supervivencia.
Silvia fue directa. Ya no tenía sentido rodeos.
Expresó con claridad lo que quería con ellos dos, sin adornos ni dramatismo. Gunnar escuchó y, al final, aceptó los términos. El trato era justo… siempre y cuando sus palabras se reflejaran en acciones reales.
Hasta entonces, nada cambiaría.
—¡Trato! —exclamó Silvia de repente.
Su actitud habitual volvió de golpe. Se movió con energía y, sin previo aviso, le plantó un beso rápido en el cachete a Gunnar.
—Trae las armas —añadió enseguida—. En esta carrera de poder, andar desarmados es pedir que nos maten.
Silvia se dirigió al arsenal improvisado. Los videos que habían visto y, sobre todo, la actuación reciente de los agentes de dos y tres estrellas, dejaban algo claro: eran débiles. Vulnerables.
Si aparecía algo peor… rezar no sería suficiente.
Encontró pistolas, rifles de asalto, un fusil de francotirador y varias granadas de alto impacto. Eligió un rifle con lanzagranadas integrado. Gunnar tomó otro rifle y el francotirador.