Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 20: Rechazo

La batalla se extendió más de lo previsto.

Las Pesadillas no dejaban de llegar. Cada minuto aparecían más, emergiendo de espejos rojos o arrastrándose desde calles laterales, obligando al trío a retroceder una y otra vez.

Silvia vació los cargadores poco después de iniciado el enfrentamiento.

Cuando la última bala salió del arma, ya tenía la katana en las manos.

Gunnar tampoco tardó en abandonar el combate a distancia. Dejó el fusil de francotirador y el rifle de asalto en el suelo, desenvainando sus espadas dobles. El sonido del metal cortando el aire se mezcló con el estruendo de la lluvia.

—¡Gunnar! ¡Necesito apoyo aquí! —gritó Silvia.

—¡Caesar! ¡Ayúdala! —respondió él sin apartar la vista del frente—. ¡Yo me encargo de esto!

Caesar no dudó.

Se agachó, cargó las piernas… y saltó.

El asfalto se resquebrajó bajo sus pies con un estallido seco. La onda de impacto levantó agua y fragmentos de concreto.

En pleno aire, tomó la lanza con ambas manos y la lanzó.

La hoja atravesó la cortina de lluvia como un rayo, cortando cientos de gotas antes de impactar.

—¿Eh…? —Silvia apenas alcanzó a reaccionar.

La lanza, más grande que ella, atravesó el pecho de la Pesadilla de lado a lado.

—Qué feroz… —murmuró, genuinamente impresionada.

La criatura chilló.

Un sonido agudo y desgarrador que perforó los oídos.

—¡Mierda! —Silvia fue la más afectada por la cercanía. El dolor la obligó a apretar los dientes—. ¡¡Cállate ya!!

Sin dudarlo, hundió la katana en el ojo central de los cinco que tenía la criatura.

El cuerpo convulsionó.

Pero el peligro no terminó ahí.

Otras Pesadillas aprovecharon el instante para lanzarse sobre ella.

Antes de que pudieran alcanzarla, algo cayó del cielo.

Caesar.

Impactó contra el suelo cual roca gigantesca. Abrió la boca y golpeó su propio pecho con los puños, liberando una ferocidad primitiva. Su aura se volvió salvaje.

Se lanzó contra las Pesadillas.

Los golpes de sus nudillos pulverizaban huesos y carne al contacto. Cada impacto era definitivo. Brutal. La escena parecía arrancada de una película de horror sin censura.

Silvia no perdió tiempo.

Arrancó la lanza del cadáver con un tirón firme.

“Esta arma es estupenda”, pensó.

La balanceó con naturalidad, ejecutando movimientos limpios, casi artísticos. Una técnica completamente distinta a la del dueño original.

Mientras ellos dos convertían la calle en un matadero, no muy lejos, Gunnar brillaba entre el caos.

Sus espadas danzaban.

Podía atacar con la fuerza de un rinoceronte o desplazarse con la agilidad de un felino. Su estilo era adaptable, fluido, letal.

El entorno ya estaba irreconocible.

Vehículos destrozados. Fachadas colapsadas. El drenaje de la acera tragaba agua y sangre por igual.

Entonces ocurrió.

Un relámpago cayó cerca del campo de batalla.

El estruendo fue ensordecedor.

En ese mismo momento, Gunnar fue golpeado con violencia y salió despedido contra un vehículo. Cruzó los brazos en forma de equis, protegiendo rostro y órganos vitales.

El impacto fue brutal.

Sus brazos se llenaron de cortes que comenzaron a sangrar.

“Eso estuvo cerca”, pensó, apretando los dientes.

Sus cejas se fruncieron, mezclando enojo y dolor.

La Pesadilla que lo había atacado era distinta. Más rápida y agresiva.

Había logrado clavarle las espadas en los ojos… aun así, una de sus garras lo había enviado volando.

“Un segundo más lento y esto terminaba mal”.

La criatura, cegada y herida, corrió sin rumbo, chocando contra autos y muros, destrozándolo todo.

Tras unas respiraciones erráticas, finalmente colapsó.

Su cuerpo aplastó un vehículo al caer.

—¡Agrupémonos! —rugió Gunnar, alzándose—. ¡Cubramos las espaldas!

Su voz atravesó la lluvia.

Corrió a recuperar sus espadas.

El trío se reunió formando un triángulo cerrado. Espaldas cubiertas. Campos visuales compartidos.

—Evitemos separarnos más de cinco metros —ordenó.

Silvia y Caesar asintieron de inmediato.

Durante un largo rato, la batalla continuó así.

Sin descanso.

Sin tregua.

Cuando finalmente terminaron, el agotamiento era evidente. Gunnar y Silvia respiraban con dificultad. Sus cuerpos comenzaban a pasar factura.

Solo Caesar parecía recuperarse con rapidez.

—Dios mío… qué tortura… —murmuró Silvia, limpiándose la sangre del rostro.

Era, sin duda, el combate más intenso que habían librado hasta ahora. Ni siquiera el hotel había sido así de asfixiante.

—[Debemos cambiar de zona] —advirtió Caesar, sentado mientras devoraba restos de una Pesadilla poderosa—. [Aquí ya no es seguro].

Lo dijo con calma.

Pero el mensaje era claro.

—Déjame adivinar —suspiró Silvia—. Tenemos que irnos.

Caesar levantó el pulgar afirmativamente… mientras mordía un ojo del tamaño de una naranja.

—Genial —masculló ella—. Qué problema.

Con un suspiro cansado, aceptó la realidad.

—Caesar —dijo Gunnar—. Guíanos por donde detectes menos monstruos. ¿Puedes hacerlo?

—[Sí, hermano] —respondió el primate sin dudar—. [Su Origen es turbio. Fácil de distinguir].

—Eso es bueno. Si los espejos rojos no aparecen cerca, estaremos bien. Come lo que quieras y luego partimos. Silvia y yo nos encargamos de lo que quede aquí.

Mientras Caesar se alimentaba de los restos más poderosos, el dúo eliminó a las Pesadillas rezagadas y absorbió el Origen que no habían podido recoger en medio del caos.

Esta vez, Gunnar decidió no distribuirlo por el momento. Prefiriendo adaptarlo a las exigencias por venir. La batalla reciente era prueba suficiente.

—Bien —dijo Silvia, ajustándose el arma—. A tus órdenes, mi amigo.

Avanzaron siguiendo las indicaciones de Caesar.

Aunque evitaban los focos de mayor peligro, era imposible no encontrarse con Pesadillas dispersas. Las eliminaban rápido y seguían.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 05.01.2026

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