Apenas se adentraron en el edificio, el grupo organizó lo esencial en la habitación elegida. Cerraron accesos, movieron muebles y revisaron puntos ciegos antes de permitirse descansar. Gunnar y Silvia se trataron las heridas de forma improvisada, usando vendas y trozos de tela limpia. No era suficiente. Ambos lo sabían. Sin medicamentos, la recuperación sería lenta y peligrosa.
—No entiendo por qué estamos condenados a sufrir así —se quejó Silvia—. Nada nos sale bien.
Habían recorrido el edificio en busca de comida, pero el lugar ya había sido saqueado tiempo atrás. Estantes vacíos, envoltorios rotos, restos de una huida apresurada.
—Al menos conseguimos ropa —añadió, más para convencerse a sí misma que para animarlos.
Y no mentía.
En el tercer piso encontraron varias habitaciones repletas de vestimenta abandonada, de distintas tallas y estilos. Prendas olvidadas por personas que probablemente no habían tenido tiempo de volver por ellas.
Silvia eligió un conjunto deportivo: camiseta y short rosa con tres franjas blancas a los costados, acompañados de unos tenis blancos. Gunnar optó por una sudadera negra y pantalones del mismo color. Caesar, imitándolo, también se vistió con ropa oscura adaptada a su complexión.
Cuando no quedaba nada más que hacer salvo mantenerse alerta, el trío activó el sistema local para revisar las noticias más recientes.
La situación mundial había empeorado.
Las guerras se extendían sin control. Las fuerzas armadas ya no luchaban por proteger a los civiles. El abandono era evidente. Cada facción parecía haber elegido priorizar sus propios intereses.
—Desgraciados… —murmuró Silvia con evidente asco—. ¿Crees que llegarán a usar bombas nucleares?
Gunnar ya había considerado esa posibilidad.
—Las variables son demasiadas —respondió—. ¿De qué serviría exterminar Pesadillas así si seguirán apareciendo? ¿Saben siquiera si funcionaría? Además, matar humanos en masa también es una pérdida. Hay personas que están creciendo, luchando… como nosotros. Serían refuerzos valiosos en el futuro. Tomar decisiones precipitadas solo aceleraría la extinción.
Silvia asintió lentamente.
—Tiene sentido.
Gunnar cambió el enfoque y buscó información específica de la región. Por ahora, seguía siendo una de las zonas menos afectadas en comparación con otras ciudades y países.
—Podría ser una buena noticia —comentó—. Aunque no sabemos cuánto durará. El número de Pesadillas está aumentando demasiado rápido.
—Y lo peor es que evolucionan a una velocidad absurda —añadió Silvia, sin rastro de esperanza—. Desde que me hablaste de esa guerra a escalas inimaginables… entre las Pesadillas, el Divino Espejo y el destino del planeta… entendí algo.
Le sostuvo la mirada.
—Solo nos queda una opción.
—Exacto —respondió Gunnar—. Desde el principio, la humanidad no tuvo oportunidad de ganar esto.
Apagó el sistema inteligente. Seguir observando el colapso global no les aportaría nada útil.
El silencio se instaló en la habitación.
Hasta que Silvia recordó algo.
Una sonrisa se le escapó antes de poder evitarlo.
—Oye, Gun —dijo, aguantando la risa—. ¿Qué pasó con tu brillante plan de dividirnos y limpiar el área cuando salimos del sótano? Sonabas tan seguro.
Caesar no tardó en reírse también.
Gunnar permaneció mirando al frente, inexpresivo.
—Las condiciones cambiaron —dijo tras unos segundos.
Silvia soltó una breve carcajada.
Después de un rato, cambió de tema.
—Por cierto… ¿por qué no usas tu empresa para sacar algún provecho?
—¿Mi empresa? —respondió Gunnar con indiferencia—. Ni siquiera sé si sigue existiendo. No creo que sea una ayuda significativa ahora mismo.
—Pero sí sé quiénes podrían ser útiles —insistió ella—. Fernandinho y Cristina.
Gunnar guardó silencio un momento.
—Se supone que están en Brasil —dijo—. Dudo mucho que sigan con vida.
Ambos eran capaces, siempre se habían respaldado mutuamente. Sin embargo, Fernandinho estaba condenado a una silla de ruedas. En este mundo, eso multiplicaba las probabilidades de morir.
—Intentaré comunicarme —dijo Silvia al final—. Al menos les dejaré un mensaje.
—Está bien —aceptó Gunnar—. Hazlo.
Un rato después, Gunnar se puso de pie.
—Voy a buscar comida —anunció—. Ustedes quédense aquí. Ya saben qué hacer. Si alguien entra, échenlo. Y si no quiere irse… mátenlo.
No hubo respuestas. No hacían falta.
Gunnar cargó las espadas y el bolso donde guardaba más de una docena de cuchillos improvisados y bolas de billar. Había aprendido rápido que las Pesadillas no eran los únicos enemigos.
Con todo listo, consultó el GPS en busca de supermercados y centros comerciales cercanos. Luego descendió por el edificio.
“Espero volver pronto…”
La lluvia seguía cayendo con furia. Las calles estaban inundadas. Le molestó la idea de empaparse otra vez, pero el hambre era peor.
Se colocó la capucha de la sudadera y dio un paso sobre el asfalto.
El frío lo recibió enseguida.
Su cuerpo estaba varios niveles por encima de lo que había sido antes; enfermarse ya no era una preocupación real.
—Así que son estas… —murmuró.
Cuatro posibles zonas donde encontrar comida y suministros.
No se detuvo a pensar demasiado.
—El más cercano.
Elegido su objetivo, Gunnar echó a correr con un ritmo constante. No iba a máxima velocidad; no era necesario. Avanzaba atravesando calles mojadas, acercándose al supermercado con cada zancada.
Habría llegado antes si el camino no le hubiese ofrecido un desvío inevitable.
—¡Bruno, levántate! —gritaba una mujer, desesperada—. ¡Malditos! ¡Los voy a matar por lo que hicieron!
—¡Cállate, zorra! —respondió una voz masculina—. ¡Vas a morir igual que tu novio!
Gunnar frenó en seco.
Las voces venían justo de la calle que debía cruzar. No era curiosidad lo que lo hizo girar, sino pura conveniencia. Tenía que pasar por allí.