Después del encuentro con Ada y los demás, el trayecto continuó sin incidentes dignos de mención. Aun así, aquel episodio le dejó a Gunnar una impresión clara del estado de la zona.
La gente estaba cambiando.
El encierro comenzaba a romperse. La comida escaseaba. El miedo empujaba a los sobrevivientes a salir, a enfrentarse entre ellos, a cometer errores. Ya no bastaba con esconderse. El proceso de descomposición social había comenzado.
—Al fin… —murmuró.
El supermercado apareció frente a él como una estructura cansada. El camino había sido más largo de lo esperado, incluso eligiendo el punto más cercano de los marcados en el GPS. El hambre le retorcía el estómago con una molestia constante.
“Si aquí no hay nada, tendré que ir al siguiente”.
La fachada mostraba daños evidentes: impactos, grietas, señales de violencia reciente. Sin embargo, había intentos de reparación. Planchas mal colocadas, refuerzos improvisados. Y lo más revelador: la iluminación interior funcionaba sin fallos.
“Hay gente dentro”.
El lugar no estaba abandonado. Estaba ocupado.
Gunnar analizó las entradas disponibles. Eligió la menos dañada. Si tenía que volver, no quería un acceso inutilizado. Y si las Pesadillas lograban entrar, el sitio quedaría arruinado para todos.
Dio un paso al frente.
—¿Qué quieres?
La voz masculina surgió desde un parlante oculto. Gunnar giró apenas la cabeza. Una pequeña cámara estaba incrustada sobre la entrada, mal disimulada.
—Comida.
—Aquí no vendemos nada. Márchese. No respondemos si insiste.
—No estaba preguntando.
Silencio.
Gunnar no se movió. Las manos descansaban sobre el bolso cruzado en su pecho. Esperó.
Pasaron varios segundos.
—¿Quieres problemas? —volvió a oírse la voz, más tensa.
—Quiero comida y vine a buscarla —respondió con calma—. Si en diez segundos no abres, lo haré yo. Y tendrás que arreglar la entrada.
Otro silencio.
No le sorprendió. Dentro debían estar evaluándolo. Su postura. Su tono. La seguridad con la que hablaba. Tal vez sabían de las personas en Proceso inicial de Liberación. Tal vez incluso tenían uno entre ellos.
—Te quedan cinco.
No levantó la voz. No hacía falta.
El tiempo jugaba a su favor.
—…Puedes entrar.
La entrada se elevó lentamente con un chirrido metálico. Las puertas automáticas estaban inutilizadas desde hacía tiempo.
Gunnar no cruzó de inmediato.
—Hay siete personas escondidas —dijo con frialdad—. Tres a la derecha. Cuatro a la izquierda.
Silencio absoluto.
—Si uno solo intenta algo, mataré a todos.
Dio un paso más.
—Esta es la segunda oportunidad.
Sus ojos reflejaban irritación. No disfrutaba estas negociaciones. Siempre era más simple matar. Pero necesitaba el lugar funcionando. Un punto de suministro estable.
Y la gente viva servía más que muerta… de momento.
—Sin trucos —dijo la voz finalmente.
—Perfecto.
Gunnar cruzó la entrada.
Ocho hombres se mostraron. Ninguna mujer.
Cuatro tenían heridas visibles. Cortes mal cerrados. Vendajes improvisados. Uno de ellos carecía de medio brazo izquierdo. El resto estaba tenso, armado, pero contenido.
El que destacaba era imposible de ignorar.
Más de dos metros de altura. Piel bronceada. Cuerpo masivo. Se quitó la capucha y dejó ver una cabeza calva marcada por cicatrices.
—James —dijo con voz grave—. No necesitas saber más nombres. Habla conmigo.
“El líder”.
—Entraré —respondió Gunnar sin rodeos—. Tomaré lo que quiera. Luego me iré.
—¿Y qué das a cambio? —preguntó James, sin alterar el tono.
—Que sigan vivos.
Algunos apretaron los dientes. Aquellas palabras no se les habían dicho en mucho tiempo. Eran expandilleros. Doce horas atrás habían tomado el control del lugar aprovechando el caos.
—¡Insolente! —escupió el hombre manco.
Fue su error final.
El cuchillo salió disparado.
No hubo aviso ni gesto previo. Solo un destello. El acero se hundió entre las cejas del hombre con precisión perfecta.
El cuerpo cayó.
El silencio se volvió espeso.
—¿Prefieren hacerlo de esta forma? —preguntó Gunnar, recorriéndolos con la mirada.
Nadie respondió.
Los ojos del muerto seguían abiertos, congelados en sorpresa. Nadie se movió hasta que James habló.
—Recoge el cadáver —ordenó—. Y tú… —miró a Gunnar—. Llévate lo que quieras y vete.
Gunnar se acercó, recuperó el cuchillo con un movimiento limpio. Y bajo miradas cargadas de tensión, Gunnar se dirigió con calma hacia los estantes de comida después de recuperar el cuchillo.
No necesitó decir nada más.
El simple hecho de caminar sin prisa, ignorando las armas y las miradas hostiles, fue suficiente para dejar claro que no temía a ninguno de ellos. Por eso, liberó apenas una fracción de su capacidad. No un alarde, sino una advertencia silenciosa. Un método antiguo. Eficaz.
Eligió los alimentos con criterio.
Carne. Proteínas densas. Verduras con alto valor nutricional. Algunos productos enlatados. Su cuerpo ya no funcionaba como antes. El aumento de atributos había disparado las necesidades fisiológicas. Comer poco significaba debilitarse.
No cargó de más.
Aquella noche bastaría con cubrir hasta el desayuno. Ir cargado llamaría la atención, reduciría movilidad y complicaría cualquier enfrentamiento. Volvería luego.
“Siempre se puede regresar por más”.
El morral pronto estuvo al límite. Espadas, cuchillos, bolas de billar. Cada espacio contaba.
Cuando terminó, la pulsera de su muñeca vibró.
Una llamada entrante.
Silvia.
Aceptó sin detenerse.
—Gun —apareció su proyección holográfica—. ¿Por qué tardas tanto? Me estoy muriendo de hambre. ¿Todo está bien?
Su imagen contrastaba con el entorno: rubia, empapada de luz artificial, exageradamente viva para un mundo que se caía a pedazos.