Pasaron varios días.
Ninguno fue tranquilo.
El descanso dejó de existir como concepto tangible. Dormían por agotamiento, no por elección. El cuerpo se apagaba cuando ya no podía sostenerse, y despertaba apenas la tensión regresaba al aire. Cada amanecer llegaba acompañado del mismo repertorio: gritos lejanos, metal retorciéndose, estructuras colapsando, criaturas arrastrándose por calles que ya no pertenecían a nadie.
La ciudad ya no era una ciudad.
Era un terreno de caza.
No hubo un solo día sin Pesadillas.
Aparecían en distintos puntos, a veces aisladas, otras veces en grupos y también desde rincones que ya deberían haber sido limpiados. No seguían patrones claros, y eso las hacía más peligrosas.
Cuando las balas se acabaron, nadie lo dijo en voz alta.
Simplemente ocurrió.
El eco fue más inquietante que cualquier rugido.
Desde entonces, todo se resolvía a corta distancia.
Acero contra carne.
Hueso contra hueso.
Respiraciones agitadas mezcladas con chillidos que no pertenecían a ningún ser vivo conocido.
Caesar se volvió un arma en sí mismo.
No solo por su fuerza bruta, sino por la forma en que se movía. No luchaba como un humano. No dudaba. No retrocedía para evaluar. Atacaba donde dolía, donde incapacitaría más rápido. Mordía, golpeaba, desgarraba. Y lo más inquietante: aprendía.
Cada enfrentamiento lo hacía más eficiente.
Observaba a las Pesadillas, anticipaba movimientos, explotaba errores. Su cuerpo se adaptaba sin que nadie se lo ordenara. Era instinto puro, refinado por algo más profundo que Gunnar aún no lograba explicar del todo.
Gunnar y Silvia también cambiaron.
Las peleas constantes los obligaron a entenderse sin palabras. Un gesto mínimo, una inclinación de cabeza, una seña de Caesar bastaba para cambiar el plan: retroceder, flanquear, atraer, rematar. El lenguaje verbal se volvió innecesario en combate.
Silvia dominó el lenguaje de señas en tiempo récord.
Con su mente afinada, las combinaciones y significados se asentaron rápido. Lo necesitaba.
Fallar una señal significaba exponerse. Retrasarse medio segundo podía significar una herida… o algo peor.
Pero el progreso tuvo un precio.
Las heridas se acumularon.
Cortes que no cerraban del todo.
Golpes que dejaban marcas profundas bajo la piel.
Dolores persistentes, sordos, como si el cuerpo estuviera siendo forzado a adaptarse a una exigencia para la que no había sido diseñado originalmente.
Gunnar lo sentía cada vez que se detenía demasiado tiempo. El cansancio ya no era solo muscular. Era interno. Profundo. Algo dentro de él estaba siendo estirado más allá de su límite natural.
El peor día llegó sin aviso.
Cinco Pesadillas.
No eran como las anteriores. Eran más poderosas en un sentido global.
Una lucha en la que el entorno pagó el precio.
Vehículos aplastados como latas de aluminio. Fachadas arrancadas de cuajo. Columnas cediendo con crujidos que helaban la sangre. Gunnar aún recordaba el sonido de un muro desplomándose a centímetros de su cabeza, levantando una nube de polvo que le robó la visión por segundos críticos.
Silvia logró abatir a dos.
En el segundo, su pierna cedió.
Un mal apoyo a alta velocidad.
Dolor inmediato y absoluto.
No pudo seguir.
Gunnar lo entendió en el mismo segundo en que la vio caer. No hizo falta mirarla a los ojos. Su cuerpo habló por ella. Desde ahí, todo cambió.
Peleó solo.
Cada golpe que lanzaba era una apuesta. No podía permitirse errores, y aun así los cometía. El cansancio pesaba. La sangre nublaba la vista.
Ese día quedó marcado.
Lo aborreció.
Más de una docena de personas murieron cerca de la zona. Nadie llevó la cuenta. Nadie tuvo tiempo. Simplemente desaparecieron entre escombros, alaridos y polvo.
Caesar llegó tarde.
No por negligencia. Estaba cumpliendo otra tarea: Mapear.
Buscar anomalías.
Fue él quien confirmó lo impensable: una extensión de varios kilómetros donde las Pesadillas simplemente… no entraban.
No era que murieran o se ocultaran, simplemente no aparecían.
Un vacío antinatural.
Un espacio donde algo, todavía desconocido, las mantenía alejadas.
Eso obligó a cambiar la dinámica. La caza debía hacerse fuera del perímetro.
La gente no tardó en notarlo.
Como ratas hacia un barco que aún flotaba, comenzaron a llegar. Grupos pequeños al principio. Luego caravanas improvisadas. Personas dotadas por el Divino Espejo, civiles armados, desesperados, oportunistas.
Y con ellos, lo inevitable.
Las muertes no disminuyeron, aumentaron.
Sin monstruos como excusa inmediata, los humanos mostraron lo que siempre habían sido capaces de hacer. Las calles se mancharon de sangre por comida, por refugios, por miradas mal interpretadas. Personas asesinándose entre sí por razones tan pequeñas que resultaban obscenas.
La ley había muerto y solo quedaba la selección.
James y los suyos lo entendieron rápido.
Gunnar lo notó incluso antes de verlo, porque Caesar se lo dijo. James había cambiado. No de forma espectacular, pero sí real. Su presencia pesaba más. Sus movimientos eran más seguros. Su violencia más eficiente.
La última vez que lo observó desde la distancia, el gigante ejecutó a cuatro personas que intentaron cruzar su territorio. No hubo advertencias ni discursos. Solo fuerza aplicada sin titubeos. Luego recogió el Origen que dejaron atrás y siguió con lo suyo.
Su nombre empezó a circular.
El del trío también.
Intentaron asesinarlos varias veces.
Nadie sobrevivió.
Los rumores crecieron. Se deformaron. Exageraron. Pero cumplieron su función: mantener a los imprudentes a distancia.
Ahora, en el presente, los tres estaban en la azotea del edificio.
El clima era extrañamente agradable. Cálido, con una brisa suave que no encajaba con el mundo que los rodeaba. Demasiado normal para el fin de todo.