—Utilizaré mi última reserva —dijo Silvia, dejándose caer de espaldas sobre la azotea.
Se quedó mirando el cielo sin parpadear, respirando lento, como si el simple acto de existir requiriera ahora más atención que antes.
Había atravesado el mismo infierno que Gunnar. El mismo fuego interno que parecía consumirlo todo desde adentro. Esa tortura que no dejaba marcas visibles pero que hacía temblar hasta el alma. Y, como él, había salido distinta.
Posteriormente distribuyó el Origen de manera balanceada, casi por instinto, siguiendo una lógica que ya no necesitaba pensar demasiado. El cuerpo respondió de inmediato, con esa sensación que recorría los músculos y los huesos cuando un atributo se reforzaba. No se olvidó de la parte cognitiva, aunque le costara demasiado potenciar. Impensable dejarla por fuera.
—Tampoco me queda mucho —respondió Gunnar, sin dramatismo.
Era cierto… aunque no del todo.
Él siempre tenía un gran margen extra. No porque fuera más eficiente o más talentoso, sino porque Caesar existía. El Origen que el chimpancé obtenía en combate terminaba acumulándose en él.
—El costo se multiplicó —murmuró Silvia, observando sus manos—. La cantidad de Origen que vamos a necesitar para crecer a partir de ahora es absurda.
Flexionó los dedos lentamente. El movimiento era preciso, limpio, pero la fuerza contenida debajo de la piel era evidente. Podía sentirla. Siempre presente. Siempre lista para desbordarse.
—No podemos hacer nada al respecto —dijo Gunnar, girando el rostro hacia el cielo—. Pero dime algo…
Hizo una pausa.
—¿No sientes que esto desbloqueó algo más?
La pregunta quedó flotando entre ellos.
Silvia no respondió de inmediato.
Cerró los ojos.
Respiró hondo.
Intentó poner en palabras una sensación que no tenía forma, que no ocupaba un lugar claro en su cuerpo ni en su mente.
—Pensé que me lo estaba imaginando —dijo al final—. Es raro. No sé qué es, pero está ahí.
Abrió los ojos.
Gunnar asintió lentamente.
No dijeron nada más. No porque no quisieran, sino porque no había nada más que decir. Comprender aquello no sería inmediato. Tal vez no sería hoy. Tal vez no sería nunca. Pero ignorarlo no era una opción. Fingir que no existía sería un error… y los errores ya no se pagaban tan fácilmente.
—Caesar —dijo Gunnar, girándose hacia el chimpancé—. ¿Tú sientes algo parecido?
El primate dejó de masticar los restos de un pedazo de carne no identificada. Inclinó la cabeza, pensativo. Sus ojos se movieron con atención, parecía revisar su interior buscando una respuesta honesta.
—[¿Sensaciones confusas? No. Yo solo… devoro. Crezco. Me vuelvo más fuerte] —respondió—. [Hay cosas dentro de mí que siempre han estado ahí. No despertaron ahora. Solo… se expanden].
Silencio.
Un silencio denso, cargado.
—¿Por qué no me sorprende? —murmuró Silvia, con una sonrisa torcida.
No era burla. Era resignación. Caesar era distinto incluso entre los distintos. No seguía las mismas reglas. Nunca lo había hecho.
—Entonces nos toca a nosotros descubrirlo —dijo Gunnar.
Más que optimista, su voz sonó decidida.
…
El resto del día lo dedicaron a adaptarse.
Y eso, descubrieron pronto, no era sencillo.
Moverse con cuerpos reforzados era como habitar una máquina nueva sin manual. Cada gesto debía medirse y cada impulso debía controlarse. Gunnar lo comprobó cuando intentó atrapar una lata que Silvia le lanzó: el aluminio crujió al instante, deformándose antes de que pudiera cerrar la mano por completo.
La bebida se derramó sobre el suelo.
—Genial —ironizó Silvia—. No te daré otra.
—Si no controlo la fuerza, todo se rompe —respondió él, observando su mano—. Debemos seguir practicando.
No era solo una molestia. Era peligroso. Un mal cálculo en combate, un empujón mal medido, y podían matar a alguien sin intención… o destrozar una estructura que aún necesitaban en pie.
La solución estaba clara: pensar más rápido que el cuerpo.
La mente debía ir siempre un paso adelante.
Por eso Gunnar nunca descuidó el aspecto cognitivo, incluso cuando costaba más Origen que cualquier otro atributo. Ahora lo entendía mejor que nunca. No se trataba solo de inteligencia, sino de control. Sin eso, el poder era un arma sin empuñadura.
Aun así, la emoción estaba ahí.
Cada uno, a su manera, quería probar sus límites.
—Vamos a las zonas peligrosas —propuso Silvia, con una sonrisa que no habría mostrado días atrás.
Había fuego en sus ojos.
Gunnar iba a responder.
No llegó a hacerlo.
La pulsera de su muñeca vibró.
Una vez.
Luego otra.
—¿Una llamada? —preguntó Silvia, frunciendo el ceño—. ¿Quién demonios…?
Gunnar levantó el brazo. Un punto de luz pulsaba con insistencia. Intentó aceptar.
No ocurrió nada.
El tono siguió sonando.
—Eso no es normal —dijo.
Antes de que pudiera decir algo más, la pulsera de Silvia comenzó a vibrar también. Luego la de Caesar.
Las tres al mismo tiempo.
Un segundo después, el aire cambió.
Fue una presión invisible que erizó la piel de inmediato, literalmente.
El cabello de Gunnar se levantó. Silvia sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras experimentaba lo mismo.
Gunnar y Silvia se miraron.
No dijeron nada. Ambos giraron la cabeza hacia Caesar.
El chimpancé temblaba.
No como cuando se preparaba para atacar o cuando entraba en furia. Era un temblor más profundo, involuntario, cargado de tensión acumulada. Sus músculos estaban rígidos, los colmillos expuestos, el pelaje blanco comenzando a brillar con ese resplandor antinatural que ya conocían bien.
Y entonces rugió.
Un rugido brutal, desgarrador, cargado de algo más profundo que la ira. Dolor. Un grito que parecía dirigido a algo que no podían ver.
—¡Caesar! —Gunnar dio un paso adelante.