Divino Espejo: Llegada de la destrucción

Capítulo 25: Territorio

—Me alegra verte mejor.

Gunnar no alzó la voz. Bastó con esas palabras, dichas con firmeza contenida, para que Caesar lograra estabilizarse por completo. Sus ojos seguían cargados de algo oscuro, pero al menos ya no parecía a punto de estallar.

Gunnar habría querido quedarse más tiempo así, en silencio, asegurándose de que su hermano realmente estuviera bien. Pero el mundo no estaba dispuesto a conceder treguas.

La ciudad ardía.

No en un solo punto, sino en decenas. Explosiones esporádicas iluminaban el horizonte. Edificios colapsaban con estruendos que viajaban kilómetros. Columnas de humo se alzaban en todas direcciones, mezclándose con el cielo enrarecido que todavía no recuperaba del todo su color natural.

Desde la azotea, incluso a esa distancia, se veía cómo proliferaban fuera del perímetro seguro los Espejos Rojos. Aparecían en paredes, calles, fachadas, ventanas. Como un virus geométrico, reproduciéndose sin control. Donde uno surgía, pronto aparecían dos más. Y de cada uno emergían Pesadillas nuevas, distintas, más agresivas.

La zona sin Pesadillas, como habían comenzado a llamarla, era una anomalía en medio del caos. Un islote de calma relativa rodeado por un océano de destrucción.

Y aun así, incluso allí, las cosas estaban lejos de ser estables.

La zona estaba repleta de gritos y llantos. Había quienes rezaban, quienes amenazaban o apuntaban armas a cualquiera que se acercara demasiado, y quienes simplemente se quedaban sentados mirando el vacío, incapaces de procesar la información que les había sido incrustada en la mente.

El mensaje.

La Tierra estaba condenada. No mañana. No en décadas. En un plazo que nadie se atrevía a definir, pero que todos sentían demasiado cercano.

Gunnar dio un paso al frente y se giró hacia Silvia y Caesar.

—Ya hemos decidido quedarnos —dijo con claridad.

Luego miró a Silvia directamente.

—Pero no vamos a obligarte a hacer lo mismo.

El silencio que siguió fue breve… y se rompió de la peor manera posible.

El espacio se deformó.

No fue una explosión ni una grieta violenta. Fue como si el aire se hubiera vuelto líquido por un instante, ondulándose en varios puntos del área. De esas distorsiones emergieron superficies plateadas, lisas, pulidas, de bordes perfectamente definidos.

Espejos Plateados.

Pero no como los anteriores. Estos eran más grandes, más refinados. Se mantenían suspendidos, verticales, emitiendo una vibración suave que se sentía incluso a la distancia.

—Esto es… —murmuró Silvia— impresionante.

Gunnar no respondió, pero entendía lo que sentía. Aquellos Espejos transmitían algo distinto.

Una invitación.

Instintivamente, los tres lo comprendieron al mismo tiempo: eran portales.

En uno de los bordes de cada espejo apareció una franja luminosa, como un indicador. Descendía de forma constante, segundo a segundo.

—Tiempo limitado —dijo Gunnar, sin necesidad de hacer cálculos precisos—. No más de dos minutos.

El significado era evidente.

Entrar… o quedarse.

Irse de la Tierra, cruzar a lo desconocido.

O permanecer allí y enfrentar lo que viniera después.

Silvia cerró los ojos y respiró hondo. Por un instante, el caos exterior dejó de existir para ella. Pensó en todo lo que había ocurrido desde el inicio. En lo que había perdido. En lo que había ganado. En el dolor, en el poder, en las decisiones que ya no tenían marcha atrás.

Cuando abrió los ojos, miró a Gunnar sin vacilar.

—Es obvio —dijo—. Me quedo con ustedes.

—¿Segura? —preguntó él, sin suavizar el tono.

—Sí.

En ese intercambio había más peso que en cualquier juramento. Ambos recordaban la conversación pasada, aquella en la que Silvia había hablado de confianza, de permanecer, de no huir cuando las cosas se volvieran verdaderamente difíciles.

Este era ese momento.

Y ella no dio un paso atrás.

La decisión cerró algo invisible entre ellos.

Entonces, de repente, la energía estática desapareció.

—¿Eh? —Silvia frunció el ceño.

Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor global.

Las consecuencias fueron inmediatas.

En el cielo, los helicópteros comenzaron a perder estabilidad. Los motores se apagaron uno tras otro. Algunos intentaron maniobras de emergencia. Otros simplemente empezaron a caer.

—Tienen dos opciones —dijo Gunnar, con la vista fija en lo alto.

No necesitó explicarse.

—Exacto —respondió Silvia.

Y las personas en el aire reaccionaron de inmediato.

Algunos, sin dudarlo, se lanzaron hacia los Espejos Plateados. Decenas de destellos iluminaron el cielo cuando cruzaron los portales, desapareciendo de la Tierra.

Otros eligieron quedarse.

Saltaron. Desde alturas impresionantes.

El suelo tembló cuando impactaron. Algunos aterrizajes fueron controlados. Otros dejaron cráteres. Gunnar entrecerró los ojos, evaluando la magnitud de la fuerza necesaria para sobrevivir a eso.

—Son fuertes… —murmuró.

Uno de los helicópteros perdió estabilidad de forma abrupta. Giró sobre sí mismo, describiendo un arco errático en el aire, y por un instante pareció dirigirse directamente hacia el edificio donde se encontraba el trío.

Gunnar tensó el cuerpo.

No hubo tiempo para reaccionar.

La aeronave explotó en pleno aire con un estruendo ensordecedor. La onda expansiva sacudió la azotea y una lluvia de metal en llamas cayó sobre las calles cercanas. El fuego iluminó las fachadas como un amanecer artificial.

El edificio se salvó.

Por poco.

De entre los restos ardientes, cuatro siluetas se desprendieron en caída libre. No fue una maniobra elegante ni calculada; fue una reacción desesperada. Impactaron contra el suelo con fuerza brutal, levantando polvo, escombros y grietas que se expandieron como telarañas bajo sus pies.

Gunnar no apartó la mirada ni un segundo.



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En el texto hay: misterio, guerra, poderes

Editado: 15.01.2026

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