Así pasó la hora en la que Manuel recibió a los proveedores y las mercancías. Una vez que empezó a acomodar los productos faltantes en los estantes, me habló:
—Ashley, ¿podrías subir a ver cómo está el golden?
—Claro, Manuel, no hay problema.
—Llévale de comer y ponle más agua —me dijo, extendiéndome un plato con la comida para el perro—. Se la pusimos en la mañana, pero seguramente ya la terminó. Suele tomar mucha agua.
—¿Está en la sala de recuperación?
—Sí.
Asentí y subí por las escaleras, dirigiéndome al segundo piso de la clínica, al área de las salas de recuperación.
Allí lo vi: el golden retriever estaba dormido en su jaula de hospitalización. Me acerqué, abrí la puerta y tomé el recipiente del agua para cambiarlo. Salí de la sala y fui al baño del segundo piso. Tiré el agua, abrí el grifo y enjuagué el recipiente para quitar restos de alimento y baba. Una vez limpio, lo llené de agua nuevamente.
Al regresar a la sala de recuperación, el golden ya estaba despierto. Me notó entrar y me miró. Sus ojos color café se conectaron con los míos, con una mezcla de curiosidad y atención.
Y entonces sucedió algo que jamás habría esperado.
—Sabes… es aburrido estar en este lugar. Solo comer y dormir, no hay nada más que hacer.
Me quedé inmóvil.
¿Debía de haber enloquecido… o realmente lo había escuchado hablar?
Editado: 12.03.2026