—Solo surgió y pensamos que le quedaba muy bien. ¿Qué opinas? —le pregunté, intentando sonar convincente.
—Es un buen nombre.
—Mamá… ¿qué va a pasar con Dobby? —pregunté con cierta inquietud.
—¿A qué te refieres?
—Pues que, cuando mejore, ¿qué va a pasar con él? No se puede quedar eternamente en la clínica.
—Sí, lo sé, ya lo he pensado. Y, dado el caso, como no he visto ningún cartel pegado de que lo estén buscando sus dueños… he estado considerando que nos lo podamos quedar.
—¿En serio? —pregunté emocionada.
Mi mamá asintió con la cabeza mientras estacionaba el auto en el estacionamiento de la escuela. Mientras ella acomodaba el auto, yo me puse la toga y el birrete. Una vez estacionado, nos dirigimos hacia donde sería la ceremonia de graduación.
—Nos vemos —me dijo mi mamá, mientras se iba a sentar en su asiento.
Asentí y me dirigí a mi lugar. Pasaron unos segundos y la procesión comenzó. Todos los presentes se pusieron de pie; nosotros, los graduados, avanzamos con la marcha triunfal. Después sonó el himno nacional.
De pronto, los altavoces se apagaron. Se oyó un silencio absoluto. Nadie esperaba eso. Después llegaron los murmullos.
—¿Qué está pasando? —preguntó uno de mis compañeros.
—No lo sé —respondió otro.
Algo andaba mal. Esto no debía estar pasando. No podía ser un problema técnico, porque para una graduación siempre hacen pruebas para que todo salga perfecto.
De pronto, un grito desgarrador rompió el silencio:
—¡AAAAAA! —se oyó a lo lejos.
Editado: 04.04.2026