En el escenario, una profesora cayó de rodillas, sujetándose el hombro ensangrentado. A la distancia, se distinguía una silueta en posición de disparo, pero no tenía un arma en las manos. Aun así, avanzó hacia el escenario.
No subió por las escaleras: donde pisaba no había nada, pero caminaba como si las hubiera. Llegó hasta la maestra y le arrebató el micrófono de las manos.
Algunas personas comenzaron a levantarse de sus asientos.
—¿Ya se van? Deberían sentarse otra vez —dijo una voz femenina. No se le veía el rostro; llevaba un pasamontañas que cubría media cara.
Algunos la ignoraron, otros se quedaron paralizados. Ella levantó la mano libre, formó una pistola con los dedos y apuntó nuevamente a la profesora. Hizo el gesto de disparar. En ese instante, el cuerpo de la maestra, que ya estaba de rodillas, se desplomó en el suelo.
La multitud contuvo la respiración.
—Ahora sí tengo su atención —preguntó la chica a través del micrófono.
Editado: 04.04.2026