Nunca imaginé que me ahogaría en mis propias palabras. Pero ahí estaba yo, aguantando tanto la respiración que el oxígeno parecía un privilegio que no me correspondía.
—Tú me has enseñado a querer de la misma manera que quieres tú— me dijo ella con esa sonrisa de suficiencia. — "Si te enamoras, pierdes". ¿No era eso lo que siempre decías?
Su mirada no tenía ni pizca de rencor. Solo una sinceridad tan grande que dolía más que cualquier grito.
—Eso... eso era antes de conocerte Lara, las cosas han cambiado—mi voz sonó más rota de lo que me hubiese gustado admitir.
—Y una mierda han cambiado. Tú no sabes querer a nadie, a excepción de Alex, claro. Tienes tanto rencor acumulado que no tienes espacio para otra cosa.
Y con esas palabras me dio a probar de mi propia medicina.
Siempre he seguido una línea recta con las chicas. Yo ponía mis reglas: pasábamos un buen rato, pero siempre dejando claro desde el minuto uno que no me interesaba nada de ellas. "Si no prometes nada, nadie sufre"... Era un sistema perfecto, o eso pensaba yo, diseñado para mantener mi coraza bajo llave.
Tenía mis prioridades claras: mantener a mi hermano a flote y salir de mi propio agujero para cumplir cada uno de mis sueños.
Hasta que llegó ella.
Esa chica de pelo dorado con ondas como si fuesen las olas del mar entró en mi campo de visión, atormentándome con sus malas contestaciones y su falsa indiferencia hacia mí.
Intenté ignorar cada señal que me daba el universo de encontrármela en los sitios menos esperados.
Pero joder el universo, el destino o como quieras llamarlo, me la puso enfrente de mí, y no solamente eso, mi éxito, mi felicidad y mi estabilidad ahora estaban ligados a ella.