Maldita niñata...
Soltó esas palabras con tanta seguridad que me dieron ganas de mandarla a la mierda. "Amable y leal" ¿Qué sabrá ella de mí?
Mi vida se detuvo el año que cumplí los quince. Ese año en el que mi madre se fue de este mundo para dejarme en manos de la persona que más odio, Liam Double, mi padre.
El hombre que me enseñó a odiar, a tener rabia. Me grabó en la cabeza que, en este mundo, golpeas o te golpean.
—Llorar es de cobardes— me rugió el día del entierro, mientras yo intentaba tragarme el nudo que me asfixiaba en la garganta.
Mi madre se fue de este mundo en silencio, sin hacer ruido. Aquel puto frasco de pastillas me la arrebató. Y no puedo culparla, yo mismo he vivido en primer plano como se iba apagando poco a poco. Ella representaba todo lo que estaba bien en mi vida.
Para mí solo había un culpable en esta historia: Liam Double.
Desde entonces, la cifra "18" para mí no solo era un número, representaba mi libertad. Mientras mis colegas planeaban fiestas y desmadres. Yo lo veía como mi punto de partida para alejarme de Liam. Estudiar fuera, trabajar duro y seguir los pasos de mi abuelo.
Mi abuelo, en una época nada fácil, levantó con sus propias manos y sin ayuda de nadie, una de las cadenas de restaurantes más influyentes del país. Cuando murió, todo ese imperio le llovió a Liam, alguien que se mide por el apellido y no por el talento. Un hombre sin la satisfacción de poder decir: "yo logré esto".
Por eso mis dieciocho estaban cargados de esperanza. Pero el cabrón me volvió a joder todos mis planes cuando un año después apareció un día cualquiera con un bebé en sus brazos, me contó que tuvo una aventura en uno de sus viajes y que la madre no quería saber nada de ese niño, le había puesto el apellido Double y ante la ley mi padre era responsable del pequeño Alex.
Me enamoré de ese niño en cuanto lo tuve en mis brazos por primera vez, me juré que no permitiría que esos ojos verdes vivieran toda la basura que yo tuve que pasar por culpa del desarmado de padre que nos había tocado tener.
Finalmente, me quedé en Málaga, estudié un grado en Administración y finanzas y me gradué con matrícula de honor. Mi padre, no tardó en ofrecerme una jaula de oro, trabajar codo a codo con él. Acepté, entré en su juego. Pero no por él, acepté para poder aprender de los mejores, necesitaba ensuciarme las manos, absorber cada idea de negocio, y, sobre todo, crear fondos para poder salir a flote yo solo sin que Liam pueda decir que le debo un céntimo.
Pero no está siendo un camino fácil, tenerlo cerca solo hace que cada vez que me toca morderme la lengua el veneno se apodere más de mí.
Todo lo hacía por amor y lealtad a mi hermano, nunca pensaba fallarle, aunque me destruyera a mí mismo por el camino, siempre me iba a tener de su lado.
Sería para él lo que mi padre nunca será para ninguno de los dos, me juré que estaría tan presente en su vida que nunca echaría de menos la figura de Liam. Adopté a ese estúpido gatito porque ese día mi hermano apareció en casa hecho un mar de lágrimas. En el colegio era el dichoso "Día de la Familia" y, sorpresa, nuestro padre le dio plantón.
Por otro lado, Liam me dejó al frente de la organización de su última aventura empresarial. Se trataba de una sociedad conjunta especializada en catering de alta gama. Mi padre aportaba la parte gastronómica, y su supuesto socio, cedía sus jardines para la realización de estos eventos.
Cuando me enteré que no estuvo en el colegio quería matarlo, que cojones estaría haciendo para dejar tirado a su hijo de siete años. Él nunca estaba donde se le necesitaba, solo donde había algo que ganar. Ni siquiera me avisó para que yo me pasara en su lugar.
Me había manipulado con Alex para ponerme justo donde él quería tenerme: a cargo de lo único que realmente le importaba: sus negocios y cada maldito centavo de su cuenta bancaria.
Me partía el corazón ver a mi hermano tan triste, lo único que se me ocurrió fue llamar a mi colega Joel, es el encargado de un refugio de animales, me habló de un gato del que Alex estaba obsesionado. No lo pensé, le dije que lo preparara todo que iba a por él. Supongo que el gato era lo único que podía arreglarle el día. Joel me comentó que aún no tenía las vacunas, después de darle la sorpresa a Alex fuimos juntos al mejor veterinario de la zona para que le hiciera un chequeo.
Alex ya estaba feliz, pero yo me castigaba por haber bajado la guardia, por haber creído, por un puto segundo, en que quizás quería pasar tiempo con su hijo pequeño, tiempo de verdad.
Estábamos en la sala de espera cuando entró ella. Parecía una loca fuera de control pidiendo ayuda para el perro que llevaba en sus manos. Me quedé mirándola, ese pelo juraría que lo había visto antes. Entonces se dio la vuelta, supe quién era al instante. La reina de las impertinencias. La chica que siempre tenía una frase estúpida lista para lanzarme a la cara cada vez que teníamos la mala suerte de vernos.
Aunque tengo que admitir que, por alguna razón, me alegré de verla allí. No es la típica chica que acostumbro a meter en mi cama, y no es porque no sea preciosa. Tiene esa clase de belleza que no solo atrae, sino la que vuelve locos a los tíos.
Es interesante sin necesidad de llamar la atención. Tiene el pelo rubio lleno de ricitos que invitan a enredar los dedos en ellos. Sus labios son carnosos. Pero lo más impresionante de ella son sus ojos: marrones, grandes y demasiado expresivos.
Me resulta tan fácil de leer que me divierte sus expresiones cuando le digo algunas de mis barbaridades. Sé que se pone nerviosa cuando le hablo, se lo puedo notar, pero se esfuerza demasiado en que yo piense que soy invisible para ella.
Es la clase de chica que no puedo meter en mi vida, estoy demasiado centrado en mi futuro y en intentar que mi hermano no tenga las mismas taras mentales que tengo yo. Por suerte, me tocaba dejar de lado durante un tiempo trabajar cerca de la universidad, cosa que agradecía. Cada día me costaba más aguantar las hormonas de todos esos niñatos.