Doble L

Capítulo 3 LARA

Llegué tarde al evento. Lo sé, soy un puñetero desastre, pero después de dieciocho años no voy a cambiar ahora. Encima, después de enterarme que Leo estaría trabajando allí. Lo de este chico es mortal, de verdad; la palabra "pluriempleado" se le queda corta.

Y así es el destino de caprichoso: lo pone a trabajar para mi padre. ¿A caso que no hay más camareros en toda Málaga?

Que, por cierto, a Julián se le ha ido la olla definitivamente. No le basta con estar a tope con su empresa de networking —ya sabéis, eso de gestionar contactos para que los peces gordos hagan negocios—, sino que ahora se ha metido en otro embolado.

Según lo poco que me habían contado, mi padre ha retomado la amistad con un viejo amigo de la universidad. El tipo es un experto gastronómico y necesitaba un socio, así que no se le ocurrió otra cosa que asociarse con él, cediendo los jardines de la familia para este proyecto

Mi padre decidió que él se encargaría de toda la decoración de los jardines; pensando en mí, claro. Dicen que todos tenemos un don y yo creo que el mío está en hacer magia con mis manos. Acepté sin pensarlo. No había nada que me llenase más que perderme entre flores, manteles y velas; me encanta plasmar lo que mi cabeza imagina.

Lo que menos me iba a imaginar era que Leo y su familia iban de la mano con esta nueva aventura. Verlo allí hizo que me temblaran las piernas, que volviera esa Lara que sale cuando lo tengo delante. No pude evitar mirarlo, escanear cada parte de él...no puedo decir que no impresionaba lo increíblemente bueno que estaba. Su pelo negro, que siempre solía llevar de cualquier manera, estaba impecable peinado hacia un lado, resaltando aún más sus impresionantes ojos verdes.

Estaba tan absorta en mis ridículos pensamientos que, cuando quise decir algo, Leo ya se había largado. No lo dudé: me levanté y fui tras él.

Cuando logré alcanzarlo, estábamos bastante apartados del resto de los invitados.

—¡Leo! Oye, espera un momento. — le dije en un tono elevado para que dejara de caminar.

Se detuvo en seco al escucharme.

—Lo siento, pero lo que menos ganas tengo ahora es de discutir con la niña bonita de papá.

—Eres un gilipollas —mascullé. — Ni siquiera me conoces.

—Tú tampoco a mí, ricitos, y escupes cosas por esa boca sin tener ni puta idea de lo que hablas —me soltó, acercándose a mí más de la cuenta. Estaba tan cerca que podía sentir cómo tomaba aire y lo expulsaba de manera brusca contra mi rostro.

—Pues cuéntame, y así te juzgaré con motivos.

—No abras puertas de las que no sabes si vas a poder salir ilesa.

Me quedé helada. Ahora era yo la que tomaba aire y lo expulsaba, tratando de liberar toda la tensión y el deseo que me producían sus palabras.

Joder, se volvió a largar, dejándome allí con miles de preguntas sin resolver. Volví rápido a la mesa donde sabía que mis padres se preguntarían dónde me había metido. Solo quedaba un sitio libre, justo al lado del pequeño Alex.

—Mi gatito ya tiene nombre, se llama Copito — me dijo con toda su inocencia, acordándose del día que nos conocimos en el veterinario.

Era un niño encantador, todo lo contrario que su hermano.

—¡Me encanta! No le puede pegar más llamarse así. Y dime, ¿se ha adaptado bien?

—Sí, es muy bueno, aunque a papá no le gusta mucho. Siempre le dice a Leo que, en cuanto se canse, lo mandará para su casa para que lo cuide él.

Eso último que dijo me puso en alerta. ¿Leo no vive con sus padres?

—¿Leo no vive con vosotros? —Sabía que no estaba bien interrogar a un niño pequeño, pero no me quedaba otra opción.

—No. Leo prefiere vivir solo, pero su casa esta cerquita y siempre viene a verme.

De repente, Alex movió la cabeza de un lado a otro para asegurarse de que nadie nos escuchaba y se inclinó hacia mí.

—¿Te cuento un secreto? —preguntó, abriendo esos ojos tan verdes como los de su hermano.

—Claro, dime —susurré contagiada por su misterio.

—Creo que Leo y papá no se caen bien —soltó como quien cuenta algo que no fuera demasiado evidente.

—Bueno, es que los adultos a veces somos un poco difíciles de entender —le dije, restándole importancia.

Estuve charlando con ese pequeño hasta que el evento llegó a su fin. Todo salió perfecto, los invitados no paraban de felicitar a Liam y a mi padre. Algunos se acercaban a mi para darme la enhorabuena y preguntaban por Leo para hacer lo propio.

Cuando por fin se fueron todos, me dirigí hacia mi coche; lo tenía aparcado en la zona de empleados.

Estaba llegando cuando escuché unos golpes secos. Me acojoné; se suponía que ya no quedaba nadie por allí. Conforme me fui acercando, al lado de mi Fiat había un coche negro con el capó levantado y un hombre dándole voces al motor, como si así el vehículo fuese a obedecerlo.

—Ehh... ¿necesitas ayuda?

Cuando asomó la cabeza y vi de quién se trataba, no podía creerlo. Era Leo, manchado de grasa, empapado en sudor y, cómo no, muy cabreado. Me descojoné de la risa al instante.

—Lo que me faltaba —gruñó. —¿Te hace gracia que se me haya roto el coche?

—Mucha. Eso te pasa por estúpido. Pero, ¿sabes que es lo que no me hace ni puta gracia?

Se puso recto y sacudió sus manos llenas de grasa para prestarme atención.

—No me hace gracia lo impertinente que eres. Me pones de los nervios.

—¿Solo te pongo de los nervios? ¿O te pongo de alguna otra manera? —soltó sin más.

Se fue acercando hasta quedar peligrosamente cerca de mí y, con sus manos sucias, me colocó un mechón de pelo tras la oreja. Como acto reflejo, lo empujé para apartarlo, defendiéndome de lo que me hacía sentir.

—Tu cara bonita me es totalmente ajena —sentencié.

Me miró con una sonrisa de superioridad que me encendió la sangre.

—Ahí te quedas, me voy —dije dándome la vuelta.

—¿No vas a ayudarme?

—¿Acaso tengo pinta de ser mecánica?

—No, pero sí de ser taxista —dijo mientras observaba mi precioso coche de color menta, como si estuviese debatiendo entre decir lo que pensaba o callarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.