Cuando vi que Mía me estaba llamando, lo tuve claro: quería joderle el ego. Quería demostrarle que yo no estoy para tontería de niñitas.
Con ella siempre lo había tenido fácil; sabía perfectamente que nunca entraría en mi vida, porque el único espacio que tenía para ella era en mi cama. Con Mía me río y me lo paso bien, fin.
Esa noche la pasé con ella, al día siguiente tenía organizada en su casa una megafiesta a la que todos mis colegas estaban invitados. La cosa, como era de esperar, se alargó hasta las tantas de la madrugada. Estaba mamadísimo cuando, de repente, recibí aquella notificación de Lara. Esa niña no dejaba de sorprenderme.
Me quedé clavado en el sitio, ¿En serio me estaba soltando eso? Justo a mí, que tenía a Mía pegada como una lapa y posiblemente todas sus amigas harían cola para estar en su misma situación.
—¿Te ha escrito otra de tus fans? —soltó Mía intentando cotillear.
—No digas gilipolleces —le corté, guardándome el móvil en el bolsillo del vaquero con un movimiento brusco.
Me dio un subidón de rabia que me espabiló más que un redbull. Me levanté del sofá como pude, ignorando las quejas de mis colegas. Necesitaba aire. Esa cría tenía una habilidad innata para aparecer y tocarme los cojones.
Y lo peor de todo es que, por primera vez, no me apetecía seguirle el juego a nadie que no fuera ella. Iba a demostrarle que no es tan diferente como se cree.
Joel se acercó a mí, dándome un toque en el hombro, mirándome con esa cara de sabelotodo que solo él sabe hacer tan bien.
—¿Qué te pasa, tío? Estas en otro mundo —soltó, arqueando una ceja.
—Nada, aquí hablando... —respondí, intentando que mi voz sonara despreocupada.
—¿Y con quién hablas que te tiene tan interesado? —insistió con una sonrisa de cabrón.
Le sostuve la mirada, soltando una carcajada que no me salió del todo natural. Me jodía que se me notara el interés hasta el punto de que mis colegas se dieran cuenta.
—¿Interesado yo? —acerqué mi frente a la suya y le sujeté la cabeza. —Parece que no fueses como mi hermano Joelito.
—Ya me extrañaba a mí —dijo Joel, dándome un golpe en la espalda.
Al día siguiente fui a por Alex; le había prometido que pasaríamos el día juntos. Necesitaba recuperar mi rutina y estar lo más lejos posible de mi padre. Al llegar, vi a Alex esperándome en la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y su mochila de Spiderman colgada en la espalda. Me alivió comprobar que Liam no andaba por allí.
—¿Qué pasa colega? ¿Subes? —le dije a mi hermano.
—Espera, que papá quiere hablar contigo —respondió él. Mi expresión cambió al instante. ¿Qué mierda quería este tío ahora?
Vi a mi padre salir de casa con esa superioridad que tanto le caracteriza. Me miró como si me estuviera haciendo un favor solo con su presencia.
—Tengo algo que ofrecerte —soltó sin rodeos.
—Susto me das. ¿Qué sacas tú a cambio? —le corté, tajante.
—Siempre estás igual, hijo... —suspiró con falsa paciencia. —Nos ha contactado Alexa Bonna. Quiere celebrar el décimo aniversario de su marca en los jardines Lawton y te quiere a ti al frente de todo.
Lo miré con total desconfianza. Había gato encerrado.
—No me mires así. Quedó impresionada con tu trabajo y con el de la hija de Julián; os quiere a los dos juntos en esto.
—A ver si lo entiendo... ¿Me estás diciendo que, si no lo hago con la niñata esa, Alexa no os contrata?
—Eso parece.
—Pues paso. Búscate la vida sin mí —sentencié, dándome la vuelta. —Vámonos, Alex, tenemos pista en los karts en media hora.
—¡¿Karts?! —gritó Alex emocionado, olvidándose de todo. —¡Papá, adiós, luego te veo!
Como siempre que paso el día con mi hermano, las horas vuelan. Tan rápido que no me da tiempo a pensar en nada que no sea hacerlo feliz. Y quizás por eso duele más cuando se acaba.
—Joe... Leo, ¿ya tengo que ir con papá? —dijo casi en un susurro, como si así tuviese posibilidad de que le dijera que no.
—Sí, campeón. Mañana hay clases y tienes que descansar. No te queda otra.
Se quedó mirándome un segundo, con esos ojos que parecen saber demasiado.
—¿Quieres quedarte a cenar? Hay lasaña.
El solo pensamiento de sentarme de nuevo en esa mesa, de compartir el aire con él, me daban ganas de vomitar.
—Mejor otro día enano. Hoy no puedo.
Alex bajó la vista, y entonces lanzó la pregunta que siempre trato de esquivar.
—¿Algún día vas a querer a papá?
Me agaché para estar a su altura, buscando su mirada con toda la intensidad de la que era capaz.
—Te quiero a ti. Te quiero más que a nada. ¿Con eso no te basta?
Él suspiró, con una madurez envidiable.
—Sí, supongo.
En cuanto solté a mi hermano en la entrada, Petra salió a buscarlo. Menos mal. Lo último que necesitaba mi poca paciencia era volver a ver a Liam.
Aparqué el coche de mala gana y me bajé a caminar. Necesitaba despejarme, la cabeza me iba a estallar. Tenia que decidir que narices iba a hacer.
No me quitaba de la cabeza la propuesta de mi padre. Por una parte, aceptarla sería una oportunidad de oro. Que la propia Alexa Bonna pida que sea yo quien se encargue de todo, me deja en un nivel muy bueno. Solo con eso, ya me haría un nombre en ese mundillo
Pero, por otro lado, significaba volver a pasar por el aro de mi padre. Era ceder otra vez, darle la razón y, encima, tener que aguantar a la niñata malcriada de turno. Y de ahí no podía salir nada bueno, lo tengo clarísimo.
Mientras caminaba, el cielo de Málaga se puso naranja y la luz del atardecer empezó a reflejarse en las calles. Me fui relajando un poco. Ver esto y estar con mi hermano es lo único que hace que no me arrepienta de haberme quedado en esta ciudad.
Poco a poco, la rabia se me fue pasando y empecé a ver más pros que contras. Al final, los negocios son negocios.
Saqué el móvil, busqué el contacto de mi padre y tecleé el mensaje sin pensarlo demasiado: