Doble L

Capítulo 5 LARA

No había vuelvo a ver a Leo desde aquella noche en la que decidí tirar mi dignidad a la basura. Y para colmo… el muy cabrón se pone a tontear con la “representucha” esa. ¿Qué se creían? ¿Que esto era un circo? Tuve que contenerme para no largarme de allí, y lo peor es que esto solo acababa de empezar.
—Si me disculpáis, tengo que irme. La semana que viene tendrás toda la info. —dije para dar por terminada mi presencia allí.
—Adiós chiqui —me soltó Valentina, mirándome como quien mira a un niño pequeño en el parque. Acto seguido, se dirigió a Leo. —¿Nos tomamos algo para celebrar?
Leo me clavó esa mirada intensa suya, cargada de aires de grandeza. Es asqueroso. Suspiré demasiado alto, tanto que los tres se volvieron hacia mí al unísono.
En fin… Ya en el coche, pude pegar tres gritos y cagarme en todo lo cagable mientras golpeaba el volante. ¿Cómo pude decir que sí a trabajar con Leo? Este puñetero contrato era mi sentencia de muerte.
Toc, toc. Giré la cabeza hacia la ventanilla y, para mi desgracia, allí estaba la cara de bobo de Leo. Suspiré con fastidio antes de bajar el cristal, dejando que el aire frío y, su presencia, inundaran mi coche.
—¿Qué quieres? —solté, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar mi hostilidad.
—El volante no tiene la culpa de tu mal genio, ¿sabes? —respondió él, apoyando los brazos en el marco de la puerta con una parsimonia desesperante.
—Ni el universo tiene la culpa de que fueras el espermatozoide más rápido, y aquí estas.
Leo forzó una sonrisa ladeada, aunque sus ojos brillaron con una pizca de diversión.
—Increíble lo graciosa que eres. Pareces el payaso de la fiesta.
—Si no tienes nada más inteligente que decir, aparta. Tengo mejores cosas que hacer que ver como desperdicias oxígeno.
—En realidad, tengo algo que ofrecerte —dijo, cambiando el tono aún más bajo, casi tentador.
Arrugué el entrecejo, desconfiada. —¿Qué?
—Conozco el lugar perfecto para alguien con tu carácter. Y créeme, te hace falta.
No me preguntéis por qué, pero acabé aceptando. Quizá era el cansancio o las ganas de llevarle la contraria demostrando que nada de lo que él propusiera me afectaría.
Lo seguí carretera abajo, manteniendo una distancia prudencial mientras las luces del paseo marítimo empezaban a parpadear. Finalmente aparcó frente a un local cuya fachada desentonaba con la calma del mar. Ambos bajamos de nuestros coches; el aire salado me golpeó la cara, pero mi intención estaba fija en el letrero que Leo señalaba con una sonrisa de maldad.
—¿Boxeo? —arqueé una ceja, cruzándome de brazos. —¿En serio?
Él se limitó a encogerse de hombros mientras caminaba hacia la entrada, con esa seguridad que tanto me irritaba.
—En serio. Entra, a ver si así dejas de morder a todo el que se te acerca.
Una vez dentro, me sentí en otra dimensión; aquello parecía el set de la típica película de acción. El ambiente estaba cargado de un olor a cuero y sudor, con cuadriláteros que parecían campos de batalla donde la gente lo daba todo peleándose. Otros golpeaban los sacos con violencia. La música de fondo retumbaba tan fuerte que me impedía escuchar que Leo me estaba llamando.
—¡Al fondo hay uno libre, vamos! —gritó por fin, logrando que lo oyera.
Lo seguí en silencio. Al llegar al rincón, Leo se quitó la sudadera con un movimiento rápido. Se quedó en una camiseta de tirantes que marcaba cada musculo de su espalda y brazos. Y qué músculos…
—Venga, quítate la sudadera. Y toma. —dijo, lanzándome unos guantes que atrapé en el aire. —Póntelos.
Poco después, ya estaba sobre el ring, frente a él. Leo empezó a moverse haciendo amagos para empezar el primer asalto.
—Te doy ventaja —soltó con una sonrisa arrogante, señalándose las palmas de los guantes. —Pega aquí.
No esperé ni un segundo. Lancé un directo que no vio venir y, en lugar de ir a sus manos, mi puño impactó de lleno en su abdomen.
—¡Ahg! En el estómago no… —gruñó, doblándose ligeramente mientras recuperaba el aire.
—Te la debía —respondí, sintiendo un subidón de satisfacción. —Por ser tan cabrón conmigo.
Leo se enderezó lentamente, y esta vez, el brillo de sus ojos no era solo de diversión; era un desafío puro.
—Ah, no sabía que esto se iba a volver algo personal…
—Siempre lo ha sido —sentencié, recuperándome de lo que me hacía sentir.
No terminé de cerrar la frase cuando sentí un impacto en el muslo. Un golpe bajo que me hizo tambalear.
—¡Oye! —me quejé, fulminándolo con la mirada.
En ese momento, algo me hizo clic y me vine arriba. Empecé a golpear su cuerpo con toda la fuera de la que era capaz, descargando mi rabia en cada puñetazo. Él, sin embargo, se limitaba a bloquear y devolver los golpes con una facilidad desesperante, como si estuviera bailando conmigo en vez de pelear. Con cada movimiento, sentía como mi cuerpo se iba liberando…hasta que un movimiento rápido me pilló desprevenida.
El impacto me hizo perder el equilibrio y caí de espaldas sobre la lona. Antes de que pudiera reaccionar, Leo se lanzó sobre mí, inmovilizándome y quedando a pocos centímetros de mi cara.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con la respiración entre cortada, el pecho subiendo y bajando contra el mío.
—Bi… bien —logré articular, aunque el aire me faltaba por razones que no tenían nada que ver con el ejercicio.
Intenté moverme bruscamente para librarme de él, pero en ese roce, noté algo entre sus piernas. Abrí los ojos como platos al notar la evidencia de su reacción al tener mi cuerpo pegado al suyo.
—La anatomía es la anatomía —soltó él con una sonrisa descarada, aunque sus ojos estaban más oscuros de lo normal.
—Apártate, asqueroso —susurré, con una voz que me traicionó sonando mucho más débil de lo que pretendía.
—Venga, no te enfades —respondió él, sin hacer el menor esfuerzo por moverse. —No es culpa mía que mi cuerpo reaccione así, sobre todo teniendo en cuenta lo poco que me gustas…
—Quita, tengo muchísima hambre —solté, empujándolo ligeramente para romper ese momento. Miré hacia el techo del gimnasio como si buscara una señal. —Tienen que ser por lo menos las cinco de la tarde.
Exageré la hora a propósito, necesitando desesperadamente cortar aquel ambiente. Leo se levanto y consultó su reloj con una mueca de diversión.
—Son las tres y media, dramática. Pero venga, vamos, que te llevo a otro sitio.
Lo miré de reojo mientras me quitaba los guantes, todavía con la respiración agitada y el miedo pintado en la cara. Él, adivinando mis pensamientos, levantó las manos en señal de paz.
—Tranquila, aquí nadie saldrá herido… a menos que seas alérgica a los mejores bocadillos de tortilla de patata de la ciudad.
—¡Vamos! —exclamé, y por primera vez en todo el día, una sonrisa de verdad asomó en mis labios. Mi estómago rugió en señal de aprobación, dándole la razón.
Después de pasar por un local pequeño que olía a gloria, terminamos sentados en un viejo banco de madera sobre la arena. El sol empezaba a bajar, regalándonos una luz dorada preciosa mientras que el sonido del mar sustituía el estruendo del gimnasio.
—Toma, antes de que te comas el banco —dijo Leo, dándome un bocadillo envuelto en papel de aluminio que todavía quemaba.
Lo abrí con un ansia que me hizo olvidar por un segundo mi papel de “enemiga”. El primer bocado fue celestial: la tortilla estaba en su punto, jugosa y con el pan crujiente. Solté un gemido de satisfacción casi sin darme cuenta.
—Está…increíble —admití con la boca medio llena.
Leo soltó una carcajada, apoyando los codos en sus rodillas mientras observaba el horizonte.
—Te lo dije. La comida siempre sabe mejor después de una paliza.
Me quedé en silencio un momento, masticando y sintiendo la brisa marina despeinarme. Estábamos tan cerca que nuestras chaquetas se rozaban con cada movimiento, la tensión de hace un rato en el ring seguía ahí, flotando en el aire, pero ahora era distinta; menos agresiva y mucho más peligrosa.
—¿Desde cuando boxeas? —pregunté intrigada.
—Desde los dieciséis —respondió sin mirarme, concentrado en el mar.
—Mmmm… mucho tiempo. ¿Y qué te motivó a empezar?
—Me gusta la adrenalina —soltó rápido, con una sequedad que buscaba claramente cerrar el tema.
—Seguro que eras un malote —insistí, ladeando la cabeza para intentar buscar su mirada.
Leo soltó un suspiro pesado y, por un segundo, vi dolor en sus ojos.
—Mi madre murió cuando cumplí los quince.
Abrí tanto los ojos que Leo se vio obligado a continuar hablando.
—Tranquila, han pasado nueve años. Y aunque el dolor sigue intacto, he aprendido a vivir con él.
Sin pensarlo, lo abracé. Lo abracé fuerte, porque no podía imaginarme como sería mi vida sin mi madre. Joder, se me pasaron tantas escenas por la cabeza imaginándome lo que tiene que ser pasar por algo así, que mis ojos me traicionaron.
—Lo siento… lo siento mucho Leo —dije en un susurro.
Se apartó ligeramente para mirarme a los ojos mientras secaba las lagrimas que resbalaban por mis mejillas.
—No llores, ricitos, que te pones más fea todavía.
—Idiota —solté, dándole un golpe en el pecho.
—Tengo que irme —dijo a la vez que apretaba mi nariz. —Alex me está esperando.
—Alex… —pronuncié con pena, pensando en que él también habría crecido sin el calor de una madre.
Leo, como siempre, parecía leerme la mente, contestó sin que yo llegara a preguntar nada.
—Alex no es hijo de mi madre, ni si quiera la conoció. Por si es eso lo que estás pensando.
—Ehh…— No supe que decir; me había quedado totalmente descolocada.
—Ya has tenido suficiente información por hoy.
Cogió sus cosas y caminó hacia su coche. Tarde unos segundos de más en salir de mi asombro.
—¡Oye, Leo! ¿Nos vemos mañana para hablar sobre los detalles del evento? —le grité antes de que se subiera.
—¿Te viene bien para desayunar?
—Sí, vale.
—Te paso ahora ubicación, a las 9:30h. Sé puntual.
Le puse los ojos en blanco, me pone de los nervios lo meticuloso que es para todo. El atardecer ya asomaba, pero esos colores que siempre me daban tanta paz, esta vez no servían para calmarme. Seguía en shock. Necesitaba hablar con alguien y no me lo pensé dos veces: cogí el coche y fui directa a casa de Stella. Me había dicho que pasaría la tarde estudiando en su cuarto, así que esperaba encontrarla allí.
Cuando llegué a la puerta de su casa, llamó mi atención el cochazo que había aparcado en su puerta. Llamé varias veces a la puerta hasta que por fin me abrieron.
—Hola Lara, cariño. No sabía que venías —me dijo su madre.
Su tono era extraño, era una mujer de pocas palabras, pero la noté especialmente nerviosa.
—Hola. No avisé a Stella porque sabía que estaría en casa. ¿Puedo pasar?
—Claro, adelante, iré a avisarle de que estás aquí.
Me adentré en el pasillo a esperar, pero un brillo de elegancia fuera de lugar me obligó a frenar en seco. La curiosidad pudo conmigo y me asomé al salón. Había un hombre trajeado sentado allí, con una postura tan rígida que parecía despreciar el sofá donde estaba apoyado. Me resultaba familiar. Demasiado.
Era Liam Double.
“¿Qué cojones hace este hombre aquí?”, pensé, sintiendo un nudo en el estómago.
Él ni se percató de que yo estaba allí observándolo; estaba demasiado ocupado revisando unos papeles con la mirada gélida. Mejor. No tenía ninguna gana de tener que saludarlo, y mucho menos de que supiera que lo había visto en un lugar donde, claramente, no se le había perdido nada bueno.
Al poco rato bajó Stella indicándome que subiera a su habitación.
—¿Has visto a un muerto? —murmuró Stella, con los ojos como platos.
—En tu salón esta Liam —solté de golpe.
Ella me miró con el ceño fruncido, totalmente perdida.
—¿Quién es Liam, nena?
—El padre de Leo…
—¡What the fuck! —exclamó, casi atragantándose.
—¡Así mismo me he quedado yo! ¿Tienes idea de que hace aquí?
—Sé que mi madre tenía una reunión con un cliente, pero tu sabes que yo con las leyes no me llevo bien, no me intereso en su trabajo — Stella se encogió de hombros, aun procesando lo que estaba pasando. —Por cierto, ¿qué haces tu aquí a estas horas?
Me acerqué un poco más a ella, bajando el tono de voz para que nadie pueda oírnos.
—Precisamente de eso quería hablarte…del hijo de ese señor. Vengo de estar con él, hemos estado boxeando —dije, intentando que sonara más normal de lo que era.
Stella dio un paso atrás, escaneándome de arriba abajo.
—¿Tú? ¿Boxeo? ¿Con Leo? —repitió como si estuviera procesando un idioma extraño.
Sacudí la cabeza rápidamente.
—Da igual, eso ahora no importa. El tema es que me ha contado que su madre murió…y que ella no es la madre de su hermano. Y ahora llego aquí, me encuentro a este señor en tu salón y siento que me va a explotar la cabeza.
Stella se quedó muda un segundo, asimilando el árbol genealógico tan retorcido que acababa de describirle.
—Joder —suspiró ella al final. —Menudo papelón de familia.




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