La sala de juntas de Los Jardines olía a café y a mi paciencia agotándose. Frente a nosotros, Alexa Bonna con su inseparable Valentina nos observaba como si fuéramos un experimento científico que estaba a punto de explotar. Y no le faltaba razón.
—Mi forma de hacerlo es simple, Alexa —soltó Leo, con ese tono de sabelotodo que me daban ganas de estamparle el iPad en la cara. —Menos es más. Menos distracciones, más sabor. Aquí tiene que destacar el producto, esto no es un espectáculo de feria.
Sentí que la sangre me hervía. Me incliné hacia delante, golpeando el catálogo de telas y luces sobre la mesa.
—¿Espectáculo de feria? —le grité, girándome hacia él. —Leo, es un décimo aniversario de una firma de cosméticos, no un retiro espiritual.
Leo soltó una carcajada que me erizó los pelos de la nuca.
—Luces por todos los rincones ¡Bah! —me miró con puro desdén —¿Quieres que mis platos parezcan un árbol de Navidad? No voy a dejar que conviertas mi menú en un parque de atracciones.
—¡Y yo no voy a dejar que tu sencillez aburrrida haga que los invitados se queden dormidos antes del postre! —le espeté, olvidando por completo que Alexa seguía allí.
Un carraspeo nos devolvió a la realidad. Alexa se levantó con una elegancia que me hizo sentir pequeña.
—Si no sois capaces de poneros de acuerdo en algo tan básico, me pregunto si no me equivoqué al ponerlos al frente —sentenció, y juro que el frío de su voz congeló la sala. —Tenéis cuarenta y ocho horas para traerme una propuesta unificada. Si no, llamaré al Catering Elite.
La mención de la competencia fue como una vuelta a la realidad. Leo no esperó. Recogió sus cosas con furia y salió como si el suelo quemara.
—¡Leo! ¡Espera! —salí detrás de él, mis zapatillas sonaban contra el suelo como una ametralladora. —¡No te atrevas a dejarme con la palabra en la boca!
Se detuvo frente a su moto. Se giró tan rápido que casi choco contra su pecho. Estaba rojo de ira, con la mandíbula tan apretada que me pregunté cómo no se le partía un diente.
—Eres insoportable —me dijo con una frialdad que me molestó más de lo que me gustaría.
—¡Y tú eres un egocéntrico que no sabe trabajar en equipo!
Arrancó la moto con un movimiento rápido, dejándome sola con mi rabia.
Eran las siete de la tarde y mi orgullo seguía a flor de piel, pero el miedo al fracaso profesional era más fuerte. Sabía dónde estaba. Leo me confesó que el boxeo era lo único que conseguía apagar sus demonios.
Entré al gimnasio, lo localicé rápido, se encontraba al fondo en el mismo sitio donde estuve con él hace unas semanas.
Estaba sin camiseta. La espalda le brillaba por el sudor y cada vez que su puño impactaba contra el saco, el sonido retumbaba en mis oídos. No estaba entrenando; estaba descargando una rabia que yo sabía perfectamente de dónde venía. Me quedé apoyada en las cuerdas del ring, observando cómo sus músculos se tensaban y relajaban. Era una fuerza bruta, que no pegaba nada la delicadeza con la que decoraba sus platos.
—Si vienes a seguir gritando, búscate un saco —soltó él sin mirarme, jadeando. —Este ya tiene dueño.
—No vengo a pelear —dije, caminando por el suelo de goma con cuidado de no caerme. —Vengo a ofrecerte una tregua.
Leo se giró. Tenía el pelo empapado y sus ojos verdes inyectados en una mezcla de cansancio y adrenalina. Se quitó la venda de la mano derecha con los dientes, y el gesto me hizo tragar saliva de forma involuntaria. Maldito seas por estar tan jodidamente bueno.
—¿Una tregua? ¿Tú? —se burló, apoyándose en las cuerdas del ring como hice yo minutos antes. Estaba tan cerca que sentía el calor que desprendía su cuerpo.
—Sí. Mañana sale una colección especial en Madrid. Conozco un proveedor de iluminación que tiene las luces más impresionantes del país, por no hablar de sus telas y un largo etcétera. Ven conmigo, busquemos juntos la mezcla perfecta que nos haga sentir bien.
Leo se quedó callado. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi camisa de seda, que no pintaba nada en este antro.
—¿Quieres que nos vayamos juntos a Madrid? —su voz sonó más ronca de lo normal. —¿En el mismo coche? ¿Seis horas encerrados?
—Es eso o perder el contrato.
El silencio se estiró hasta que él bebió agua de un bidón, dejando que unas gotas resbalaran por su cuello. Finalmente, asintió con un suspiro.
—Está bien. Mañana a las seis de la mañana paso a por ti. Pero yo conduzco. ¡Ah, no quiero esperarte ni un minuto! Sino te juro que te dejo en una gasolinera en mitad de la nada.
Sonreí satisfecha. —Hecho. Pero tú trae café, de ese bueno que fiché el otro día en tu casa.