LARA
El miedo nunca ha formado parte de mi vida, pero desde que Leo me habló de esa pelea, cada vez que cerraba los ojos, imaginaba el sonido de un hueso rompiéndose o a él tendido en la lona. Si algo le llegara a pasar, no sabía qué parte de mí se rompería primero.
Para no morir en el intento de callar todos esos pensamientos de mi cabeza, quedé con Stella en el Soho. Necesitaba a mi amiga y también necesitaba una copa, ¡o tres!
—Mi madre está insoportable, Lara. De verdad, no para de preguntarme por ese dichoso evento: ¿desde cuando le interesa a ella la gastronomía? ¡Si solo come hierbas! —soltó Stella, dándole un trago a su Gin-Tonic—. No para de hacerme preguntas: quién va, qué se va a servir, si el padre de Leo estará allí... ¿Tendrán un lío y por eso va tanto por casa? No entiendo por qué de repente le interesa tanto la vida de la alta sociedad malagueña.
—Será la curiosidad, Stella —respondí quitándole importancia, mirando el móvil por quinta vez—. A todo el mundo le gusta el morbo de los negocios de Alexa, está de moda.
—No sé yo ¡eh!... Hay algo en su mirada que no me cuadra. Está demasiado intensa —suspiró ella, justo antes de que su cara se iluminara—. Hablando de intensidad... ¡deja ya el maldito móvil!
Entonces me llegó una nueva notificación:
Leo: ¿Ya estás borracha, ricitos de oro?
Lara: En proceso. ¿Y tú? ¿No deberías descansar?
Leo: No puedo dormir. Pensar en lo que llevas puesto no ayuda precisamente a que me relaje.
Lara: Llevo un vestido negro. Corto. Muy corto.
Leo: Si estuviera allí contigo te metería en el baño y te lo arrancaría de un bocado,
Lara: Menos lobos caperucita.
Leo: Te acorralaría contra la pared más cercana y te recordaría por qué no puedes dejar de pensar en mí.
Lara: Bla bla bla
Leo: Guárdame un poco de ese alcohol, voy para allá con Joel.
Veinte minutos después, escuchamos el rugido de las motos. Leo entró en el local con esa mirada verde y esa seguridad que hacía que todas las cabezas se giraran. A su lado, Joel ya buscaba con la mirada a Stella; esos dos estaban hechos el uno para el otro.
En cuanto Leo llegó a mi, no dijo nada. Me agarró del brazo con suavidad y me arrastró directamente hacia la zona de los baños, lejos de la música y de las miradas de la gente.
—Me has tenido toda la noche de los nervios con esos mensajes —susurró, cerrando la puerta del baño de un portazo y bloqueándola con su cuerpo.
—Tú empezaste —le reté, sintiendo como el calor de su cuerpo me mareaba más que el propio alcohol.
Me besó con tantas ganas que me dejó sin aliento, sus manos bajaron lentamente por mi espalda hasta llegar a mis muslos, justo donde acaba el bajo del vestido. Sus dedos iban acercándose a mi zona íntima dibujando círculos, erizando mi piel a su paso. Lo miré con los ojos entre cerrados, él me devolvió la mirada, en su expresión había deseo, sus labios rozaron los míos de nuevo, y yo sin darme cuenta me fui acercando más a él, dejándome llevar por el vértigo, con el pulso acelerado y la pasión que solo él había conseguido provocar en mí.
Sentía que iba a perder el control de la situación cuando un estruendo contra la puerta me devolvió a la realidad. ¡Estaban aporreando la puerta!
—¡Oye! ¿Qué estáis haciendo? Algunas quieren mear.
Me bajé el vestido a toda prisa y salí lo más rápido que pude.
— ¡Búscate un hotel! —gritó una voz.
—Disculpad, nenas, ha sido culpa mía.
Entonces, la morena me miró con una sonrisa pícara.
—Te entiendo —dijo, guiñándome un ojo.
Puse los ojos en blanco y me escabullí para reunirme con Stella.
Llegué a la mesa con las mejillas como un tomate, tratando de recomponerme. Stella no tardó ni un segundo en cazarme con la mirada: tenía esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que ha pasado.
—Vaya, vaya... —soltó ella en cuanto me tuvo cerca, elevando una ceja mientras sonreía—. ¿Te habías perdido de camino al baño?
—Lo mismo se ha quedado encerrada —añadió Joel con una carcajada—. Porque una chica acaba de salir de allí gritando: "algunas tenemos necesidades fisiológicas"
Me hundí en el asiento, escondiendo la cara entre las manos. —Parad, por favor.
En ese momento, sentí una presencia a mi espalda. No necesité darme la vuelta para saber que era él; Leo se sentó a mi lado con una parsimonia irritante, como si la cosa no fuera con él.
—¿Qué me he perdido? —preguntó él, con esa voz profunda que me puso los pelos de punta de nuevo.
—Nada, "Donjuán" —le soltó Joel, dándole un golpe juguetón en el hombro.
Leo le devolvió una sonrisa, de esas que te calientan por dentro, y me miró de reojo. Las risas de los demás se calmaron un poco mientras pedían otra ronda. El ambiente se volvió más íntimo cuando bajaron el sonido la música. Leo se acercó a mi oído, rompiendo esa barrera de "solo compañeros de trabajo" que fingíamos ante el resto.
—Siento lo de antes —susurró, esta vez sin rastro de broma—. No lo que ha pasado, eso no lo siento ni un poco. Pero sí el lugar.
—Fue el momento, Leo —respondí, girándome hacia él—. Y contigo... cada día es más difícil controlarse.
—Lo sé, soy irresistible —dijo poniendo morritos para que le diera un beso.
—Ni lo sueñes —contesté llevando mi mano a su boca para apartarlo.
A la mañana siguiente nos tocó madrugar con una resaca del quince. Alexa estaba como una loca de una punta a otra del jardín disponiendo sin tener ni idea de nada.
—¡Esas bandejas de metacrilato son horribles! —gritó Alexa—. Leo, comprueba que la temperatura del vino sea constante.
Trabajábamos como si fuésemos robots. Nos movíamos por el jardín esquivando operarios y floristas, compartiendo miradas de complicidad cada vez que pasábamos cerca el uno del otro.
Por la tarde, Leo tenía que pasar la tarde entera en el gimnasio entrenando con Miguel. Me pidió que lo acompañara con la excusa que tenía que encargarse esa tarde de Alex y necesitaba que alguien le echara un ojo.