Doble L

Capítulo trece

LARA

Si supuestamente el perro es el mejor amigo del hombre, ¿por qué el mío está ladrando como un loco a las siete de la mañana un sábado?, intenté ignorarlo pero sin éxito ninguno.

—¡Pluto, por el amor de todos los santos, cállate! —gruñí contra la almohada.

Pero el ruido no era solo de Pluto. Detrás de sus ladridos, se colaba los gritos de mis padres desde la parte baja de la casa. No entendía ni una palabra de lo que decían, pero sus murmuros no cesaban.

Bajé las escaleras intentando que mis zapatillas no me delataran, pero en cuanto puse un pie en la cocina, el drama se esfumó como si alguien hubiera pulsado el botón de silencio.

Mi padre de repente, miraba al café como si fuera algo fascinante que acababa de descubrir. Mi madre estaba masacrando una tostada con mermelada como si fuese su peor enemiga.

—¿A quién estamos enterrando hoy? —solté, apoyándome en el marco de la puerta esperando una respuesta.

—Cariño, qué susto —dijo mi madre, forzando una sonrisa. —Nada, solo tonterías del trabajo. Temas de la oficina sin importancia.

—Claro —respondí arqueando una ceja.

Me ignoraron olímpicamente. Típico. Pero bueno, si ellos querían jugar a que yo era tonta, iba a darles el gusto, al menos por ahora, tenía muchas cosas que hacer esta semana. Quedaban seis días para la pelea de Leo, y siete para el evento.

A las diez en punto, los jardines ya estaban llenos de trabajadores, Leo estaba ayudando a los operarios encargados de montar la tarima donde se llevaría a cabo el concierto "misterioso" que estaba organizando Valentina.

Verlo seguía siendo un choque para mi sistema nervioso. Hace un mes, tenerlo cerca me producía ganas de lanzarle un diccionario a la cabeza a ver si así conectaba el cerebro con la boca y le permitiera decir cosas coherentes; ahora, lo quería todo de él.

—Vaya, la Bella Durmiente ha decidido honrarnos con su presencia —soltó Leo en cuanto me vio, con esa sonrisa que había mantenido tanto tiempo oculta y que cuando lo hacía me llegaba al alma.

—Cállate, mi perro ha tenido una crisis existencial y mis padres me han deleitado esta mañana con gritos que no sé a qué venían —me defendí, aunque no pude evitar sonreír. —¿Qué tenemos? ¿Por donde empiezo?

De repente se supo tenso, como si acabara de contarle la peor de las noticias.

—¿Estás bien? —le pregunté preocupada.

—Contigo cerca, siempre —arqueé una ceja no muy conforme con su respuesta.

Cuando ya me iba a intentar hacer algo de provecho, me arrastró con agilidad detrás del árbol gigante que teníamos cerca, lejos de la vista de los trabajadores. Me estampó suavemente contra éste, atrapándome entre su cuerpo y el tronco.

—Pero qué haces, ¿eres tonto?

—Puedo serlo si quieres —sonrió, entonces empezó el ataque.

Besos por todos lados, pero no fue un beso en los labios. Empezó por la frente. Un beso sonoro y tonto. Luego, un beso rápido en la punta de la nariz. Otro en la mejilla derecha. Otro en la izquierda.

—¿Pero qué haces? —solté una carcajada, intentando apartar la cara, pero él me sujetaba de la cintura con fuerza, sin hacerme daño, pero sin dejarme escapar. —Me estás llenando de babas —me quejé.

Pero él siguió. Besitos rápidos, como ametralladoras, por toda mi cara. En los párpados, en la barbilla, en la mandíbula. Era ridículo. Era infantil. Y era tan malditamente tierno y sexy que me estaba volviendo loca en cada roce.

—¡Para, Leo, en serio! —gritaba entre risas, sintiendo cómo se me ponían las mejillas rojas, y no solo por la risa. La tensión del principio del día, el mal humor por mis padres, todo se estaba disolviendo bajo esa lluvia de besos tontos.

Por fin, se detuvo. Pero no se alejó.

Me miró fijamente. Su expresión juguetona había desaparecido, reemplazada por una intensidad que me hizo contener el aliento. Sus ojos, que siempre me habían parecido fríos y desafiantes, ahora ese color verde ardía a niveles que me derretían por dentro. Acarició mi cara con el pulgar, apartándome un mechón de pelo.

—Tienes la cara más bonita que he visto en mi vida —dijo de repente, sin apartar los ojos de los míos.

Mi cerebro, empezó a cortocircuitar por su cercanía, solo pude articular una respuesta defensiva.

—No habrás visto muchas entonces —solté sin más.

Leo volvió a regalarme una sonrisa, se inclinó aún más, hasta que sus labios rozaron los míos.

—He visto suficientes, ricitos. Créeme. Y nadie ha conseguido hacerme sentir lo que tu has conseguido en unos meses.

Y antes de que pudiera responder, antes de que pudiera volver a usar mi sarcasmo como escudo, me besó de verdad. Sentí una oleada de calor que me recorrió todo el cuerpo, un cosquilleo que me recorría entera. El mundo exterior, como siempre que estoy con él, desapareció. Solo estaba el roce de su piel contra la mía, y ese latido desbocado en mi pecho que no sabía si era mío o suyo.

Estábamos completamente perdidos en el momento, cuando un sonido nos golpeó como un cubo de agua fría.

—¡Ajem! ¡Ajem!

Nos separamos de golpe como si nos hubieran pillado con las manos en la masa. Mi corazón iba a mil por hora, tenía los labios hinchados y la respiración entrecortada. Leo estaba con el pelo alborotado, pero como siempre de lo más tranquilo.

Giramos la cabeza al unísono hacia el origen del sonido. Allí, de pie a unos metros, con los brazos en la cintura y una ceja levantada, estaba Valentina.

—Vaya, vaya —dijo con una sonrisa burlona. —Así que este es el tipo de "supervisión" que hacéis, ¿eh? Interesante.

¡Qué coñazo de mujer! No iba a dejar que me intimidara. Me coloqué bien la camiseta, la miré de arriba abajo con toda la frialdad que pude reunir y le dediqué mi sonrisa más hipócrita.

—Este es el tipo de "supervisión" que te gustaría hacer a ti, preciosa —solté con un tono cargado de veneno antes de darles la espalda con decisión.




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