Doble L

Capítulo catorce

LEO

Siete días... Tengo siete días para que Lara Lawton, la chica más bonita del mundo, se enamore de mí.

¿Suena romántico? Pues no lo es una mierda; de hecho, se podría decir que soy un mierdas. También tengo siete días para reunir las suficientes pruebas para darle la vuelta al juego de mi padre. ¿Lo conseguiré? Sinceramente, creo que no, pero voy a intentarlo. Y mi as bajo la manga es tan ruin como enamorarla tan jodidamente de mí que no le quede otra que perdonarme por no haberle contado nada.

SÁBADO: ¡PRIMER DÍA!

Me pasé toda la mañana preparando mi primer asalto, cuando acabé fui a buscarla, pero ni rastro de su melena rubia. La llamé desesperado y le puse como excusa que tenía que volver al trabajo... "¡había problemas!" me inventé.

Cuando vi que estaba entrando por los jardines, saqué el móvil y tecleé: "Te espero en la sala de juntas".

Al subir las escaleras lo primero que se encontró fue un camino de pétalos rojos, Sí ,es un clásico, pero también es infalible, y yo tenía poco tiempo.

La placa plateada de la sala de juntas había desaparecido. En su lugar, una cartulina gritaba en mayúsculas: STOP LARA".

En el suelo había un sobre, y dentro de él una nota:

Para qué te pones flores si tú no las necesitas si ya tienes dos mil colores en esa cara bonita.

Leo.

Abrió la puerta con una lentitud que me puso tenso. Verla enfrente de mí, rodeada de los pétalos que yo mismo había esparcido con tanta precisión, me hizo sentir la peor clase de impostor.

Sus ojos recorrieron la sala, observando cada detalle y, cuando se posaron en mí, vi ese brillo de asombro. Mi ego se infló, sí, pero no como me hubiese gustado. Quería saborear su sonrisa, disfrutar de estos momentos con ella, pero cobraba fuerza la parte más ruin de mí.

—Leo... —susurró mi nombre, y por esa vez, odié cómo sonaba en sus labios. Demasiado bonito para alguien como yo.

Ella aun sostenía la nota entre los dedos, y yo podía ver cómo el papel temblaba ligeramente en sus manos. Sus ojos, esos que me resultaban tan fácil leer, se quedaron fijos en los míos.

—¿Dos mil colores? —repitió ella con una sonrisa, casi tímida, mientras jugaba con el papel—. Estás muy poeta hoy. ¿A qué viene todo esto?

—Nada —dije, y me sorprendió lo suave que salió mi voz—. Es solo que... quería sorprenderte.

Le aparté un mechón de pelo detrás de la oreja, me encantaba tener ese gesto con ella. Lara cerró los ojos al instante, disfrutando del contacto, totalmente ajena a la guerra que yo tenía por dentro.

—Parece que te estés despidiendo —murmuró ella, medio en broma, medio en serio, abriendo los ojos de nuevo.

Esas palabras me dolieron como una patada en los huevos.

—Al contrario —mentí—. Se podría decir que estoy intentado llegar. Siempre he intentado mantenerme alejado de ti, incluso cuando estaba a tu lado. Solo quiero que esta semana... que este tiempo que pasemos juntos sea no sé... ¿especial?

Ella suspiró y dio un paso más hacia mí, acortando la distancia, apoyando sus manos en mi cintura. Su confianza me estaba matando.

—No necesito esto para saber que lo que tenemos es especial —dijo ella, mirándome con una ternura que me hizo sentir el ser más despreciable del planeta—. Pero no voy a mentir... ¡me gusta este Leo!

La atraje hacia mí y la abracé con todas mis fuerzas, escondiendo mi cara en su cuello para que no pudiera ver mis ojos. Ella me rodeó con sus brazos, relajándose en mi pecho, pensando que este era el inicio de algo precioso. Yo, en cambio, solo podía pensar en que ya me quedaban menos de siete días para reunir las pruebas contra mi padre o para perder ese abrazo para siempre.

—No te voy a soltar —le susurré al oído, más para convencerme a mí mismo que a ella.

—Eso espero —respondió ella con una confianza que me destrozó.

Mientras de fondo Beret cantaba eso de "Yo te quise hacer feliz cuando no tenía alegría", yo la pegué más a mí. Enterré la nariz en su pelo, respirando el olor al perfume que siempre usaba, ese mismo que me volvía loco. Ella colocó sus manos en mi pecho y empezó a moverse al compás de la música.

—Tengo un poco de miedo —comentó en un susurro muy bajo pero que pude escuchar bien.

—¿Miedo? —pregunté apartándome un poco de ella.

—Sí, a que te vayas —tragó saliva y continuó hablando —a qué desaparezcas de mi vida, hace dos días no me soportabas y ahora todo es tan diferente.

—Eso no va a pasar, yo no me pienso ir a ningún lado, y bueno sigo sin soportarte a veces, es que eres muy intensita ¡eh! —ella me dio un puñetazo en el hombro que apenas sentí y me abrazó fuerte, notaba como temblaba entre mis brazos.

—¿Sabes que hago yo cuando tengo miedo?

Ella levantó las cejas en señal de alarma y soltó —Miedo me das.

—Hago que el cuerpo grite más fuerte que la cabeza —le dije, rompiendo la distancia y agarrándole la mano con firmeza—. ¡Vamos!

—¿A dónde? —gritaba mi nombre mientras yo tiraba de ella hacia mi moto sin decirle ni una palabra.

Veinte minutos después, el olor a salitre inundaba nuestras fosas nasales, el viento fresco golpeaba nuestra cara.

—¿La playa? —preguntó Lara, mirando la inmensidad del mar que se iba tiñendo del color naranja característico del atardecer.

—El agua debe de estar a unos diez grados...o menos —dije mientras me quitaba los zapatos y empezaba a desabrochar mi camisa—. No hay mejor forma de olvidar que tienes miedo que sentir que se te para el corazón por el frío. Es un reinicio del sistema.

Lara me miró como si estuviera loco, pero había un brillo de desafío en sus ojos. Se quitó las botas, me imitó y, sin dudarlo más, echamos a correr hacia la orilla.

El primer impacto del agua helada en los tobillos le sacó un grito, pero siguió avanzando de mi mano hasta que el agua nos llegó a la cintura. Lara jadeaba, tiritando y riendo a la vez, con la piel de gallina y los ojos abiertos como platos.




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