Doble L

Capítulo quince

LARA

¿De verdad hay gente que piensa que el paraíso son unas vacaciones en las Maldivas?

Para mí, ahora mismo, el paraíso está en este rincón grasiento del Burger'Cia, con mi bolsa de patatas fritas con mucha sal y mi tarrinita de Nutella para empaparlas en ella.

—Eres un bicho raro, ¿lo sabías? —Leo me miraba con cara de horror mientras yo sumergía una patata frita en el tarro de chocolate.

—Pruébalo y sino ¡shh! —le solté con la boca medio llena, saboreando ese contraste glorioso de dulce y salado.

Él soltó una carcajada, de esas que se le achinan los ojos y negó con la cabeza. Se quedó por un momento apoyado con los codos sobre la mesa, simplemente observándome devorar mi invento culinario.

—¿Qué miras?

—A ti —susurró, inclinándose hacia delante—. ¿Sabes que eres jodidamente especial? Nunca había conocido a alguien como tú.

—Eso es porque soy edición limitada —le dije, sonriendo con la seguridad de quien probablemente tiene los dientes manchados de marrón.

—Estoy completamente de acuerdo en eso —sentenció él sin parar de reír.

Sentí ese calorcito en el pecho, algo nuevo que me hacía sentir inmensamente feliz. Le sonreí como una idiota, con el corazón dando saltos, deseando que todos los momentos que vivía con él se quedaran congelados en mi retina para siempre.

Pero la burbuja estalló en cuanto giramos la esquina de mi calle con su moto.

Incluso antes de que Leo apagara el motor, se escuchaban los gritos. Gritos atravesando las paredes de mi casa. Otra vez. Supongo que la misma pelea de ayer, la de anteayer, la que parecía no tener fin.

Me bajé de la moto sin ganas de entrar en la casa, quitándome el casco lentamente. Leo se quedó en silencio, parecía que estaba intentando escuchar lo que estaban diciendo.

—¿Siguen mal? —preguntó en voz baja.

—Estoy desesperada, Leo —le confesé, y la voz se me quebró, sentía como me temblaban los labios. ¡No por favor, ahora no llores! Me dije para mis adentros—. No puedo más. No sé que les está pasando. Ellos no son así...

Se me escapó una lágrima traicionera que limpié rápido con la yema de mis dedos. Leo se bajó de la moto de un salto y me rodeó con sus brazos. Me hundí en su chaqueta, aspirando el olor a su perfume y fue tan reconfortante que consiguió disipar el nudo que se me había formado en el pecho.

—Tranquila, ricitos —me dijo al oído, apretándome con fuerza contra él—. Todo se acabará arreglando, te lo prometo. Esto es solo una racha de mierda, pero vas a salir de esta. Confía en mí, ¿vale?

Asentí como una tonta, como si él pudiera hacer que los problemas de mis padres desaparecieran. Me aferré a él, agarrada a su cintura, deseando que sus palabras fueran verdad y que, al cruzar la puerta, el silencio volviera a ser el dueño de mi casa.

Entré por la puerta con pies de plomo, esperando encontrar a mis dos personas favoritas escupiendo fuego por la boca, pero lo que encontré fue mucho peor.

Mi madre estaba allí, sentada en el sofá, con la mirada perdida en la televisión apagada y los ojos más rojos que nunca.

—Mamá... ¿qué pasa? —pregunté, con la voz similar a la de una niña asustada.

Ella forzó una sonrisa. Se levantó y me puso las manos en los hombros.

—Nada, hija. A veces las cosas no son lo que parecen, pero no quiero que te preocupes por nada. Ve a tu habitación y descansa, ¿vale?

—Pero, ma... —quise protestar, pero me interrumpió con un beso en la frente, ese gesto tan de madre que en otras ocasiones conseguían relajarme.

—Descansa, Larita —dijo dando por finalizada la conversación.

Subí las escaleras sin ganas. Entré en mi cuarto, cerré la puerta con pestillo y me apoyé contra ella un segundo, suspirando toda la angustia que tenía retenida.

Me moví por la habitación a oscuras, solo iluminada por la lampara diminuta de la mesita de noche. Empecé a quitarme la ropa, tirándola sobre la silla. Estaba en mitad del proceso, justo cuando mis dedos desabrochaban el enganche del sujetador, cuando una voz rompió el silencio de mi habitación.

—Me encantaría que siguieras, pero no sería digno de un caballero.

El corazón me dolió del susto que me di.

—¡Joder! —exclamé en un susurro histérico.

La cortina se movió y Leo salió de detrás, con esa sonrisa de pillo que siempre me desarmaba y el pelo revuelto por el casco.

—¡¿Qué haces aquí, loco?! —le solté, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una mezcla de felicidad y adrenalina—. ¡Casi me da un infarto!

¿Cómo se las había apañado para subir hasta allí sin que nadie lo viera? Pero, sobre todo, ¿por qué su presencia conseguía que mi corazón fuera más rápido ahora que con el susto de antes?

—¿Te creías que te iba a dejar dormir sola esta noche después de verte tan triste? —dijo bajito mientras se acercaba a mí —. No, señorita. ¡Me quedo a dormir contigo!

Me quedé muda. Lo miré a los ojos, buscando alguna señal que me confirmara que estaba bromeando, pero sus ojos verdes brillaban y su mirada era totalmente sincera.

—Si mi padre entra y te ve... —empecé a decir, aunque en realidad me importaba muy poco.

—Pues que mire —me cortó con una sonrisa desafiante, aunque luego me puso una mano en la mejilla, acariciándome con el pulgar—. No pienso dejarte sola.

Leo comenzó a recorrer mi habitación con la mirada. Se detuvo ante el mural de fotos, donde se mezclaban imágenes de cuando yo era pequeña, fotos con mis padres, mezcladas con otras tantas de mis locas amigas.

—Solo conozco a Stella —comentó él sin darse la vuelta—. ¿Y las demás?

—Están estudiando fuera. Todas, literal —respondí, sintiendo una pequeña punzada de nostalgia.

—¿Y tú por qué no?

—No soportaría estar lejos de mis padres. Ni de Málaga... ni de sus atardeceres —confesé, encogiéndome de hombros.

Leo se giró por fin y me clavó la mirada.

—Menos mal que no te fuiste a ningún sitio.




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