Doble salto

1-2

❄️📘 Plan del libro

Género: Drama deportivo, Romance tóxico (Enemies to lovers), Tragedia

Estructura en 15 capítulos:

1. El último recurso

2. El primer hielo

3. Reglas rotas

4. Las cicatrices que no se ven

5. Un ensayo a oscuras

6. El levantamiento prohibido

7. Celos sobre hielo

8. La oferta del diablo

9. Caer para encontrarse

10. La noche antes del nacional

11. El mejor programa de sus vidas

12. La clasificación soñada

13. La llamada que lo cambió todo

14. El último abrazo

15. Patinando sola

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🎭 Epígrafe

“El hielo no perdona. Pero el corazón es peor: guarda el frío para siempre.”

— Anónimo

CAPÍTULO 1: El último recurso

El reloj marcaba las 5:17 de la mañana cuando Mateo Díaz apoyó la cuchilla del patín en el hielo vacío del Centro de Alto Rendimiento. El ruido metálico resonó como un disparo en la penumbra. Era su hora favorita, ese momento en que el mundo todavía no ha despertado para juzgarlo.

Nadie me ve aquí, pensó. Aquí todavía soy el campeón.

Cerró los ojos e inhaló el aire frío que olía a máquina de pulir y a su propio sudor de la noche anterior, cuando había venido solo a ensayar un triple Axel que seguía doliendo. El hombro derecho. Siempre él. Como un exnovio que no acepta la ruptura.

—No es lo mismo patinar solo —dijo una voz desde la grada, rompiendo el silencio como una piedra en un vidrio.

Mateo abrió los ojos. El entrenador Ríos bajaba las escaleras metálicas con su tableta en la mano y esa sonrisa de zorro que Mateo conocía demasiado bien. Llevaba una sudadera negra raída y unas zapatillas que habían visto días mejores. Pero sus ojos, pequeños y brillantes, nunca perdían detalle.

—¿Siempre tienes que aparecer cuando estoy a punto de concentrarme? —gruñó Mateo, iniciando un círculo lento alrededor de la pista.

—Para eso me pagas. Para que no te duermas en los laureles. Aunque tus laureles ya son medio kilo de polvo, ¿eh?

Mateo apretó la mandíbula. En lugar de responder, aceleró y saltó un triple Axel. El giro en el aire fue limpio, la caída sobre la cuchilla derecha pareció firme, pero en el momento del impacto un tirón caliente recorrió su hombro como una descarga eléctrica. Contuvo una mueca. No lo logró del todo.

Ríos silbó bajito.

—Todavía te duele.

—No me duele nada.

—Mientes casi tan bien como patinas. Y patinas muy bien, por eso sigo aquí. Pero no me mientas a mí, Mat. Miente a las entrevistas, a los fans, a tu viejo. Pero conmigo sé honesto: ¿duele?

Mateo se detuvo en seco. El aliento le salía en nubes blancas. Miró al entrenador y, por un segundo, algo se quebró detrás de sus ojos oscuros.

—Duele como puta mierda —admitó en voz baja—. Cada vez que aterrizo siento que el brazo se me va a salir del hombro. Pero si paro, no vuelvo. Y si no vuelvo, ¿qué soy?

Ríos asintió lentamente. No dio palmaditas en la espalda. No dijo “todo va a estar bien”. Eran hombres, y los hombres de su mundo no se consolaban con abrazos sino con hechos.

—Por eso te traje esto.

Giró la tableta. En la pantalla apareció una foto: una chica morena de unos veintipocos, el cabello recogido en un moño tan apretado que parecía estirarle las cejas. Brazos cruzados, mirada que apuntaba directo a la lente como si quisiera prenderle fuego al fotógrafo. Tenía una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda, como una coma mal puesta.

Mateo frunció el ceño.

—¿Luna Castillo?

—La misma.

—La que dejó plantado a Javier Fuentes en el Campeonato Nacional. En vivo. En la tele. ¿Por qué carajo me muestras a esa bomba de tiempo?

—Porque acaba de romper con su tercera pareja. Y porque la Federación cambió las reglas, idiota. ¿No lees los circulares?

Mateo no leía los circulares. Los ignoraba con la misma pasión que ignoraba a los periodistas que pedían entrevistas sobre “su regreso”. Pero Ríos ya estaba explicando, caminando alrededor de él como un tiburón.

—Regla nueva: los patinadores individuales que hayan sufrido lesiones largas o bajas médicas de más de seis meses deben demostrar adaptabilidad en disciplina de pareja durante una temporada completa antes de poder clasificar a los Olímpicos. Si no haces pareja, no vas a Milán. Punto.

Mateo se quedó inmóvil. El hielo crujió bajo sus patines como un chiste de mal gusto.

—¿Esto es una broma?

—Ojalá. La Federación está desesperada por subir el rating. Quieren historias de superación, polémicas, romances, lo que sea. Y tú eres el chico perfecto: el campeón caído que se reinventa con la chica mala. Venderá como pan caliente.

—No voy a patinar con ella —dijo Mateo, y su voz sonó más fría que el hielo—. Prefiero retirarme.

—¿Ah, sí? ¿Y vas a volver con tu padre a vivir? ¿A escucharle decir “te lo dije” todos los días? Porque tu contrato con Deportex se cancela si no compites esta temporada. Y tú debes medio departamento todavía.

El silencio se hizo denso. Mateo apoyó las manos en sus muslos, inclinó la cabeza. El hombro le dolía. La cabeza también.

—¿Por qué aceptaría ella? —preguntó al fin.

—Porque necesita un cuarto de millón de pesos para la operación de su madre. Y tú tienes patrocinadores dispuestos a pagar si te ven en pareja. Además, ella también está contra las cuerdas: si no compite este año, la Federación la retira por falta de resultados.

—¿Qué clase de enfermo diseña estas reglas?

—Bienvenido al deporte profesional, campeón.

Ríos se detuvo frente a él y le tendió la tableta con el perfil de Luna. Había un video: una entrevista vieja donde ella decía “No confío en nadie. El hielo es mi único amigo porque el hielo no se va.”

Mateo sintió un escalofrío que no vino del frío.

—Ya la contacté —siguió Ríos—. Aceptó con condiciones: que pagues el 70% de los gastos y que le firmes un documento donde te comprometes a no abandonarla antes del Campeonato Nacional. Si te retiras, le pagas una indemnización de cien mil.




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