❄️ CAPÍTULO 3: Reglas rotas
(Tres semanas después del primer entrenamiento)
Las 11:15 de la noche. El Centro de Alto Rendimiento estaba vacío y oscuro, salvo por la luz azulada que los focos de emergencia dejaban caer sobre el hielo. Mateo no podía dormir. Otra vez. Desde que empezó a entrenar con Luna, el insomnio se había vuelto más agudo, pero no por la ansiedad de siempre, sino por una nueva clase de inquietud: la imagen de ella cayendo, la presión de sus manos en las caderas de él, el olor a coco y lavanda.
Se había jurado a sí mismo que no se involucraría. Era solo una pareja deportiva. Un contrato. Un medio para volver a los Olímpicos. Pero el contrato no explicaba por qué revisaba el teléfono cada cinco minutos esperando un mensaje de ella, o por qué su hombro dejó de doler cuando Luna lo miraba fijo antes de un levantamiento.
—Esto es estúpido —murmuró para sí mismo, atándose los patines en el banco de madera.
El hielo lo recibió con su crujido familiar. Comenzó a patinar en círculos lentos, sin música, solo el sonido de las cuchillas cortando la superficie. Su respiración formaba nubes blancas. El hombro respondía bien. La cabeza, no.
—¿Siempre entrenas a esta hora o es que no tienes vida social?
La voz llegó desde la puerta del vestuario. Luna apareció con una sudadera enorme, de esas que parecen prestadas, y el pelo suelto cayendo en ondas desordenadas. Tenía ojeras profundas. También llevaba sus patines colgando del hombro.
Mateo frenó en seco.
—¿Qué haces tú aquí?
—Pregunta lo mismo. Vivo aquí, parece. No tengo otro lugar donde ir.
Se sentó en el borde de la pista, se ató los patines con movimientos cansados. Mateo notó que sus manos temblaban un poco. No por frío.
—¿Pasa algo? —preguntó, acercándose.
—No.
—Mientes fatal.
Ella levantó la vista y le lanzó una mirada que era una mezcla de rabia y algo más frágil.
—Mi madre llamó. Quiere que vaya a verla al hospital. La operación es la semana que viene. No sé si… no sé si quiero ir.
Mateo se quedó en silencio. No sabía mucho de la madre de Luna, solo lo que Ríos le había contado: una enfermedad crónica, una operación costosa, y una relación rota desde hacía años.
—¿Por qué no querrías ir? —preguntó con cuidado.
—Porque la última vez que fui, me dijo que era una decepción. Que patinar era una pérdida de tiempo. Que por mi culpa ella no tenía una hija normal.
Las palabras cayeron como piedras en el hielo.
—¿Y tú qué le dijiste? —preguntó Mateo.
Luna se encogió de hombros.
—Nada. Me fui. Y ahora me llama porque necesita dinero para la operación. No me llama a mí. Llama a mi cuenta bancaria.
—¿Por qué pagas tú la operación?
—Porque no tengo a nadie más. Mi padre… bueno, ya sabes. Mi hermano está en el extranjero y no da señales. Soy yo o nadie.
Mateo sintió un nudo en el pecho. Quiso decir algo como “lo siento” o “no estás sola”, pero las palabras se quedaron atascadas en su garganta. En su familia, las emociones se resolvían con silencio o con entrenamiento. Así que hizo lo único que sabía hacer bien.
—Patinemos —dijo, extendiendo una mano.
Luna lo miró extrañada.
—¿Ahora? Son las 11:30 de la noche.
—El hielo no entiende de horas. Y tú necesitas dejar de pensar.
Ella dudó un segundo. Luego tomó su mano. La palma de ella estaba helada; la de él, caliente. El contraste les recorrió el brazo como una pequeña descarga.
—Vamos —dijo Mateo.
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Patinaron en silencio durante unos minutos. Sin coreografía, sin exigencias. Solo el movimiento puro. Luna cerraba los ojos de vez en cuando, y Mateo la guiaba con pequeñas presiones en los dedos.
—Mi abuela me enseñó algo —dijo él de repente—. Cuando no sabes qué hacer, muévete. El cuerpo encuentra respuestas que la cabeza no puede.
—¿Y si el cuerpo está roto?
—Entonces te mueves más despacio. Pero no te detienes.
Luna abrió los ojos y lo miró. Por primera vez desde que se conocieron, su mirada no tenía desprecio ni defensa. Era solo… cansancio. Y gratitud.
—¿Por qué eres amable conmigo? —preguntó—. No ganas nada siendo amable.
—¿Y si no quiero ganar nada?
—Todo el mundo quiere ganar algo.
—A veces solo quiero no estar solo.
La confesión salió antes de que Mateo pudiera detenerla. Se quedó rígido, esperando la burla, el sarcasmo. Pero Luna no se rió. Apretó sus dedos con más fuerza.
—Yo también —susurró.
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Ríos nunca se enteró de esos entrenamientos nocturnos. Se convirtieron en un ritual secreto. Dos o tres veces por semana, a altas horas de la madrugada, se encontraban en la pista vacía. Primero patinaban. Luego se sentaban en las gradas a hablar. Y luego volvían a patinar, pero más cerca, más lentos, como si el tiempo se hubiera detenido solo para ellos.
Una noche, Luna llegó con el labio partido.
Mateo la vio desde lejos y sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Quién fue? —preguntó, y su voz sonó más grave de lo normal.
—Nadie. Me caí.
—Mientes. El labio partido no es de una caída patinando. Es de un golpe seco. Directo. Una mano.
Luna se llevó los dedos al labio, donde la costra roja se veía cruel bajo la luz azul.
—No es asunto tuyo.
—¿Mi pareja de entrenamiento se lastima la cara y no es asunto mío?
—No soy tu pareja en nada. Solo patino contigo por contrato.
—Luna.
Él dijo su nombre en un tono que no era un ruego ni una orden. Era algo intermedio. Algo que pedía permiso para acercarse.
Ella levantó la vista. Sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Ella no lloraba. Nunca.
—Mi padre salió de rehabilitación —dijo al fin—. Vino a casa. Quería “arreglar las cosas”. Pero las cosas no se arreglan con un golpe en la boca.
—¿Te pegó?
—No quiso pegarme. Salió mal. Me estaba agarrando del brazo y yo me solté, y mi labio chocó con el marco de la puerta. Fue un accidente.