Doble salto

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❄️ CAPÍTULO 4: Las cicatrices que no se ven

(Una semana después del primer beso)

El beso no se repitió durante cinco días.

No porque ninguno de los dos quisiera, sino porque el miedo a romper lo que estaban construyendo era más fuerte que las ganas. Entrenaron como autómatas: agarres precisos, miradas fugaces, silencios que pesaban más que cualquier palabra. Ríos notó la tensión, pero la interpretó como concentración.

—Por fin están patinando como pareja —dijo una tarde, mientras anotaba algo en su tableta—. Sigan así y no solo clasifican a los Olímpicos, sino que pelean medalla.

Mateo asintió sin mirar a Luna. Ella tampoco lo miró a él.

Pero esa noche, después de que todos se fueran, los teléfonos de ambos vibraron al mismo tiempo.

Mateo: "Estoy en la pista."

Luna: "Ya sé. Te oigo desde el vestuario."

Mateo: "¿Vas a salir o te quedas escondida?"

Luna: "¿Estás seguro de que quieres que salga?"

Mateo: "No. Pero salí igual."

Un minuto después, Luna apareció en la puerta. Llevaba el pelo suelto y mojado, como si acabara de ducharse, y unas mallas blancas que brillaban bajo la luz azul. No traía patines. Traía una botella de agua y dos barras de cereal.

—No vine a entrenar —dijo, sentándose en las gradas—. Vine a verte a vos.

Mateo patinó hacia ella y se detuvo justo frente a sus rodillas.

—¿Y qué ves?

—A alguien que tiene miedo.

—¿De qué?

—De que esto se rompa. Como todo lo que tocas.

La frase hirió más de lo que ella probablemente pretendía. Mateo apoyó las manos en sus muslos y bajó la cabeza.

—No es lo único que sé romper —murmuró—. También sé construir. Aunque me lleve tiempo.

—Construir qué.

—Confianza.

Luna dejó la botella en el suelo y se inclinó hacia él. Su cara quedó a la altura de la de él, separada por el borde de la pista.

—La confianza no se construye con palabras bonitas —dijo—. Se construye con hechos. Con no irte cuando las cosas se ponen feas. Con no mirar a otra persona cuando la que tenés al lado está rota.

—No miro a nadie más.

—¿Me jurás?

—Te lo juro por el hielo.

Ella extendió la mano y tocó el hombro vendado de Mateo, justo donde la lesión seguía doliendo. Él contuvo la respiración.

—¿Duele? —preguntó ella.

—Siempre duele.

—No me refiero al hombro.

Él levantó la vista. Los ojos de Luna estaban brillantes, pero no había lágrimas. Había una pregunta silenciosa: ¿estás tan roto como yo?

—Duele todo —admitió Mateo—. Duele no haber podido despedirme de mi madre. Duele que mi padre me mire como si fuera un fracaso. Duele patinar solo durante un año, hablando con nadie, tocando a nadie. Duele conocerte y saber que en tres meses esto puede terminar.

—¿Por qué tiene que terminar?

—Porque así funcionan las parejas deportivas. O ganan o se separan.

—¿Y si ganamos?

—Entonces tendremos que decidir si seguimos juntos por el hielo o por nosotros.

Luna se mordió el labio. El gesto era tan íntimo, tan suyo, que Mateo sintió ganas de besarla otra vez. Pero no se movió.

—Tengo miedo —dijo ella, en voz baja—. No al nacional. No a la competencia. Tengo miedo de acostumbrarme a vos. De necesitarte. Y de que un día te despiertes y digas "esto no vale la pena".

—Nunca voy a decir eso.

—No podés saberlo.

—Puedo intentarlo.

---

Esa noche no patinaron. Se sentaron en el borde de la pista, con los pies colgando sobre el hielo, y hablaron hasta que el reloj marcó las 2 de la madrugada. Luna le contó cosas que nunca le había contado a nadie.

Sobre su padre:

—Cuando era chica, me llevaba a patinar los domingos. Era el único día que no bebía. Me agarraba de la mano y patinábamos en círculos. Me decía "vos vas a ser campeona, Luna. Vas a llegar más lejos que yo". Después empezó a beber todos los días. Y los domingos dejaron de existir.

—¿Qué pasó con él? —preguntó Mateo.

—Está vivo. Pero para mí murió el día que me levantó la mano por primera vez. Tenía 9 años. Llegó borracho, yo había dejado un juguete en el piso, tropezó y me abofeteó. Me dijo "mirá lo que hiciste, rompiste todo". Yo no había roto nada. Él ya estaba roto antes de que yo naciera.

Sobre su madre:

—Lo dejó cuando yo tenía 14. Dijo que no podía más. Pero en lugar de llevarme con ella, me dejó con él. "Es tu padre, tenés que aguantarlo". Aguanté tres años más. Hasta que una noche él me tiró por las escaleras. Me rompí la muñeca izquierda. La misma que uso para los giros. Mentí en el hospital: dije que me caí patinando. Nadie preguntó más.

Mateo apretó los puños. La rabia le subió por el pecho como una fiebre.

—¿Nadie te protegió?

—El hielo me protegió. Cuando patino, no pienso en nada de eso. Solo existo yo y el movimiento. Por eso no puedo dejar de patinar. Si dejo, me hundo.

—No te voy a dejar hundir.

—No prometas lo que no sabés si podés cumplir.

—No es una promesa. Es una decisión.

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Mateo también habló. No tanto como ella, pero dijo lo suficiente.

Sobre su madre:

—Se llamaba Clara. Era pianista. Me enseñó a escuchar la música antes de sentirla. Decía que "el ritmo no está en los oídos, está en el pecho". Murió de cáncer cuando yo tenía 12. Mi padre no me dejó ir al entierro. Dijo que tenía entrenamiento. Que "los muertos no necesitan lágrimas, los vivos necesitan medallas". Patiné al día siguiente. Me caí catorce veces.

—¿Lloraste alguna vez por ella? —preguntó Luna.

—No. No sé llorar. Se me olvidó.

—No se olvida. Se entierra. Y un día sale solo.

Sobre su colapso nervioso:

—Fue en la final del Nacional. Estaba ganando por cinco puntos. Faltaban treinta segundos. De repente, no supe quién era. No recordaba mi nombre, no recordaba la coreografía, no recordaba por qué estaba ahí. Empecé a temblar. Me quedé quieto en el centro de la pista, con miles de personas mirándome. Los jueces pararon la música. Me llevaron al hospital. Me diagnosticaron "crisis de ansiedad con despersonalización". Mi padre dijo que era una excusa para no admitir que había perdido.




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