Doble salto

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❄️ CAPÍTULO 5: Un ensayo a oscuras

(Dos semanas antes del Campeonato Nacional)

El cronómetro marcaba las 11:47 p.m. cuando Luna y Mateo entraron a la pista por la puerta trasera, la que Ríos usaba para fumar a escondidas. La llave la había conseguido Mateo después de sobornar al encargado de limpieza con un autógrafo y cincuenta pesos.

—Vamos a terminar expulsados —susurró Luna mientras se ataba los patines en la penumbra.

—Solo si nos descubren.

—Y si nos descubren, nos descalifican. ¿Eso no te importa?

Mateo se detuvo, una cuchilla en cada mano, y la miró fijamente. La luz azul de emergencia le dibujaba sombras en el rostro, afilando sus pómulos, oscureciendo sus ojos.

—Me importa más no fallar el levantamiento en la competencia —dijo—. Y solo vamos a perfeccionarlo si practicamos a escondidas. Ríos nos limita, nos pone condiciones, nos dice "cuidado con esto, cuidado con aquello". Yo no quiero cuidado. Quiero riesgo calculado.

—¿Y si el riesgo no se calcula bien?

—Entonces caemos. Pero caemos juntos.

Luna apretó los cordones del patín izquierdo con más fuerza de la necesaria. Esa frase —caemos juntos— le resonaba en el pecho como un eco de algo que aún no se atrevía a nombrar.

—Está bien —dijo, levantándose—. Pero si me lastimas, te mato.

—Anotado.

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El levantamiento de la discordia

El levantamiento prohibido —ese que Ríos había incluido en la coreografía a pesar de las reglas— era una maniobra casi imposible: Mateo debía levantar a Luna con una sola mano, sostenerla en el aire mientras ella rotaba 180 grados, y luego bajarla en caída controlada mientras él patinaba hacia atrás. Todo en tres segundos.

En el papel, parecía una secuencia más.

En la realidad, era un desafío a la física y a la confianza humana.

—Vamos de nuevo —dijo Mateo, frotándose las manos.

—Llevamos doce intentos.

—El trece es mi número de la suerte.

—Tu número de la suerte debería ser el uno. Porque vas a terminar con un solo brazo si seguimos así.

Mateo rió. Era un sonido raro en él —rara vez reía con soltura—, pero Luna lo había sacado en más de una ocasión. Esa risa, breve y un poco ronca, se le había vuelto adictiva.

—Ven —dijo él, abriendo los brazos.

Luna patinó hacia atrás, cogió impulso y se lanzó. El agarre fue firme: las manos de él en su cadera derecha y su costilla izquierda. La elevación, limpia. El giro, perfecto. Pero al bajar, el patín de Luna enganchó un surco invisible en el hielo y él perdió el equilibrio.

No cayeron.

Por milímetros, por pura inercia y reflejos, Mateo recuperó el centro de gravedad y la sostuvo en el aire un segundo más, el tiempo justo para que ella apoyara los pies con suavidad.

Quedaron frente a frente, respirando agitados. El pecho de él rozaba el de ella. Las manos de él seguían en su cintura. Las manos de ella, en sus hombros.

—Eso estuvo cerca —susurró Luna.

—Demasiado cerca.

—¿Por qué no me soltaste?

—Porque no sé soltar.

La frase colgó entre ellos, pesada y dulce a la vez. Luna tragó saliva. Podía sentir el calor del cuerpo de Mateo a través de las telas finas de sus mallas. Podía oler su perfume —algo amaderado, con un toque de menta— y también el olor a esfuerzo, a músculos tensos, a algo más primitivo.

—Mateo…

—No digas nada.

—Si no digo nada, voy a hacer algo.

—¿Algo malo o algo bueno?

—Algo que no vamos a poder deshacer.

Él inclinó la cabeza. La luz azul le brillaba en los ojos.

—¿Y si no quiero deshacerlo?

Luna cerró los ojos. Sentía el corazón latiéndole en la garganta, en las muñecas, en las plantas de los pies. Todo su cuerpo era un solo pulso que pedía acercarse más, cerrar el espacio, dejar de pensar.

—Tenemos una competencia en dos semanas —dijo, con la voz quebrada.

—Lo sé.

—Si hacemos esto, nos vamos a distraer.

—Ya estamos distraídos.

—Vamos a cometer errores.

—Ya cometemos errores.

—Vamos a querer cosas que no podemos tener.

Mateo acercó su rostro al de ella. No la besó. Rozó su mejilla con la punta de la nariz, bajó hasta su mandíbula, sintió el temblor de su piel.

—¿Quién dice que no podemos tenerlas? —preguntó contra su oído.

Luna soltó un gemido ahogado, un sonido que no sabía que podía hacer. Sus dedos se aferraron a los hombros de él con una fuerza que dejó marcas.

—La Federación —respondió, apenas un hilo de voz—. Los patrocinadores. Tu papá. Mi mamá. Todo el mundo.

—Todo el mundo no está acá. Solo estamos vos y yo.

—Y el hielo.

—El hielo nos vio peor. ¿Viste? Nos tiene paciencia.

Ella rió sin ganas, con los ojos húmedos. Él separó apenas el rostro para mirarla.

—¿Qué querés, Luna? —preguntó en voz baja, seria, sin sarcasmo—. ¿Qué querés de verdad?

—Quiero que esto no termine —dijo ella, y las palabras salieron rotas, sinceras, sin máscara—. Quiero patinar con vos siempre. Quiero que cuando termine la competencia, no desaparezcas. Quiero… quiero que me elijas. Aunque sea un desastre. Aunque no sepa ser querida.

—No tenés que saber. Yo te voy a querer igual.

—No es suficiente.

—Es todo lo que tengo.

—Entonces es suficiente.

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El ensayo que cambió todo

No besaron esa noche. Pero algo cambió. El levantamiento siguiente salió tan perfecto que ambos se quedaron mirando sus propias manos, asombrados.

—¿Viste? —dijo Mateo—. Cuando confías, volás.

—No confío. Confiaba. En pasado.

—¿Y ahora?

Luna se acercó a él lentamente. Puso una mano en su pecho, justo donde latía el corazón.

—Ahora creo que puedo intentarlo.

Él cubrió su mano con la de él.

—Eso es todo lo que pido. Que lo intentes.

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Los días siguientes

Los entrenamientos diurnos se volvieron más intensos. Ríos aumentó las horas, las repeticiones, las exigencias. Pero también notó algo: la sincronización de Mateo y Luna era casi telepática. No necesitaban mirarse para saber dónde estaba el otro. No necesitaban hablar para ajustar un agarre.




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