Doble salto

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❄️ CAPÍTULO 6: El levantamiento prohibido

(Día del Campeonato Nacional – Previo a la actuación)

El vestuario olía a nervios, a cera de patines, a spray muscular y a un miedo que ambos conocían demasiado bien. Luna estaba sentada en el banco de madera, con los auriculares puestos, escuchando la misma canción una y otra vez: un tango oscuro que su madre le había puesto cuando era niña, antes de que todo se rompiera.

Mateo la observaba desde la otra punta del vestuario. Se había puesto el traje de competición —negro, con detalles plateados que brillaban bajo la luz— y parecía otro hombre. Más alto. Más frío. Pero sus ojos, cuando miraban a Luna, se volvían cálidos.

—¿Estás lista? —preguntó, acercándose.

Luna se quitó un auricular.

—No.

—¿Miedo?

—No es miedo. Es… no sé. Como si algo fuera a salir mal.

—¿Tu muñeca?

Ella se llevó la mano izquierda al pecho, sin querer. Llevaba una venda negra debajo de la malla —discreta, casi invisible— pero el dolor seguía ahí. Un dolor sordo, antiguo, que había vuelto la semana anterior después de un entrenamiento especialmente duro.

—Está bien —mintió.

—Luna.

—Te digo que está bien.

Mateo se agachó frente a ella y le tomó la mano vendada con cuidado. La acarició con el pulgar, despacio, como si quisiera borrar el dolor con el contacto.

—Si te duele, paramos. No hay medalla que valga tu muñeca.

—No vamos a parar.

—No quiero que te lastimes para siempre.

—No voy a lastimarme. Vos vas a sostenerme bien.

—Eso seguro. Pero sostenerse no es suficiente si vos misma no confías en tu cuerpo.

Luna retiró la mano, pero no con brusquedad. Con ternura.

—Confío en mi cuerpo. No confío en el azar. El azar es lo único que me asusta.

—El azar no existe. Solo existe lo que entrenamos.

—Entonces entrenamos para ganar.

—Entonces ganamos.

Se quedaron mirándose un segundo. El ruido del público —lejano, amortiguado— llegaba como un rumor de tormenta.

—Besame —dijo Luna de repente.

—¿Ahora?

—Sí. Para tener algo que recordar si todo sale mal.

—Nada va a salir mal.

—Besame igual.

Mateo se inclinó y la besó. Fue un beso corto, casi casto, pero con una intensidad que les recorrió la columna. Cuando se separaron, Luna tenía los labios sonrosados y los ojos brillantes.

—Ahora sí —dijo—. Ahora estoy lista.

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Sobre el hielo

El estadio estaba lleno. Ocho mil personas. Las luces apuntaban al centro de la pista, donde Mateo y Luna esperaban en posición inicial: él de pie, firme como un pilar; ella arrodillada a sus pies, con la cabeza gacha, como una ofrenda.

La música empezó. Un tango de Piazzolla, lento al principio, casi un susurro de bandoneón.

Luna levantó la cabeza. Sus miradas se encontraron. Y el mundo desapareció.

Patinaron como si llevaran décadas haciéndolo juntos. Los pasos secuenciados eran perfectos: los giros sincronizados, los saltos paralelos (un doble salchow que salió más limpio que nunca). El público calló. Solo se oía el corte de las cuchillas en el hielo y la música que crecía, se volvía furiosa, desgarrada.

Llegó el momento del primer levantamiento —el normal, el permitido— y Mateo elevó a Luna con una facilidad que sorprendió incluso a Ríos, que miraba desde las gradas con los puños apretados.

Pero el levantamiento prohibido estaba programado para el final.

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El minuto decisivo

Faltaban cuarenta segundos para terminar.

Luna sentía el corazón latiéndole en la muñeca izquierda —ese dolor sordo, advertencia, amenaza— pero lo ignoró. No podía parar. No iba a parar.

Mateo la miró. Ella asintió.

Él la agarró por la cintura con una mano. La elevó. Luna rotó en el aire —180 grados, 360, el eje perfecto— y quedó suspendida sobre él como una figura de hielo. Las ocho mil personas contuvieron la respiración.

Tres segundos eternos.

Y entonces él la bajó. La caída fue controlada, suave, casi un suspiro. Los patines de Luna tocaron el hielo en silencio.

El público estalló.

Pero Mateo y Luna no oyeron nada. Solo se vieron el uno al otro, los pechos subiendo y bajando, los ojos brillantes.

La música terminó. La coreografía también.

Y en el centro de la pista, frente a ocho mil personas, con las cámaras transmitiendo en vivo, Mateo la besó.

No fue un beso rápido ni discreto. Fue un beso con los ojos cerrados, con las manos en la nuca de ella, con todo el cuerpo inclinado hacia el suyo. Un beso que decía todo lo que habían callado durante meses.

Las ocho mil personas enmudecieron un segundo. Luego, un griterío ensordecedor. Algunos aplaudían. Otros silbaban. Los jueces intercambiaron miradas incómodas.

Ríos se llevó las manos a la cabeza.

—Estos dos me van a matar —murmuró.

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El camerino después de la actuación

La puerta se cerró a sus espaldas y Luna estalló.

—¡¿Qué hiciste?! —gritó, pero sonaba más ahogada que furiosa—. ¡Nos vieron! ¡Las cámaras! ¡La Federación nos va a descalificar!

—No nos van a descalificar —dijo Mateo, todavía sonriendo—. Fue un beso, no una falta técnica.

—¡Es un escándalo! ¿Viste las caras de los jueces?

—Vi tu cara. Y valió la pena.

—¡No valió la pena! ¡Podemos perder todo por un momento estúpido!

Mateo se acercó a ella. Luna intentó dar un paso atrás, pero él la tomó de la muñeca derecha —la sana, la que no dolía— y la atrajo hacia sí.

—No fue estúpido —dijo en voz baja—. Fue lo más sincero que hice en mi vida.

—¿Y si nos descalifican?

—Nos presentamos a la apelación.

—¿Y si no nos la aceptan?

—Entonces patinamos en otro campeonato. O en otro país. O en una pista pública. Me da igual. Mientras sea con vos.

Luna lo miró con los ojos llenos de lágrimas. No de tristeza —o sí, un poco— sino de una emoción tan grande que no cabía en su pecho.




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