❄️ CAPÍTULO 7: Celos sobre hielo (y el peso de la culpa)
(Hospital General – Sala de Terapia Intensiva – 3 a.m.)
El olor a alcohol y medicamentos le recordaba a Luna algo que prefería olvidar: la noche en que se rompió la muñeca. Diez años atrás, otro hospital, otra camilla. Pero entonces era ella la que sangraba. Ahora era su padre.
Mateo la sostenía del brazo mientras caminaban por el pasillo blanco, demasiado blanco, un blanco que dolía en los ojos. Los zapatos de él hacían un ruido seco contra el linóleo. Los pies descalzos de Luna —había salido del hotel sin ponerse zapatos, solo con las sandalias de la habitación— producían un chirrido leve.
—¿Segura que querés entrar? —preguntó Mateo.
—No.
—Entonces no entremos.
—Tengo que entrar. Si no entro y él se muere, voy a cargar con eso el resto de mi vida.
—No es tu responsabilidad.
—Lo sé. Pero igual voy a cargarla.
La puerta de la UCI se abrió con un silbido neumático. Adentro, una cama rodeada de monitores, tubos, una máquina que respiraba por el hombre que alguna vez fue su padre.
Luis Castillo parecía más pequeño de lo que Luna recordaba. Estaba pálido, demacrado, con moretones en la cara que dibujaban un mapa de caídas anteriores. El alcohol le había comido el hígado, las neuronas, la voluntad. Ahora también le había robado la conciencia.
—Está en coma inducido —dijo una enfermera, consultando una tabla—. El derrame cerebral fue extenso. El neurólogo les explicará con detalle, pero… prepárense para lo peor.
Luna asintió sin escuchar. Se acercó a la cama y miró a su padre. La última vez que lo había visto, él le estaba gritando en la calle, borracho, llamándola "fracasada" delante de sus amigos. Ella tenía 19 años. No lo había vuelto a buscar.
Ahora él tenía 57 y parecía de 80.
—Papá —dijo en voz baja, y la palabra le supo a mentira.
El monitor cardiaco pitaba con ritmo lento. El hombre no respondía.
—No sé por qué vine —susurró Luna, más para sí misma que para Mateo.
—Porque sos más fuerte de lo que creés —respondió él, que seguía en la puerta, respetando el espacio.
—¿Fuerte? Mirá cómo terminó. Vengo a despedirme de alguien que nunca me pidió perdón.
—Quizás nunca pudo.
—Todo el mundo puede pedir perdón. No hizo falta porque no quiso.
Mateo se acercó lentamente y le puso una mano en el hombro.
—No estás sola.
—Eso no ayuda.
—Lo sé. Pero es verdad.
Luna se quedó mirando el rostro inerte de su padre. Las arrugas profundas, las ojeras violáceas, las manos callosas que alguna vez la sostuvieron para darle sus primeros pasos sobre hielo. Antes de que el alcohol se llevara todo.
—¿Le digo algo? —preguntó.
—Si querés.
—No sé qué decir.
—Entonces no digas nada. A veces estar es suficiente.
Se quedaron en silencio. Los monitores pitaban. Afuera, la ciudad empezaba a teñirse de azul madrugada.
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La decisión
A las 8 a.m., el neurólogo los recibió en una sala blanca con cuadros de flores que parecían burlarse de la situación.
—El daño cerebral es irreversible —dijo, sin rodeos—. Su padre no volverá a despertar. Podemos mantenerlo con vida artificialmente, pero no hay expectativa de recuperación. Les sugiero considerar la desconexión.
Luna sintió que el piso se abría.
—¿Cuánto tiempo le queda si lo desconectamos?
—Horas, quizás un día. Está muy débil.
—¿Y si lo mantenemos conectado?
—Podría vivir meses. Años, incluso. Pero será un cuerpo sin conciencia. Usted tendrá que decidir si eso es vida.
Mateo apretó la mano de Luna debajo de la mesa. Ella no reaccionó.
—Necesito un momento —dijo.
—Tómese el tiempo que necesite —respondió el médico, y salió.
Solos, Luna apoyó la cabeza en la mesa de plástico blanco.
—No puedo decidir yo sola —dijo, la voz ahogada—. Somos solo yo y mi hermano que vive en el extranjero. Y él no contesta el teléfono.
—¿Qué querés hacer?
—No quiero nada. No quiero que él sufra. Pero tampoco quiero matarlo yo.
—No lo estás matando. El ya está muerto. Solo que su corazón no se enteró.
Luna levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, secos. No había llorado todavía.
—¿Vos qué harías?
Mateo tragó saliva.
—Yo… no pude despedirme de mi madre. Mi padre no me dejó. Me arrepiento todos los días de no haber ido al hospital. Si pudiera volver atrás, la desconectaría yo mismo para que ella no sufriera más. Pero la decisión… la decisión es tuya. Sólo tuya.
—No quiero que sea solo mía.
—Lo sé. Pero lo es.
Luna estuvo en silencio un minuto. Luego se levantó.
—Desconectenlo —dijo con voz firme, aunque las manos le temblaban—. No quiero que siga sufriendo.
El médico asintió. La enfermera preparó los papeles. Luna firmó con la mano izquierda —la derecha seguía doliendo— y la letra le salió torcida, como un adiós tembloroso.
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La espera
Las horas pasaron lentas. Luna se sentó junto a la cama de su padre, con Mateo a su lado. Le tomó la mano al hombre que le había roto la infancia. La mano estaba fría, áspera.
—¿Te acordás cuando me llevabas a patinar los domingos? —dijo en voz baja—. Éramos felices entonces. Después dejaste de ser mi papá para convertirte en… esto. Pero yo igual te esperaba. Todos los domingos me ponía los patines y miraba la puerta por si volvías. No volviste nunca.
El monitor cardiaco pitaba.
—Ahora vuelvo yo —susurró Luna—. Y te digo adiós.
Apoyó la cabeza en el brazo de su padre, sintiendo la última calidez que su piel podía darle. Cerró los ojos. Mateo le acarició el pelo.
A las 2:17 p.m., el corazón de Luis Castillo dejó de latir.
Luna no lloró. No allí. No delante de él.
Se levantó, besó la frente de su padre —fría ya— y salió de la habitación sin mirar atrás.
En el pasillo, se apoyó contra la pared y dejó escapar un gemido ronco, animal, un sonido que no era llanto ni rabia sino algo peor: el vacío.