❄️ CAPÍTULO 8: La oferta del diablo
(Tres días después de la reunión en la Federación)
Mateo no había dormido. Las palabras del director técnico le daban vueltas en la cabeza como cuchillas: "Luna Castillo es un lastre. Usted lo sabe."
No, no lo sabía. No lo creía. Pero el miedo —ese viejo conocido— le susurraba cosas feas al oído. ¿Y si tienen razón? ¿Y si ella nunca se recupera? ¿Y si te estás hundiendo con ella?
Se levantó a las 4 a.m., se vistió a oscuras y fue a la pista. Necesitaba patinar. Necesitaba sentir el hielo bajo los pies, ese lugar donde las preguntas dejaban de tener sentido porque solo existía el movimiento.
Pero cuando llegó, alguien ya estaba allí.
Luna.
Patinaba sola, con la luz azul de emergencia, dando círculos lentos. Llevaba el pelo suelto y una sudadera enorme que le llegaba hasta las rodillas. No usaba vendaje en la muñeca.
—¿Qué haces acá a esta hora? —preguntó Mateo, sorprendido.
—No podía dormir.
—¿Te duele la muñeca?
—Me duele la cabeza. Me duele todo. Pero la muñeca está bien.
—No usás vendaje.
—Porque no duele.
—Mentís.
Ella se detuvo en seco y lo miró. Sus ojos, a la luz azul, parecían dos pozos oscuros.
—Miento, sí —dijo—. Duele. Duele cada vez que giro, cada vez que apoyo la mano en tu hombro, cada vez que aprieto los dedos para agarrarte. Duele siempre. Pero si dejo de patinar, duele más. Así que patino.
Mateo se acercó al borde de la pista, se sentó y empezó a atarse los patines.
—Voy a patinar con vos.
—No tenés que hacerlo.
—Quiero.
—¿No estás cansado de sostenerme?
—No.
—Deberías.
—¿Por qué?
—Porque soy un problema. Siempre lo fui. Mi madre lo decía, mis ex parejas lo decían, la Federación lo debe estar diciendo. Soy el lastre que hunde a todos.
Mateo se quedó inmóvil, un cordón a medio atar en la mano. Esa palabra —lastre— le golpeó como un puñetazo.
—¿Quién te dijo eso? —preguntó, y su voz sonó más cortante de lo que quería.
—Nadie. Lo sé yo.
—No sos un lastre.
—Entonces, ¿por qué todos se van?
—Yo no me voy.
—Todavía.
Mateo terminó de atarse los patines, se levantó y pisó el hielo. Se colocó frente a ella.
—Escuchame bien —dijo, con una intensidad que hizo que Luna diera un paso atrás—. No me voy a ir. No ahora, no mañana, no después de los Olímpicos, no aunque pierdas la muñeca, no aunque te operen, no aunque nunca más puedas patinar. ¿Entendés? No me voy. Así que dejá de decir que sos un problema porque el único problema acá es que no te lo creés.
Luna lo miró con los ojos brillantes. Su labio inferior tembló.
—No seas tan seguro —susurró—. La vida da muchas vueltas.
—Las vueltas las damos juntos.
Ella negó con la cabeza, pero se acercó. Apoyó la frente en su pecho.
—Vas a arrepentirte.
—No me arrepiento de nada que tenga que ver con vos.
—Eso es porque todavía no tuviste que elegir.
Mateo cerró los ojos. La verdad estaba ahí, en el fondo de su garganta, queriendo salir. La Federación me pidió que te dejara. Me ofrecieron los Olímpicos si te abandonaba.
Pero no dijo nada. No pudo.
—Vamos a patinar —dijo en cambio.
Y patinaron. Lentamente. Sin música. Sin levantamientos. Solo el roce de sus cuerpos, la respiración sincopada, el hielo crujiendo bajo sus pies como un corazón que late.
---
Franco
Al día siguiente, durante el entrenamiento diurno, apareció Franco.
El excompañero de Mateo, el individualista engreído, el que había coqueteado con Luna semanas atrás. Llegó con una sonrisa plástica y una bolsa de patines nueva.
—¿Todavía patinando con la lisiada? —preguntó en voz alta, justo cuando Ríos se alejó a atender una llamada.
Mateo apretó los puños. Luna lo agarró del brazo.
—No le hagas caso.
—¿Lisiada? —repitió Mateo, ignorándola—. ¿Qué dijiste?
—Que está lisiada —dijo Franco, encogiéndose de hombros—. La muñeca rota, el papá muerto… Es un cadáver patinando. Y vos te estás hundiendo con ella. Todos lo saben. La Federación te ofreció la salida y no la tomaste. Sos un idiota.
Mateo se abalanzó. Luna no alcanzó a detenerlo. El golpe fue seco, directo a la mandíbula de Franco, que cayó de espaldas sobre el hielo. Salió sangre de su labio partido.
—¡Mateo! —gritó Luna.
Ríos llegó corriendo.
—¿Qué mierda pasó?
—Este imbécil insultó a Luna —dijo Mateo, respirando con dificultad.
Franco se incorporó, tocándose la boca ensangrentada.
—Le dije la verdad. La Federación le ofreció volver al individual si la dejaba. Y él no aceptó. Es un estúpido. Ella es un estorbo.
El silencio cayó como un hacha.
Luna miró a Mateo.
—¿Es verdad?
—Luna, ahora no…
—¿Es verdad que te ofrecieron dejarme?
Mateo bajó la mirada.
—Sí.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—No lo sé.
—¿No lo sabes? ¿O no ibas a decírmelo nunca?
—Iba a decirte… cuando estuvieras mejor. Después del funeral. Después de la operación. No quería…
—¿No querías qué? ¿No querías que supiera que te están ofreciendo mi cabeza en bandeja?
—No es así.
—¿Cómo es entonces?
Mateo levantó la vista. Tenía los ojos rojos, no de lágrimas, sino de desvelo y rabia contenida.
—Me ofrecieron los Olímpicos si te dejaba. Dijeron que tu muñeca no va a llegar, que sos un riesgo, que te operes ahora y listo. Dijeron que puedo encontrar otra pareja. Les dije que no.
—¿Y cuánto tiempo pensaste en ese no?
—Ni un segundo.
—Mentís.
—No miento. Nunca dudé.
—Entonces, ¿por qué no me lo contaste?
—Porque sabía que ibas a reaccionar así. Ibas a decirme que la aceptara. Ibas a intentar sacrificarte por mí. Y no quiero que te sacrifiques. No quiero que te vayas.
Luna se llevó la mano izquierda al pecho. La muñeca le dolía, pero lo que dolía más era el corazón.