Doble salto

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❄️ CAPÍTULO 9: Caer para encontrarse

(Hospital Universitario – Sala de preoperatorio – 8 a.m.)

El día de la cirugía amaneció gris. Un cielo plomizo se asomaba por la ventana de la habitación de Luna, como si el mundo entero estuviera de duelo por lo que estaba por perderse.

Mateo había llegado a las 6 a.m., antes de que la enfermera entrara a ponerle el goteo. Encontró a Luna sentada en la cama, con la bata azul del hospital, el pelo recogido en un moño bajo y la mirada perdida en la pared blanca.

—No dormiste —dijo él, sentándose a su lado.

—Tú tampoco.

—No pude.

—Yo tampoco. Pensé en mil cosas. En mi padre. En mi madre. En vos.

—¿En vos misma?

—Esa fue la que menos pensé.

Mateo le tomó la mano derecha —la sana— y la acarició con el pulgar.

—Tenés que pensar en vos. Es tu cuerpo. Tu muñeca. Tu futuro.

—Mi futuro da miedo.

—¿Por qué?

—Porque no sé si voy a poder patinar igual. No sé si voy a poder agarrarte igual. No sé si después de esto voy a ser la misma.

—No vas a ser la misma. Vas a ser más fuerte.

—¿Y si no?

—Entonces yo te voy a sostener igual. Aunque no puedas levantarme a mí. Aunque solo podamos patinar despacio. Aunque nunca volvamos a una competencia.

—Eso no es justo para vos.

—No me importa la justicia. Me importás vos.

Luna cerró los ojos. Una lágrima se deslizó por su mejilla.

—¿Por qué me querés tanto? —preguntó, con la voz rota.

—Porque sí. Porque cuando te veo patinar, el mundo se detiene. Porque cuando me mirás, siento que no estoy solo. Porque sos la primera persona que me hace querer ser mejor sin pedirme que cambie.

—Eso es muy bonito. Y da mucho miedo.

—El miedo no se va. Se aprende a vivir con él.

—¿Y cómo se hace eso?

—Se aprende patinando. Se aprende cayendo. Se aprende levantándose con la mano del otro.

Luna abrió los ojos y lo miró. Tenía las pestañas húmedas, la nariz rosada, los labios temblorosos. Estaba hecha un desastre. Y a Mateo se le partió el alma en dos.

—Vamos a hacer una cosa —dijo él—. Antes de que te duerman, quiero que me digas algo que nunca me hayas dicho. Algo que te dé vergüenza. Algo que te duela. Algo que sea solo mío.

—¿Para qué?

—Para tenerlo conmigo mientras estés en el quirófano. Para no volverme loco esperando.

Luna dudó un segundo. Luego, con voz apenas audible, dijo:

—Cuando era chica, después de que mi padre me rompiera la muñeca, me quedé mirando el techo del hospital y pedí un deseo. Pedí que alguien viniera a buscarme. Que alguien me sacara de ahí. Que alguien me abrazara y me dijera que todo iba a estar bien. Nadie vino. Pasaron diez años. Y entonces apareciste vos.

—Yo no soy un deseo. Soy real.

—Por eso da más miedo. Los deseos no se van. La gente sí.

—Yo no me voy.

—No podés saberlo.

—Puedo intentarlo.

Luna apoyó la cabeza en su hombro.

—Ahora decime vos algo que nunca me hayas dicho.

Mateo tragó saliva.

—Cuando tuve el colapso nervioso en la final, lo que sentí no fue miedo. Fue alivio. Por fin podía parar. Por fin podía dejar de ser el campeón, el hijo perfecto, el que nunca se queja. Por fin podía caer. Y cuando caí, nadie me levantó. Mi padre me dio la espalda. Mis patrocinadores me abandonaron. El público se fue. Estuve un año solo, Luna. Un año sin tocar a nadie. Sin que nadie me tocara. Y cuando llegaste vos… cuando pusiste tu mano en mi hombro por primera vez… sentí que volvía a la vida.

—¿Y ahora? —preguntó ella.

—Ahora tengo miedo de volver a caer. Pero esta vez no es por la presión. Es por vos.

—¿Yo te hago caer?

—Vos me hacés querer caer. Porque sé que vas a estar abajo para levantarme.

Ella sonrió. Una sonrisa triste, mojada, real.

—Eres un tonto.

—Tu tonto.

—Sí. Mi tonto.

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La operación

A las 9 a.m., la enfermera vino a buscar a Luna.

—Listo —dijo ella, con una calma forzada—. Me llevan.

Mateo se puso de pie.

—¿Puedo acompañarla hasta la puerta?

—Solo hasta la puerta del quirófano.

Caminaron por el pasillo blanco. Luna iba en camilla, con una bata que le quedaba enorme, y la mirada fija en el techo. Mateo caminaba a su lado, sosteniendo su mano derecha.

—¿Vas a estar ahí cuando despierte? —preguntó ella.

—Voy a estar ahí antes de que te duermas. Y cuando abras los ojos, voy a ser lo primero que veas.

—¿Me lo jurás?

—Te lo juro por el hielo.

—El hielo se derrite.

—Yo no.

Llegaron a la puerta del quirófano. La enfermera indicó que Mateo debía quedarse.

—Un beso y nos vamos —dijo la enfermera, sonriendo con ternura.

Mateo se inclinó y besó a Luna en la frente. Luego en la nariz. Luego en los labios. Un beso suave, lento, como si quisiera guardar el sabor de ella para siempre.

—Volvé —susurró contra su boca.

—Voy a volver.

—Prometelo.

—Te lo prometo.

La camilla entró por las puertas batientes. Mateo se quedó mirando cómo se cerraban, con las manos temblando.

Se sentó en el pasillo, apoyó la espalda en la pared, y esperó.

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Las horas más largas

La cirugía duró cuatro horas.

Mateo no se movió de la silla de plástico del pasillo. Revisó el teléfono cien veces. Leyó noticias viejas. Miró videos de Luna patinando en YouTube, esos que ella odiaba porque decía que "se veía torpe". A él le parecía la persona más elegante del mundo.

A las 11:30, Ríos le escribió:

"¿Cómo va?"

Mateo respondió:

"Sigue en el quirófano. Yo acá."

"No te olvides de comer."

"No tengo hambre."

"Comé igual. Ella te necesita entero."

Mateo no comió.

A la 1:15 p.m., el cirujano salió. Tenía la mascarilla colgando del cuello y los guantes manchados de sangre seca.

—¿Familia de Luna Castillo?

—Yo —dijo Mateo, levantándose—. Soy su… su pareja. Deportiva. Y personal.




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