Doble salto

10

❄️ CAPÍTULO 10: La noche antes del nacional

(Tres meses después de la cirugía – Centro de Alto Rendimiento – 11 p.m.)

La pista estaba vacía y oscura, como en aquellas noches de entrenamientos secretos. Pero ahora no había secretos. Solo una verdad que ninguno de los dos quería pronunciar.

Luna llevaba tres meses en rehabilitación. La muñeca izquierda respondía bien —los médicos estaban sorprendidos—, pero aún no podía hacer levantamientos completos. Solo pasos básicos. Solo patinar suave. Solo mirar a Mateo desde la distancia mientras él entrenaba con Ríos, preparándose para los Olímpicos en individual.

Porque al final, Mateo había aceptado.

No la oferta de abandonarla. Eso jamás.

Pero había aceptado que Luna no iba a llegar a tiempo. Habían hablado largamente, llorado juntos, y tomado la decisión más dolorosa de sus vidas: él competiría en individual en los Olímpicos. Ella se quedaría, se recuperaría, y tal vez —tal vez— se reencontrarían después.

Esa noche, la víspera del Campeonato Nacional (su última competencia juntos antes de que él se fuera al individual), se encontraron en la pista vacía.

—¿Estás lista? —preguntó Mateo, atándose los patines.

—No.

—Yo tampoco.

—Pero vamos a hacerlo igual.

—Como siempre.

Se miraron. Sonrieron. Y el corazón de ambos se rompió un poquito más.

---

El último ensayo

Decidieron patinar su programa de pareja por última vez. El tango. El levantamiento prohibido. Todo.

Ríos no estaba. No había nadie. Solo ellos dos, el hielo, y la música que sonaba desde el teléfono de Mateo.

Empezaron despacio. Los primeros pasos fueron torpes, como si sus cuerpos hubieran olvidado la sincronía. Pero pronto encontraron el ritmo. La respiración se sincopó. Las miradas se encontraron.

Luna sintió la muñeca izquierda protestar, pero ignoró el dolor. No iba a detenerse. No esa noche.

Llegó el momento del primer levantamiento. Mateo la agarró por la cintura con una mano —la derecha, la fuerte— y la elevó. Luna rotó en el aire, sintiéndose liviana, ingrávida, como si el hielo no existiera.

Al bajar, sus caras quedaron a centímetros de distancia.

—Te quiero —susurró él.

—Yo también —respondió ella.

Siguieron patinando. El levantamiento prohibido —ese que tantas caídas les había costado— salió perfecto. Luna giró en el aire, Mateo la sostuvo con una mano, y el tiempo se detuvo por un segundo eterno.

Cuando terminaron, estaban sin aliento, con las frentes apoyadas.

—Eso fue… —empezó Luna.

—Perfecto —completó Mateo.

—Nunca lo habíamos hecho tan bien.

—Porque sabíamos que era la última vez.

—No digas eso.

—Es la verdad.

Luna apartó la frente y lo miró a los ojos. Los de él estaban rojos, brillantes.

—¿Vas a llorar? —preguntó ella.

—No sé llorar.

—Yo te enseño.

—No quiero aprender.

—Algún día vas a tener que hacerlo.

—Ese día no es hoy.

Mateo la abrazó con fuerza. Luna apoyó la cabeza en su pecho y escuchó los latidos de su corazón. Rápidos. Desordenados. Como los de un animal herido.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella en un hilo de voz.

—Vamos a competir mañana. Vamos a dar todo. Vamos a ganar. Y después… después cada uno sigue su camino.

—No quiero seguir mi camino sin vos.

—Yo tampoco. Pero la vida no pregunta lo que queremos.

—La vida es una mierda.

—A veces. Pero a veces también es esto.

Y señaló el hielo, las luces, las sombras. Todo lo que habían construido.

---

La conversación en las gradas

Se sentaron en las gradas, con los patines aún puestos, las piernas colgando sobre el hielo. Compartieron una botella de agua y unas galletas que Luna había traído en la mochila.

—¿Te acordás cuando nos odiábamos? —preguntó Luna.

—Te odiaba a vos. Vos me odiabas a mí.

—Sí. Fue hermoso.

—¿Hermoso?

—Más fácil que esto. El odio es simple. El amor es complicado.

—El amor duele más.

—Pero también es más real.

Mateo le tomó la mano derecha —la sana— y la besó.

—¿Vas a estar bien? —preguntó.

—Voy a estar bien. Con el tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Un año. Dos. Quizás nunca.

—No digas nunca.

—Es una posibilidad. Como todas.

—Yo voy a esperarte.

—No me esperes.

—Voy a esperarte igual.

—Sos terco.

—Vos más.

—No, vos.

—Vos.

Se rieron, pero la risa sonó a vidrio roto.

---

La confesión

Luna apoyó la cabeza en el hombro de Mateo.

—Necesito decirte algo —dijo, con voz baja—. Algo que nunca te dije.

—Dime.

—Cuando mi padre murió, sentí alivio. Alivio de que ya no me pudiera hacer más daño. Alivio de que no iba a tener que verlo nunca más. Alivio de que por fin estaba libre. Y después sentí culpa. Mucha culpa. Porque no se supone que una hija se sienta aliviada cuando muere su padre. Pero yo sí. Y eso me hace sentir una monstruo.

Mateo la abrazó más fuerte.

—No sos un monstruo. Sos una persona que sufrió. Y el alivio no es malo. Es supervivencia.

—¿Vos también sentiste alivio cuando murió tu madre?

—No. No pude despedirme. No me dejaron. Eso fue peor. Preferiría haber sentido alivio. Habría sido más fácil.

—Nada es fácil.

—No. Pero estamos acá.

—¿Y para qué estamos acá? ¿Para sufrir?

—Estamos acá para patinar. Para amar. Para rompernos. Para recomponernos. Para todo eso.

—Suena agotador.

—Lo es. Pero vale la pena.

Luna levantó la cabeza y lo miró.

—¿Vale la pena aunque sepamos que esto va a terminar?

—Todo termina, Luna. El amor, la vida, el hielo. Pero mientras dura, vale la pena.

—Eres un poeta.

—Soy un patinador que se enamoró de su compañera. Y ahora tiene que dejarla ir.

—No me dejes ir. Dejame ir con vos.

—No puedo. Vos tenés que recuperarte. Yo tengo que competir. Son caminos distintos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.