Doble salto

11

❄️ CAPÍTULO 11: El mejor programa de sus vidas

(Campeonato Nacional – Día de la final – Pista Principal)

El estadio vibraba. Ocho mil personas. Banderas, carteles, flashes. La transmisión en vivo llegaba a treinta países. Pero Mateo y Luna no veían nada de eso.

Estaban en el centro de la pista, tomados de la mano, esperando la música.

—Pase lo que pase —susurró Mateo—, quiero que sepas que esto ha sido lo mejor de mi vida.

—No digas eso. Parece una despedida.

—Lo es. En cierto modo.

—Hoy no nos despedimos. Hoy ganamos.

—Hoy ganamos —repitió él.

Se miraron a los ojos. Sonrieron. Y la música empezó.

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El tango

Era una versión desgarradora de Libertango, de Piazzolla, pero más lenta, más oscura. Un violín lloraba mientras un bandoneón susurraba.

Luna y Mateo empezaron a patinar como si el mundo no existiera.

Los primeros pasos fueron suaves, casi un susurro sobre el hielo. Las cuchillas apenas cortaban la superficie. El público enmudeció. Solo se oía la música y el roce de los patines.

Luego, el ritmo se aceleró.

Un doble salto paralelo. Perfecto. Sincronizado al milímetro.

Un giro combinado. Los dos girando como trompos, él con los brazos cruzados, ella con una pierna elevada.

Las ocho mil personas contuvieron la respiración.

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El levantamiento

Llegó el primer levantamiento —el normal, el permitido— y Mateo elevó a Luna con una fluidez que parecía imposible. Ella se extendió en el aire como una flecha, su cabello suelto formando un abanico negro.

Al bajar, sus caras quedaron cerca.

—Te quiero —murmuró él, tan bajo que solo ella lo oyó.

—Yo también —respondió ella.

Siguieron. La secuencia de pasos era una coreografía de furia y ternura. Él la perseguía, ella lo esquivaba, volvían a encontrarse. Un tango de amor y odio, de deseo y despedida.

El público empezó a aplaudir a destiempo, algunos de pie.

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El levantamiento prohibido

Faltaban cuarenta segundos.

Mateo miró a Luna. Ella asintió.

Él la agarró por la cintura con una sola mano —la derecha, la fuerte— y la elevó. Luna rotó en el aire: 180 grados, 360, el eje perfecto. Quedó suspendida sobre él como una estatua de hielo.

Un segundo. Dos. Tres.

El estadio entero contuvo el aliento.

Entonces él la bajó. La caída fue tan suave que parecía una pluma posándose. Los patines de Luna tocaron el hielo en absoluto silencio.

La música terminó.

El público estalló.

Pero Mateo y Luna no oyeron nada. Solo se vieron el uno al otro, con los pechos subiendo y bajando, las mejillas encendidas, los ojos brillantes.

Él la besó.

No fue un beso rápido ni discreto. Fue un beso con los ojos cerrados, con las manos en la nuca de ella, con todo el cuerpo inclinado hacia el suyo. Un beso que decía todo lo que habían callado durante meses.

Las ocho mil personas vitorearon. Los jueces sonrieron a medias. Las cámaras enfocaron el beso como si fuera el final de una película.

Y en cierto modo, lo era.

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La puntuación

Cuando las calificaciones aparecieron en la pantalla gigante, el estadio rugió.

Puntuación total: 158.34

La más alta en la historia del campeonato. Récord nacional.

Luna se llevó las manos a la boca. Mateo la alzó en vilo —con las dos manos, esta vez— y la hizo girar.

—¡Lo logramos! —gritó él.

—¡Lo logramos! —gritó ella.

Pero mientras celebraban, algo se quebró dentro de Luna. Porque sabía que ese era el final. Que después de esto, él se iría a los Olímpicos. Y ella se quedaría.

—No llores —dijo Mateo, notando sus ojos húmedos.

—Son lágrimas de felicidad.

—Mentira.

—Un poco de mentira. Pero también de felicidad.

Él la abrazó con fuerza.

—Te quiero.

—Yo también. Siempre.

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El podio

Subieron al primer escalón, con las medallas de oro colgando del cuello. El himno sonó. Las banderas subieron.

Luna miraba la bandera con los ojos perdidos.

—¿En qué pensás? —preguntó Mateo.

—En que mi padre nunca me vio ganar. Y mi madre tampoco va a verme.

—Yo te veo. Y voy a seguir viéndote, aunque estemos lejos.

—¿Lejos?

—Los Olímpicos son en otro país. Vos te quedás acá a rehabilitarte.

—¿Y después?

—Después… después vemos.

—Siempre "después". Nunca "ahora".

—El ahora es esto. Medallas, abrazos, besos en la pista. El ahora es perfecto.

—¿Y el mañana?

—El mañana no existe.

Luna sonrió con tristeza.

—Eres un cobarde.

—No. Solo estoy tratando de no romperme delante de ocho mil personas.

Ella le apretó la mano.

—Rompete. Yo te sostengo.

—No acá. Después.

—Siempre después.

Se rieron. Pero los dos sabían que después de aquella noche, nada volvería a ser igual.

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La noche posterior

En el hotel, después de las entrevistas, después de las fotos, después de las llamadas de felicitación (la madre de Luna no llamó; el padre de Mateo dijo "bien, pero los Olímpicos son lo que importa"), se quedaron solos en la habitación de Mateo.

Luna estaba sentada en la cama, con la muñeca izquierda vendada (el esfuerzo había pasado factura), y el vestido de gala que se había puesto para la cena de campeones. Mateo llevaba traje negro y corbata deshecha.

—Bailamos —dijo él, extendiendo la mano.

—¿Acá? ¿Sin música?

—Siempre hay música.

Puso su teléfono a sonar un bolero viejo, de esos que su abuela le cantaba. Luna se levantó y apoyó las manos en sus hombros. Él la rodeó con los brazos.

Bailaron despacio, en círculos pequeños, alrededor de la cama.

—¿Te acordás la primera vez que bailamos tango? —preguntó Luna.

—En la pista, de noche, con las luces azules.

—Me temblaban las piernas.

—Yo también.

—Mentiroso. Vos nunca temblás.

—Temblé. Y tiemblo ahora.




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