❄️ CAPÍTULO 12: La clasificación soñada (y el inicio del fin)
(Dos meses después del Nacional – Aeropuerto Internacional)
El aeropuerto olía a café quemado, a plástico nuevo y a despedidas. Mateo estaba solo en la fila de embarque, con su bolso de patines al hombro y la mirada perdida en el cristal de la terminal.
Luna no había ido a despedirlo.
—No sirvo para las despedidas —le había dicho por teléfono la noche anterior—. Prefiero quedarme acá. Patinar. No pensar.
—¿No vas a venir a verme competir? —preguntó él, aunque ya sabía la respuesta.
—Te voy a ver por televisión. Como todo el mundo.
—No sos todo el mundo.
—Lo sé. Por eso duele más.
La llamada había terminado mal. Él había dicho "te quiero" y ella había respondido "cuídate". No era lo mismo.
Ahora, en el aeropuerto, Mateo revisó el teléfono por centésima vez. No había mensajes nuevos. Solo un "buen viaje" enviado a las 6 a.m., antes de que ella se fuera a entrenar.
Respondió:
"Llegué bien. Te extraño."
Ella leyó el mensaje una hora después, entre ejercicio y ejercicio de rehabilitación, y no respondió. No porque no quisiera. Porque si respondía, iba a llorar. Y si lloraba, la muñeca le dolía más. Y si la muñeca le dolía, pensaba en él. Y si pensaba en él, no podía concentrarse.
Así que guardó el teléfono y siguió haciendo los malditos ejercicios con la banda elástica.
---
La villa olímpica
La villa olímpica era un pequeño mundo de hormigón y banderas. Atletas de todos los países caminaban por los pasillos con chándales de colores, auriculares puestos, caras de concentración o de aburrimiento.
Mateo compartía habitación con un saltador de pértiga argentino que hablaba demasiado y roncaba. No le importaba. Solo necesitaba un lugar para dormir y una pista para entrenar.
Pero la pista no era la misma. El hielo era más duro, el aire más seco, las luces más frías. Y no estaba Luna.
El primer entrenamiento fue un desastre.
Falló un triple Axel que llevaba clavando desde los doce años. Ríos, que lo había acompañado como entrenador personal, lo miró con el ceño fruncido.
—Estás distraído.
—No.
—Estás pensando en ella.
—Dije que no.
—Me mientes a mí y te mientes a ti. Y el hielo lo nota.
Mateo apretó la mandíbula.
—Dame cinco minutos.
Se sentó en las gradas, apoyó la cabeza en las manos y respiró hondo. Cerró los ojos. Imaginó a Luna a su lado, con su mano en su hombro, susurrando "concéntrate". Pero no estaba.
Cuando volvió a la pista, el triple Axel salió perfecto. Pero el vacío no se llenó.
---
Luna en rehabilitación
El centro de rehabilitación quedaba a veinte minutos del Centro de Alto Rendimiento. Luna iba todos los días a las 8 a.m., después de una hora de patinaje suave.
La fisioterapeuta se llamaba Carla, tenía treinta y cinco años, manos firmes y una paciencia de monja.
—Flexión —decía Carla.
Luna flexionaba la muñeca. El dolor era un cuchillo caliente.
—Extensión.
Luna extendía. Los dedos le temblaban.
—Otra vez.
—No puedo.
—Podés. Hacelo por él.
—No hago nada por él. Hago por mí.
—Entonces hacelo por vos.
Luna apretaba los dientes y lo hacía. Pero cada vez que el dolor la vencía, pensaba en Mateo. Y eso la hacía más fuerte y más débil al mismo tiempo.
---
Las llamadas
Se llamaban cada dos o tres días. Las conversaciones eran cortas, incómodas, llenas de silencios que antes no existían.
—¿Cómo estás? —preguntaba él.
—Bien. La muñeca responde.
—¿Duele?
—Un poco.
—¿Cuánto es un poco?
—Lo normal.
—¿Y patinás?
—Todos los días. Suave.
—¿Viste mi clasificación?
—La vi. Estuviste impecable.
—Gracias. Ojalá estuvieras acá.
—Yo también. Pero no puedo.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Vas a venir a la final? —preguntaba él, aunque sabía la respuesta.
—No puedo. El médico dice que no debo viajar. La muñeca necesita estabilidad.
—Podrías venir igual. Yo te cuido.
—No es tu responsabilidad cuidarme.
—Quiero que lo sea.
—No se puede todo, Mateo.
—¿Por qué no?
—Porque la vida no es una coreografía. No podemos controlar cada paso.
—Podemos intentarlo.
—Ya lo intentamos. Y ahora estás allá y yo acá.
El silencio volvía, más pesado.
—Te quiero —decía él.
—Yo también —decía ella.
Y colgaban con el corazón encogido.
---
El dolor oculto
Luna no le contó que la muñeca le dolía más de lo que admitía. Que por las noches se despertaba con punzadas que le recorrían el brazo hasta el codo. Que la última resonancia había mostrado una pequeña señal de infección en el hueso, y que los médicos estaban ajustando los antibióticos.
No le contó porque no quería preocuparlo. Él tenía que concentrarse en los Olímpicos. No podía distraerse con sus problemas.
—¿Estás segura de que no quieres que vaya? —le preguntó Carla un día, mientras le aplicaba ultrasonido.
—Segura. Él necesita esto más que yo.
—¿Y tú qué necesitas?
—Necesito que él gane. Así todo este dolor tendrá sentido.
Carla la miró con tristeza.
—El dolor no necesita tener sentido. Solo necesita curarse.
—Si no tiene sentido, ¿para qué duele?
—Para recordarte que estás viva.
Luna no respondió. Pero esa noche, cuando llegó a su departamento vacío, se sentó en el suelo de la ducha y lloró hasta que el agua se enfrió.
---
La semifinal
Mateo clasificó a la final olímpica con el tercer mejor puntaje. No era el líder, pero estaba cerca. Los periodistas lo acribillaron a preguntas.
—¿Cómo te sientes?
—Bien.
—¿Extrañas a tu antigua compañera?
—Es mi compañera. No "antigua".
—¿Vendrá a verte?
—No.
—¿Por qué?
—Por razones personales.
—¿Hay romance entre ustedes?