Doble salto

13

❄️ CAPÍTULO 13: La llamada que lo cambió todo

(Villa Olímpica – Habitación de Mateo – 2:17 a.m.)

El silencio de la madrugada era absoluto. Mateo estaba despierto, como llevaba tres noches seguidas. La final olímpica era en menos de doce horas. Su cuerpo necesitaba descanso, pero su mente no se lo permitía.

Había intentado todo: respirar profundo, contar ovejas, escuchar música relajante. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía a Luna. No sonriendo. Llorando.

Algo andaba mal. Lo sabía desde hacía días. Las respuestas de ella eran cortantes, evasivas. Las llamadas se interrumpían con excusas: "me duele la cabeza", "estoy cansada", "hablamos mañana". Pero el mañana nunca llegaba.

El teléfono vibró sobre la mesa de luz.

Mateo lo miró. Las 2:18 a.m. Era un número que no conocía. Prefijo de su país.

—¿Dígame?

—¿Mateo Díaz? —una voz femenina, profesional, pero con un dejo de urgencia—. Habla la licenciada Carla Fernández, fisioterapeuta de Luna Castillo.

Mateo se sentó en la cama de golpe. El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué pasa? ¿Le pasó algo a Luna?

—Luna está bien. Quiero decir, está estable. Pero hay una situación que usted debe saber. Ella no quería que la contactara, pero como profesional…

—Dígame. Por favor.

Carla respiró hondo.

—La infección en la muñeca de Luna no remitió con los antibióticos. El hueso está comprometido. El cirujano le recomendó una segunda cirugía urgente. Si no se hace, el riesgo de amputación es alto.

Mateo sintió que el mundo se detenía.

—¿Amputación? —repitió, con la voz rota.

—Es un escenario extremo, pero existe. La cirugía está programada para mañana a las 10 a.m. Hora de acá. Luna no quería decirle para no distraerlo antes de la final.

—¿Mañana? ¿Pero mañana yo…?

—Lo sé. Por eso llamé. Usted tiene que decidir.

—Decidir ¿qué?

—Si quiere venir. O si quiere competir.

Mateo apoyó la cabeza en la pared. El frío del azulejo le quemaba la nuca.

—¿Ella… ella va a perder la mano si no la operan?

—Es una posibilidad. No es segura, pero es real.

—¿Por qué no me lo dijo?

—Porque la conozco. Es terca. No quería arruinarle los Olímpicos.

—Los Olímpicos no son nada si ella…

La voz se le quebró. No pudo terminar la frase.

—Lo sé —dijo Carla, con suavidad—. Por eso llamé. Usted tiene que saber la verdad. Lo que haga con ella… es su decisión.

—¿Dónde está ella ahora?

—En el hospital. Durmiendo. Le dieron sedantes para la ansiedad.

—¿Puedo hablar con ella?

—Está inconsciente. Pero puede venir. Si sale ahora, toma un vuelo de emergencia y llega a tiempo para la cirugía.

—¿Y la final?

—La final es a las 8 p.m. hora de acá. Usted no llegaría.

El silencio se hizo eterno.

—Gracias por llamar —dijo Mateo, al fin.

—Cuídela. Ella lo necesita.

Colgaron.

Mateo se quedó sentado en la cama, con el teléfono en la mano, mirando la oscuridad. El reloj marcaba las 2:23 a.m.

Doce horas para la final. Ocho horas para el vuelo. Una decisión.

---

La noche interminable

No durmió. Se levantó, caminó al baño, se miró al espejo. Tenía ojeras moradas, la barba crecida, los ojos vidriosos. No se reconocía.

Pensó en todo lo que había sacrificado para llegar hasta allí. Los años de entrenamiento, el hombro roto, el colapso nervioso, la rehabilitación, las noches sin dormir. Todo para este momento. La final olímpica. La gloria.

Pero también pensó en Luna. En su mano derecha —la única sana— sosteniendo la suya. En sus ojos cuando decía "te quiero". En su miedo al abandono. En su cuerpo frágil sobre la camilla del hospital.

"Si no se opera, puede perder la mano."

La frase le daba vueltas como un cuchillo.

Sacó el teléfono y marcó el número de Ríos. Sonó cinco veces. No contestó.

Llamó otra vez. A la tercera, el entrenador atendió con voz ronca.

—¿Mat? ¿Qué pasa? Son las 3 de la mañana.

—Necesito que me consigas un vuelo a casa. Ahora.

—¿Qué? ¿La final? ¿Estás loco?

—Luna está en el hospital. Le van a amputar la mano si no la operan mañana.

El silencio del otro lado fue brutal.

—¿Amputar?

—Infección en el hueso. No remitió. Tengo que ir.

—¿Y los Olímpicos?

—No importan.

—Mat, pensalo. Es tu sueño. Toda tu vida…

—Toda mi vida no es nada sin ella. Conseguime el vuelo. Por favor.

Ríos suspiró. Largo. Hondo.

—Voy a ver qué puedo hacer. Pero si te vas, perdés la final. Te descalifican. No hay segunda oportunidad.

—Lo sé.

—¿Y si ella se recupera? ¿Si la operación sale bien y vos perdiste la medalla al pedo?

—Entonces perdí la medalla. Pero gané estar con ella.

—No es racional.

—El amor no es racional.

Ríos se quedó en silencio unos segundos.

—Está bien. Voy a llamar a la Federación. Pero no prometo nada.

—Gracias.

—No me agradezcas. Ojalá no te arrepientas.

—Nunca me voy a arrepentir de elegirla.

Colgaron.

Mateo empezó a hacer la maleta.

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El amanecer en la villa olímpica

A las 6 a.m., el sol apenas empezaba a teñir el cielo cuando Mateo salió de la habitación. El saltador de pértiga argentino estaba desayunando en la cocinita y lo miró con sorpresa.

—¿Vas a entrenar tan temprano?

—Me voy.

—¿A dónde?

—A casa. Emergencia familiar.

—¿Y la final?

—No voy a llegar.

El argentino dejó la taza de café en la mesa.

—¿Estás seguro? Es una locura.

—Es amor. Las dos cosas a veces son lo mismo.

No dio más explicaciones. Salió al pasillo, caminó hacia la salida, y antes de llegar a la puerta, su teléfono vibró.

Ríos.

—Tengo el vuelo. Sale a las 9 a.m. Llegás a las 2 p.m. hora local. La cirugía es a las 10 a.m., así que no vas a llegar antes. Pero vas a llegar.

—¿Pueden retrasar la cirugía?




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