❄️ CAPÍTULO 14: El último abrazo
(Tres semanas después de la cirugía – Centro de Rehabilitación)
Luna había mejorado. La herida cicatrizaba bien, la infección había remitido, y los médicos confiaban en que no habría necesidad de amputación. Pero la movilidad de la muñeca izquierda seguía siendo muy limitada. No podía girar la mano por completo. No podía apoyar su peso en ella. No podía, sobre todo, agarrar a Mateo.
Él la acompañaba a todas las sesiones de rehabilitación. Se sentaba en una esquina de la sala, mirando cómo ella flexionaba y extendía los dedos con esfuerzo, cómo apretaba los dientes para no gritar, cómo a veces lloraba en silencio.
—No tienes que estar aquí —le decía ella—. Deberías estar entrenando.
—Estoy entrenando. Contigo.
—No es lo mismo.
—Es mejor.
Mentía. No era mejor. Era más duro. Verla sufrir cada día le partía el alma. Pero no podía dejarla sola. No otra vez.
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El intento de volver al hielo
Un mes después, el médico autorizó a Luna a patinar suavemente. Sin levantamientos, sin giros bruscos, solo pasos básicos.
—Si duele, paras —dijo el cirujano, con el dedo en alto.
—Si duele, lloro y sigo —respondió Luna.
Mateo la acompañó a la pista del Centro de Alto Rendimiento. La misma pista donde se habían conocido. La misma donde habían tenido su primer beso. La misma donde habían ganado el Nacional.
Luna se ató los patines con dificultad —la mano izquierda apenas podía tirar de los cordones—, y se puso de pie. El hielo la recibió con su crujido familiar.
Patinó despacio. Una vuelta. Otra. El brazo izquierdo colgaba a su lado, casi inútil. No podía extenderlo con gracia. No podía levantar la mano por encima de la cabeza. No podía hacer nada de lo que antes hacía con naturalidad.
Se detuvo en el centro de la pista y miró sus manos. La derecha, sana. La izquierda, vendada, rígida, casi ajena.
—No voy a poder hacer levantamientos nunca más —dijo, con voz plana.
—Vamos a adaptar la coreografía —respondió Mateo, patinando hacia ella.
—No es solo eso. No voy a poder patinar en pareja. No al nivel que necesitas.
—No necesito ningún nivel. Necesito que estés bien.
—Estar bien no es patinar mal.
—Estar bien es estar viva.
Luna negó con la cabeza. Se sentó en el hielo, sin importarle el frío, y apoyó la cabeza en las rodillas.
—Me quiero morir —susurró.
Mateo se arrodilló a su lado.
—No digas eso.
—Es verdad. No quiero vivir si no puedo patinar como antes.
—Vas a patinar como puedas. Y yo voy a patinar con vos.
—No es suficiente.
—Es todo lo que tengo para darte.
Luna levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos, la nariz rosada, las mejillas húmedas.
—Te quiero —dijo—. Pero a veces querer no alcanza.
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La decisión de Luna
Esa noche, Luna no durmió. Dio vueltas en la cama, mirando el techo, pensando. Mateo estaba en el sofá de su pequeño departamento —se había quedado a cuidarla, como todas las noches— y roncaba suavemente.
Ella lo observó a la luz de la luna. Su rostro cansado, las ojeras profundas, el hombro que seguía doliéndole y que él nunca mencionaba. Estaba sacrificando todo por ella. Su carrera, su salud, su futuro.
Yo soy su lastre, pensó. La Federación tenía razón.
A las 4 de la madrugada, tomó una decisión.
Se levantó en silencio, fue a la cocina, y escribió una carta. La dejó sobre la mesa, junto a las llaves del departamento.
Luego cogió su bolsa de patines, se vistió con ropa de abrigo, y salió a la calle. El aire frío le pegó en la cara como una bofetada.
Caminó hasta la pista del Centro de Alto Rendimiento. La puerta trasera estaba abierta —siempre la dejaban así para el personal de limpieza— y entró.
Patines puestos. Hielo vacío. Soledad.
Comenzó a patinar.
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La carta
Mateo despertó a las 7 a.m. con el frío de la cama vacía. Se incorporó, buscó a Luna con la mirada, y vio la carta sobre la mesa.
La abrió con manos temblorosas.
"Mateo:
Cuando leas esto, yo ya no voy a estar. No me busques. No voy a volver. Al menos por un tiempo.
Te fuiste de los Olímpicos por mí. Perdiste tu sueño por mí. Arriesgaste tu carrera por mí. Y yo te lo agradezco, pero no puedo vivir con eso.
Cada vez que me miras, veo en tus ojos la sombra de lo que perdiste. Cada vez que me ayudas a ponerme los patines, siento que te estoy arrancando un pedazo de vida. No quiero ser eso. No quiero ser tu carga.
Necesito aprender a patinar sola. Necesito aprender a ser yo sin ti. No porque no te quiera. Te quiero más que a nada. Sino porque te quiero demasiado para seguir destruyéndote.
Vuelve a los Olímpicos. Pelea tu medalla. Demuestra que eres el mejor. Y cuando hayas ganado, si aún quieres buscarme, tal vez yo esté lista.
Te quiero. Siempre.
Luna"
Mateo leyó la carta tres veces. Luego la dejó caer, cogió su chaqueta y salió corriendo.
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La búsqueda
Fue a la pista. Vacía.
Al departamento de ella. Vacío.
Al hospital. No la habían visto.
Llamó a Carla, a Ríos, a los pocos amigos que Luna tenía. Nadie sabía nada.
A las 10 a.m., Ríos le envió un mensaje:
"Hablé con la Federación. Luna pidió una licencia indefinida. Dice que no va a volver a competir. Nadie sabe dónde está."
Mateo se sentó en el borde de la pista donde se habían conocido. Apoyó la cabeza en las manos y, por primera vez en años, lloró.
No lloró en silencio. Lloró a gritos, con el cuerpo sacudido por hipos, con las lágrimas congelándose en sus mejillas. Lloró por ella, por él, por todo lo que habían perdido.
El hielo no respondió. Nunca lo hacía.
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Los días sin ella
Las semanas siguientes fueron un pozo negro. Mateo volvió a entrenar en individual, porque no sabía hacer otra cosa. Pero patinaba como autómata, sin alma, sin alegría.