❄️ CAPÍTULO 15: Patinando sola
Epílogo (final trágico)
(Dos años después – Una pista pública al aire libre – Invierno)
El hielo nunca la había traicionado.
Luna apoyó la cuchilla del patín en la superficie congelada del lago. No era una pista profesional. Solo un espejo de agua dura, rodeado de árboles desnudos y un cielo gris que amenazaba nieve.
Ya no entrenaba en el Centro de Alto Rendimiento. Ya no respondía mensajes. Ya no tenía teléfono.
Se había ido. Sin aviso. Sin despedida. Una mañana, Mateo despertó y ella ya no estaba. Solo una nota:
"No me busques. Te quiero demasiado para seguir destruyéndote."
Él la buscó. Durante meses. Contrató detectives, recorrió hospitales, revisó registros. Nada.
Ella había borrado su rastro. Como si nunca hubiera existido.
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El reencuentro
Él la encontró por casualidad. Un amigo de un amigo le dijo: "Creo que vi a Luna en un pueblito del sur. Patina sola en un lago congelado."
Mateo viajó doce horas en autobús. Llegó al pueblo al amanecer. Caminó hasta el lago.
Y allí estaba ella.
Patinaba despacio, con un abrigo gris y una bufanda roja. La mano izquierda colgaba a su lado, inútil. La derecha trazaba círculos en el aire.
No había música. Solo el viento.
Se quedó en la orilla, sin atreverse a pisar el hielo. La observó durante un minuto, dos, diez.
Ella no lo vio. O fingió no verlo.
Finalmente, él habló.
—Luna.
Ella se detuvo. No se dio la vuelta.
—Te dije que no me buscaras.
—No te busqué. Te encontré.
—Es lo mismo.
—No. Nunca fue lo mismo.
Ella se giró lentamente. Tenía el pelo más largo, más gris en las sienes. Las ojeras profundas. Los ojos vacíos.
—Mírame —dijo ella—. Mírame bien. ¿Esto es lo que querías encontrar?
—Quería encontrarte a ti.
—Ya no soy yo.
—Sigues siendo tú.
—No. Me fui. Me perdí. Y no quiero que me encuentres.
—¿Por qué?
—Porque duele. Todo duele. Patinar duele. Verte duele. Respirar duele. Y yo no quiero seguir doliendo.
Mateo pisó el hielo. Caminó hacia ella con pasos lentos.
—Entonces dejemos de doler juntos.
—No se puede.
—Se puede intentar.
—Ya lo intentamos. Y terminé acá. Sola. En un lago. Con una mano que no sirve y un corazón que se rompió tantas veces que ya no sabe cómo latir.
Él llegó hasta ella. Extendió la mano.
—Dame la tuya.
—No tengo mano para darte.
—Dame la que te queda.
Luna miró su mano derecha. La levantó, temblorosa. La puso sobre la de él.
Él la sostuvo con cuidado.
—¿Duele? —preguntó.
—Siempre duele.
—Entonces nos duele juntos.
—No quiero que sufras por mí.
—Ya no es por ti. Es por nosotros.
Ella negó con la cabeza. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas congeladas.
—No hay nosotros, Mateo. Lo maté. Lo enterré en el quirófano junto con mi mano.
—¿Y lo que sientes ahora?
—Es el recuerdo de algo que fue. No es real.
—Es real. Yo lo siento.
—Entonces sientes solo.
Le soltó la mano. Dio un paso atrás.
—Vete —dijo—. Por favor. Vuelve a tu mundo. Gana medallas. Olvídame.
—No puedo olvidarte.
—Vas a tener que aprender. Así como yo aprendí a patinar sola.
Patinó hacia el centro del lago. Se detuvo bajo el cielo gris.
—Adiós, Mateo.
—No digas adiós.
—Es lo único que me queda.
Comenzó a patinar. Una coreografía lenta, sin música, sin público. Solo ella y el hielo.
Él se quedó en la orilla, viéndola. Sabía que si pisaba el hielo de nuevo, ella se iría más lejos. Sabía que no podía alcanzarla. No porque el hielo fuera frágil, sino porque ella lo había decidido.
Patinó durante mucho rato. Cuando terminó, él seguía allí.
Se miraron a través de la distancia. Ella levantó la mano derecha en un saludo. Él levantó la suya.
Luego ella se dio la vuelta y patinó hacia el otro extremo del lago, hacia los árboles, hacia la nada.
Mateo la vio desaparecer entre la niebla.
No la volvió a ver nunca.
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Años después
Mateo ganó el oro en los siguientes Olímpicos. Dedicó la medalla a "alguien que me enseñó a caer y a levantarme".
Los periodistas preguntaron quién era. Él no respondió.
En su casa, en una repisa, guardaba un par de patines viejos. Los de ella. Los había encontrado en el departamento vacío, junto a una carta que nunca terminó de leer del todo.
La carta decía:
"Si algún día lees esto, significa que ya no estoy. No en el sentido dramático. Solo no estoy para ti. No soy la persona que necesitas. Soy la que te lastima sin querer. Soy la que te frena. Soy la que te hace perder sueños.
Te quiero. Por eso me voy.
Patina por los dos. Yo ya no tengo fuerzas."
Mateo guardó la carta en la caja fuerte. Nunca la mostró a nadie.
Pero todas las mañanas, antes de entrenar, iba a una pista vacía y patinaba en círculos lentos, como si ella estuviera a su lado.
El hielo crujía bajo sus pies.
Y por un segundo, solo un segundo, él cerraba los ojos y la sentía.
Pero al abrirlos, estaba solo.
Siempre solo.
Fin trágico
(Para los que pidieron llorar: aquí está. Ella eligió la soledad para no dañarlo. Él eligió recordarla para no olvidar. El hielo los unió y los separó. Y el amor, ese maldito amor, no fue suficiente.)