VOLVERTE A VER
---
CAPITULO: 3.1
---
---
Insiste.
Su perfume insiste en quedarse.
No solo en mi mente: el objetivo es mi corazón.
¿Qué me está pasando?
Me estaba conmoviendo.
La llamé.
Sí, tomé la decisión de llamarla.
Decisión fortuita, en tiempo y forma.
María Eugenia, emocionada,
me dice:
—Sabía que me ibas a llamar.
—Sí,
—te iba a llamar… y te llamé..
—¿Cómo estás?
—Muy bien, muy bien… con ganas de verte.—Sí, mi intuición no me falló.
—Yo también tengo ganas de verte.En este instante quisiera verte.
Y me responde, subiendo la apuesta:
—Yo también quiero verte ya.
—¿Ya?
—Sí, ya. Ahora, en este instante.¿Por qué no?
—Es verdad… ¿por qué no.
—Bueno, hoy te paso a buscar a la noche.
—¿Vas a venir a buscarme?
—Sí. Quiero volver a verte, sentirte. ¿Está mal?
—No, para nada. Estaba pensando lo mismo.Que lo de anoche no quería que termine nunca.
—Yo siento lo mismo.
Le digo.
—A la noche te paso a buscar.
—Te espero
—me dice.
Una sonrisa se dibujó en mi cara.
La emoción brotaba por mis poros.
El deseo empezaba a convertirse en pasión.En ese momento no me venía nada a la cabeza.
No sabía qué pensar, qué escribir, qué decir. Cuando me entregué, me puse a disposición de mi corazón y dije: ¿por qué no?.
Sin titubear dije: vamos por todo.
Llegué.
No hizo falta tocar el timbre.
Ya estaba en la puerta.
Apenas me acerqué, me abordó con un beso y un abrazo intenso, apasionado.
El trayecto se volvió irrelevante; no importaba el rumbo sino la cercanía.
El mundo seguía girando, pero para nosotros había bajado la velocidad.
Su mano en la mía era una confirmación silenciosa: no hacía falta decir nada más.
El lugar apareció sin ser buscado. No era especial; lo hicimos especial.
Bastó cruzar una puerta para que el aire cambiara.
La noche quedó afuera y adentro quedó lo nuestro, todavía sin nombre, pero ya reconocido.
Nos miramos como se miran los que saben que están entrando en algo que no se controla.
No hubo promesas.
No hubo planes.
Hubo piel, respiración compartida y esa ternura intensa que no necesita permiso.
El tiempo dejó de contar.
El deseo ya no pedía: habitaba.
Y en ese silencio lleno entendí que no todo lo que empieza necesita saber a dónde va.Solo necesita empezar.
Y nosotros…
ya habíamos empezado.