Cuando el viento volvió a calmarse, la princesa ya no era la misma.
No porque hubiera cambiado de mundo, sino porque había aprendido a habitarlo de otra manera.
Comprendió que no todo portal se cruza con los pies, ni toda transformación deja huellas visibles. Algunas suceden en silencio, en el espacio exacto donde lo insinuado pesa más que lo dicho. Allí donde la pasión se vuelve pausa y el deseo aprende a escuchar.
El mundo que había descubierto no le ofrecía certezas, sino elecciones. Y en esa libertad encontró su verdadera fortaleza: saber hasta dónde llegar, cuándo avanzar y cuándo detenerse.
La brisa seguía allí, recordándole que lo sutil no es frágil, sino profundo.
Que lo elegante no necesita mostrarse para existir.
Y que toda doble vida no es contradicción, sino equilibrio.
Porque a veces, lo eterno no se grita.
Simplemente permanece.