Doce asesinos en un tren hacia el infierno

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CAPTURADO
Un día cualquiera en el centro de la ciudad, similar a los anteriores y a los
que vendrán. El boulevard ya está repleto de gente que se dirige hacia la
avenida principal, dos esquinas más abajo. Frondosos árboles protegen a la
gente del sol del trópico. Dos hombres caminan juntos mientras esquivan a
vendedores ambulantes. El color que domina es el rojo de las baldosas,
mugrientas y agrietadas en su mayoría.
- Es que tú hablas mucho – dijo el más joven.
- No. Lo que pasa es que tú entiendes poco – respodió el más viejo.
El joven torció la boca, ofendido.
- Ya vas a empezar. No te la voy a comprar, aunque recites de memoria la
enciclopedia del vendedor próspero.
El hombre maduro le echó un vistazo rápido. Le provocó sonreír pero se
contuvo. No se la iba a poner tan fácil. Mientras afinaba su estrategia, tuvo
tiempo de apreciar un cambio inusual en el clima, digamos aún más, en la
atmósfera. ¿Una tormenta eléctrica? Quizás era sólo percepción, él era un
fabulador. Todo a su tiempo, primero iba a tirar de nuevo el anzuelo, a ver
que picaba.
- Eres un burro.
El joven cerró los ojos y apretó los dientes, mientras se lamentaba de las
compañías que se conseguía en la vida.
- Es una colección de lujo, papá. Doce tomos. Están todos los genios y
mesías silenciados por la historia oficial. Nicolás Tesla, Edgar Cayce, el gran
Hermes Trismegisto. Y todos los datos históricos falseados por el poder.

¿Sabías que Cristóbal Colón vino tres veces a América antes del
descubrimiento oficial?
El viejo veía al joven con los ojos pelados. Intimidaba.
- Vas a acceder al conocimiento verdadero y de paso me sacas del foso.
- Ve a ver si empiezas a respetar es lo que es.
La estrategia de venta no iba para ningún lado. El más viejo quería
serenarse, desde que se había levantado de la cama sentía algo extraño.
¿Un presentimiento? No era momento de fantasear. Tenía que enfocarse en
lo concreto.
- Está bien. Te rebajo el diez por ciento.
- No.
Una ráfaga de viento se llevó la paciencia del viejo en un segundo.
- ¿Pero qué clase de fan de los libros alternativos eres tú, por la madre de
Dios? He aguantado tu aguaje ¿Por cuantos años, cinco? “No sabe cuánto
le agradezco, este es mi lugar favorito, no me deje por fuera, porqué no abrió
ayer”
- Ahora tengo que explicar porqué tengo buenos modales...
- Y te tengo éste negocio de ganar, ganar, y te me pones materialista.
- Tú lo que necesitas es una mujer... no me cansaré de repetirlo. Te estás
poniendo viejo y tonto. Y solo.
Golpe noble. El hombre maduro volteó con expresión de peleador callejero.
- Epa. Esa si no. Mejor no vengas hoy al kiosko. Ni mañana...
- Señor, actualícese. Soy su socio...
- Aspirante.
- ...desde hace más de un año y aun me quiere vender libros.
- No cualquier colección... ¡La verdad revelada! ¡Y me sacas de un apuro!
- Dios, al fin llegamos.
Al fondo aparecía con toda su modestia un puesto de venta de libros usados.
Sin embargo, tenía su Qué. Algo en los discretos colores, en el techo bajo y
en la disposición de los libros generaba un visto bueno casi automático. Pero
nunca llegaron. De golpe, el hombre de los bolsillos vacíos arrugó la cara y
entrecerró los ojos. El cielo blanco empezó a restallar en relámpagos naranja
y a parpadear enloquecido.
- ¡Uoh...!
Trastabilló. El fan -socio se acercó rápidamente, asustado.
- ¿Señor, pasa algo? ¿Señor?
- Qué tú no respetas...los buenos libr...
El naranja y el blanco estallaron definitivamente con un latigazo que lo
desapareció todo.
...
- Señor, su boleto
Un vagón de tren. En marcha. El Librero, ahora un pasajero, espabila
sorprendido. Un elegante sujeto aguarda.
- ¿Cómo?
- Su boleto, señor.
El Librero se frota los ojos y sacude la cabeza. Otros pasajeros lo
acompañan en el elegante y confortable vagón. Se endereza en su asiento
y mira al Encargado. Éste le devuelve la mirada con algo de impaciencia y
le muestra exageradamente la mano. El Librero se chequea los bolsillos,
toca algo que llama su atención y saca un boleto. Lo ve. Sale su nombre y
un destino: El Infierno.
- ¿Me lo entrega, si es tan amable?
El Librero sonríe, sarcástico. El Encargado lo mira fijo, intenso. El Librero ve
tinieblas en sus ojos, un brillo plateado y metálico en sus pupilas. Precavido,
entrega el boleto. El Encargado recobra sus buenos modales.
- Gracias, señor.
El atildado sujeto, que pronuncia las palabras con un dejo francés, prosigue
su labor. El Librero, cada vez más enfocado, inspecciona el lugar: lujoso
amoblado, accesorios metálicos pulidos. Techo alto, amplio, cromado y con
remaches, la empresa ferroviaria había contratado a un diseñador
pretencioso. Viaje ejecutivo. Igual hubiese preferido haber sido notificado
antes del embarque. El Encargado está pidiendo el boleto al siguiente
pasajero.
- ¿No había un uniforme actualizado, “viejito”?
Un insolente. No deja de tener razón, el Encargado viste un uniforme de
aspecto antañón. Hace juego con él, parece estar cerca de los setenta años.
El comentario no lo inmutó. Volvió a hacer su gesto de impaciencia y exigió
el boleto al confianzudo, un joven adulto de unos veinticinco años, pálido y
de facciones perfiladas. Tiene un cuidado copete y va vestido de riguroso
negro, con una fina franela manga larga de cuello tortuga. Está sonriente.
No tiene ganas de reír, pero claramente se nota la curva hacía arriba de su
boca delgada. Va a medio camino entre guasón y galán.
- ¿Tráeme unos cigarrillos, quieres?
El joven se registró los bolsillos y sacó un billete, le sorprendió poseer ese
dinero. Se lo ofreció al Encargado. En un instante, el billete desapareció
consumido por un discreto fuego. El joven sacudió la mano, molesto.
- ¡Hijo de puta!
La cara del Encargado no reflejó ninguna emoción. Una incipiente llama
apareció en la manga de la franela del joven. Éste respingó asustado, se
buscó el boleto con la otra mano y lo entregó. La llama desapareció. Sólo el
Librero había visto el truco de feria. El Encargado, solemne, caminó unos
cuantos pasos por el pasillo del vagón y se dirigió al siguiente pasajero.
- Esto tiene que ser una vieja y legendaria broma del doctor Attenbourg.
¿Le puede decir al doctor que nos acompañe?
Habló una mujer cercana a los cincuenta. Porta un vestido discreto pero
elegante, lentes y pelo negro suelto sobre los hombros. De piel blanca y aun
firme, muestra una mirada franca.
- O quizás somos parte de un experimento. Le voy a dar un amable halón
de orejas al doctor por usarme de ratón de laboratorio. El es tan histriónico.
Ha debido ser director de teatro o novelista y no científico.
- No es un teatro, señora. Estamos muertas y vamos rumbo al infierno.
Revise cuales son sus méritos para ser pasajera de este tren...
Quien responde en vez del Encargado es una joven rubia, extremadamente
flaca, desgarbada, de ojos amarillentos, expresión triste y actitud nerviosa.
- Tiene mal aspecto, señorita. Hasta diría que está necesitada de un
calmante. ¿Es amiga del doctor Attenbourg?
- ¿Le puede aclarar a la señora que no hay ningún doctor Attenbourg? – le
dijo la Desgarbada al Encargado - ¿Qué lo que se avecina es crujir de
dientes y padecimiento?
- Los boletos, si son tan amables.
- ¿Vamos al infierno, verdad? Aquí lo dice.
La Desgarbada enseñó el boleto como prueba. El Encargado respondió
afirmativamente con la cabeza. La señora elegante, escéptica, entregó su
boleto. La Desgarbada hizo lo mismo.
El Librero estiraba el cuello todo lo que podía, ya espabilado y deseoso de
captarlo todo. Era la primera vez que se montaba en un tren. Y vaya
circunstancia. La forma cilíndrica del vagón le llamó la atención. Parecía que
a la menor inclinación todos iban a dar vueltas como fichas de un bingo. Sin
embargo la disposición de los asientos era confortable y había suficiente
espacio entre los pasajeros. Demasiado espacio. La sensación que sentía
era de estar en un vagón hipertrofiado. El tren debía ser muy grande.
También había unas pantallas, tres en total. No hacían juego con la
decoración, demasiado modernas. La única falla del diseñador. ¿Qué
películas podían pasar en un viaje como éste?
El joven insolente, más galán que guasón, se notaba inquieto. Miraba a las
dos mujeres, desesperado por decir algo.
- ¿Esto será un viaje de horas o de días? ¿No será que estamos en el
Purgatorio?
Las mujeres no reaccionaron.
- ¿Se imaginan? El legendario purgatorio es sólo un aburrido y laaaargo
viaje en tren. Estaremos siglos aquí metidos, comiendo bocadillos y viendo
por las ventanas. Mejor hagámonos amigos y busquemos algo divertido que
hacer. Fundemos un club. ¿Qué tal?
La Desgarbada decidió sonreír sin ganas, condescendiente. Mientras era
testigo curioso de la conversación, El Librero se llevó las manos a la barbilla
y se la frotó indelicadamente. Era un gesto que sus más allegados notaban
siempre. Los más allegados, cómo si hubiese muchos. Lo más cerca de un
familiar que tenía era su socio, el joven tacaño que no le compraba la
colección de libros alternativos. Ahora iba a tener que atender el kiosco él
solo, pensó el Librero. ¿Ya daba por hecho la nueva realidad? Un tren rumbo
al infierno. No era fácil validar tal premisa.
- Estamos atrapados.
El Librero salió de su introspección. Le hablaba un hombre pálido, de cabello
marrón y abundante, peinado hacia atrás. ¿Le había leído el pensamiento?
Lucía también bigote y barba espesa, aunque arreglada. Su nariz era
pronunciada y tenía ojos pequeños y juntos. ¿Europeo, balcánico? No pudo
dar respuesta a su conjetura.
- Digo que estamos atrapados.
El Librero reaccionó y chequeó la estructura del vagón. También sintió una
vibración muy discreta, la única prueba de que el tren iba en marcha.
- Las ventanas son de vidrio reforzado, y no hay salidas de emergencia –
explicó el Barbudo.
El Librero siguió observando todo el interior del vagón.
- Allá hay una puerta.
- Da a otro vagón.
- Algo es algo.
- Estamos atrapados – repitió testarudo el Barbudo.
El Librero lo vio unos segundos antes de continuar.
- ¿Cómo llegó usted aquí?
El Barbudo lo miró sin pestañear. Una mirada neutra. El Librero no se dejó
intimidar. Esperó tranquilo.
- Irrelevante. Tenemos que pensar en cómo salir.
- Necesitamos información.
- Sí. Pero no esa información. Debemos precisar que objetos pueden servir
como armas. Eso es información relevante. Quienes de aquí son buenos
combatientes. Quien es nuestro adversario.
- No me refería a eso...
El Barbudo se enderezó en su asiento, vio hacia adelante y dio por finalizada
la conversación. El Librero quedó cortado. Pretencioso este tipo – pensó -
¿Quién será? Sintió otro leve movimiento del tren. Recordó los ultra-rápidos
europeos que había visto en folletos y en la televisión. ¿Serían tan lujosos,
brillantes y perfectos como éste? No. Tampoco contaban con una vista así.
Afuera, exuberantes carreteras llenas de vehículos flanqueaban el tren y
copaban el paisaje. Por ellas transitaban grandes transportes de pasajeros,
autobuses cromados que restallaban en brillos. Todos repletos de gente.
Más pasajeros hacia el infierno. Un río lleno de pecadores que terminaría
inexorablemente en un mar de fuego. El Librero arrugó el rostro, era uno de
esos peces con el destino escrito y sin derecho a protesto. También notó
una perspectiva distorsionada del paisaje, una convergencia extrema hacia
un horizonte diminuto. En su pensamiento apareció una portada de libro: La
teoría del diseño inteligente de... no recordaba al autor.
Vio incrédulo a sus acompañantes, le pareció peculiar que no se interesaran
en el exterior. ¿Serían muy distintos a él? ¿Qué hacía él allí? El Librero hizo
un gesto de impotencia. El Galán insistía en ser el centro de atracción.
- Que mal servicio el de este tren... me provoca un bocadillo...
- No puedes tener hambre – dijo la Desgarbada – ya estamos excentos de
apetencias humanas.
- ¿Y usted como sabe eso? – dijo la dama elegante, escrutadora. No
obtuvo respuesta.
- ¿Me puedo sentar contigo? - El Galán le habló a la Desgarbada, mostró
francas sus cartas – ¿Por favor? Hagamos un poco más amable este viaje
al patíbulo.
Sin esperar respuesta de la chica, el joven se paró de su asiento y se acercó.
Estuvo a punto de sentarse, pero la Desgarbada puso la mano en el asiento.
Le movió el dedo en la cara, en señal de negativa. El Galán asumió una
postura teatral de niño regañado. Lo intentó con la señora elegante. Corrió
la misma suerte.
- Aprovechen ahora que estoy en oferta, luego me van a tener que rogar.
Ambas mujeres lo dejaron hacer la suya pero no cedieron. El Galán
chequeaba cualquier debilidad en ellas. A la distancia, el Librero intentaba
comprender el buen ánimo del hombre en tan desafortunadas circunstancias.
- ¿Usted está aquí por pecado de lujuria?
La frase iba dirigida al Galán. Provenía de un pasajero del tren hasta ahora
desconocido. El Librero no podía ver su rostro, pero si su mano, que
mostraba un gran anillo de oro con un grabado. El Librero sonrió a medias.
El Galán, histriónico, miró a su interlocutor.
- ¿Me hablas a mi, viejito?
- Respeto, joven. Respeto. Sólo busco información, cómo supongo que
intentamos todos. Es sólo una pregunta.
- Búscate a otro, ¿sí? Y te aconsejo que pienses mejor tus preguntas, mira
que si me hubieses agarrado con otro humor...oye, que no sé...
El Librero no perdía detalle de los gestos del Galán. El cruce de miradas con
el del anillo le quitó la falsa sonrisa de la cara. Algo en el hombre oculto le
hacía perder la compostura.
- Es oficial... - el Galán subió el tono de voz – no me gusta este tipo.
Atención, chicas, tenemos a un hipócrita entre nosotros... era de esperarse,
rumbo al infierno... habría que revisar la lista de invitados a este crucero.
- Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar
la brizna del ojo de tu hermano – soltó el anillado.
- “Touché” – dijo la elegante.
La Desgarbada sonrió, también se puso de parte del desconocido. El Galán
parecía analizar la posibilidad de ser más respetuoso. Su respuesta fue una
ráfaga:
- La diferencia entre un arma de repetición rusa y una israelí estriba en el
peso y la capacidad para recargar munición...
El Barbudo maleducado se interesó ipsofacto, giró la cabeza con rapidez
hacia el Galán.
- ... en el caso de la AK-47 expele sus doscientos cartuchos sin trabarse
jamás, mientras que la UZI es algo más lenta pero su peso la hace una
delicia en operaciones de asalto – concluyó el Galán con actitud de
conferencista. El del anillo arrugó la cara, confundido.
- Usted saca sus saberes y yo los míos. El ojo por ojo, seguro la ha
escuchado.
- ¿Es usted soldado? – preguntó la dama elegante.
El Barbudo esperó con interés la respuesta.
- Campeón mundial de Counter Striker por internet. ¿No lo ha jugado?
El del anillo negó con la cabeza, reprobatorio. Optó por desentenderse del
Galán, no iba a malgastar su tiempo con cualquiera. El Barbudo también se
sintió decepcionado. Este Galán no tenía ni un pelo de guerrero.
- ¿Está usted aquí por pederasta?
El rostro del hombre del anillo se deformó en una mueca de indignación, se
levantó con toda la energía que logró conseguir. El Librero confirmó lo que
había supuesto: el hombre era un sacerdote. Un Obispo. Su sotana negra
con botones púrpura y faralaos en los hombros constituían una
extravagancia en aquel lugar. También llevaba el respectivo gorrito. La
pregunta la formulaba una circunspecta y atractiva mujer de rasgos
mediterráneos, de unos treinta años. Destacaban sus negros y hermosos
ojos. Su mirada era penetrante. Su actitud, enigmática.
- Irrespetuosa, grosera, ¿Cómo se atreve?
La mujer veía al Obispo con tranquilidad pasmosa.
- Ese es el espíritu – dijo el Galán - Debes darle clase a las demás mujeres
de este tren – el hombre vio apenas a las otras damas, éstas se hicieron las
desentendidas - ¿Tienes cigarrillos?
La mujer no le hizo caso, observaba imperturbable la expresión rabiosa del
Obispo.
- Le pido disculpas. No quise ofenderlo, me pareció que dadas las
circunstancias, podíamos ser totalmente francos acerca de lo que nos trajo
hasta acá.
- Confiese, eminencia – aprovechó para agregar el Galán.
El religioso estaba a punto de estallar de tan rojo. El Librero tuvo tiempo de
detallarlo más. Era flaco, alto y muy blanco. Su pelo seguía siendo
mayoritariamente negro, aunque podía apostar a que tenía más de sesenta.
Se veía muy vital. El Galán y la enigmática veían al Obispo; uno irreverente,
la otra inmutable. El religioso cerró los ojos y unió sus manos.
- En verdes pastos descansaré, y nada temeré. Tu vara y tu cayado me
acompañarán. . .
- ¡Tiene que ser broma! – dijo el Galán, con expresión aburrida. El Obispo
lo dedicó una mirada intensa mientras decidía que responder, parecía a
punto de agregar otra solemnidad.
- Hijo de puta – terminó por decir el Obispo. El Galán sonrió feliz.
- ¡Ese es el espíritu! ¡Mostremos francas las barajas, eminencia!
El Encargado se apareció ante ellos, con su imperturbable actitud.
- ¿Puedo hablar con su superior? – dijo el Obispo, mientras le entregaba
su boleto.
- Créame, eminencia, le conviene más tratar conmigo – respondió el
Encargado. Era una picardía. La enigmática soltó una risotada inesperada,
los demás la vieron con recelo.
- ¿Aquí también hay superiores? – dijo un hombre rubio, de ojos azules y
corte militar. El Librero apreciaba desde su sitio parte de su chaqueta azul
de lona y una franela blanca. El rubio miró directamente al Obispo – me cago
en los superiores. ¿Me mandaron al infierno a escuchar las mismas
idioteces? – el hombre hizo unas muecas bastante elaboradas – “quiero
hablar con su superior, quiero hablar con su superior”, ¡Bah!, maricones...
Eso es lo que jodió al mundo, los jefes. Eso es lo que existe, jefes y
lamedores de botas de jefes. Superiores... ¡Bah! Sólo una puta
circunstancia. Allá los que se dejan pastorear a punta de mentiras. De
idioteces. Conmigo no.
- ¡Ese es el espíritu! – dijo entusiasta el Galán.
- Te gusta mucho esa frase.
La enigmática al fin había reparado en el Galán. Hasta tuvo la confianza de
poner, por un instante, su mano en el brazo del hombre. Él agradeció el
gesto y le sonrío, burlón. Se notaba nervioso, se tanteó los bolsillos
instintivamente. Así como previamente había encontrado el billete que el
Encargado incineró con su truco de magia, ahora tenía una caja de cigarrillos
y unos fósforos. Los vio con sorpresa.
- Vaya. Cortesía de Expresos El Infierno.
El tipo se encogió de hombros y abrió la cajetilla con pericia, e
inmediatamente se la plantó delante a la enigmática. Ésta seguía viéndolo
con una teatral sonrisa, pero sin reparar en el ofrecimiento. El hombre probó
ofrecerle a la Desgarbada y ésta también se hizo la desentendida. El Librero
intentaba no perder detalle, disfrutaba de la aparición de cada nuevo
prototipo, cada personaje iba configurando un pintoresco conjunto. Infirió
que el “enemigo de los superiores”, el rubio con aspecto de boxeador, era
alemán. La dama elegante, la “amiga del doctor Attenbourg” también era
europea, quizás británica. Lo llamativo no era la nacionalidad de los
pasajeros, sino las peculiaridades, que afloraban a cada instante. Un reparto
estelar. El Galán desistió de ofrecer los cigarrillos, se encogió de hombros.
Encendió un fósforo.
- ¿Eres adicto? – preguntó la enigmática. La impertinencia parecía ser su
sello personal. El Galán dejó el fósforo a medio camino, sonrió son ganas.
- Siento tus energías oscuras – agregó la mujer - puedes ser adicto, pero
también un violador. O un asesino.
- Ese es el espíritu – dijo el Obispo. Le inyectó todo el desprecio posible a
su comentario. La enigmática de las preguntas directas y la mirada
penetrante podía ser Griega, quizás conocedora de los oráculos ancestrales,
pensó el Librero. El Galán perdió su remedo de sonrisa. Miró con ojos
vacíos, no exentos de rencor, a la mujer.
- Retiro lo dicho. No eres ejemplo para nadie – el hombre se guardo los
cigarrillos sin probarlos.
- Así que vamos a estar negando quienes somos hasta que ardamos
eternamente – la Griega afirmaba balanceando la cabeza, con una
parsimonia que podía pasar por graciosa – bueno, está bien. ¿Por qué no?
- Usted no es quien para confesarnos – dijo el Obispo.
- ¿Usted sí?
El Obispo no podía creer que hubiese tanta falta de empatía para con un
religioso. ¿Es que nadie en el vagón había hecho la primera comunión?
Cruzó miradas con el Alemán, el Galán, la dama elegante, la Griega, el
Librero y confirmó sus temores: para ellos, su investidura y valor simbólico
no significaban nada.
- No desaprovechen el tiempo que les queda – dijo el Encargado – con un
tono de voz, bajo, profundo. Esta vez su intención y actitud eran distintas.
Sus palabras se colaron en lo profundo de algunos de los presentes, cual
serpiente que se enrolla en un pie desnudo. El mensaje fue directo a una
zona vulnerable de los pasajeros. La dama elegante tembló, vio al
Encargado con ojos asustados y actitud de niña. El Obispo también perdió
aplomo. Entrelazó las manos, nervioso. Hasta La Griega mostró respeto.
Entregó el boleto al Encargado sin verlo a los ojos.
El Librero analizó al Encargado, mientras éste seguía su recorrido.
¿Realmente había que temerle? El truco de incendiar el billete estuvo
vistoso, pero nada más. Un mago de pueblo. Y ahora está amenaza. Sin
duda más de cuidado que la anterior. Logró sudores fríos en varios de ellos.
¿Pero estaba blofeando? “El tiempo que les queda”, dijo. ¿Se refería al
Obispo, a La Griega, o a todos? ¿Qué pasa si cualquiera de nosotros se le
abalanza y lo domina? ¿Si de verdad se arriesga el todo por el todo? el
Librero se sentía acorralado por las contradicciones. ¿Por qué habríamos
de agredirlo si nos ha tratado con respeto? Viste y se porta como un
caballero. Hasta ahora no eran de temer sus trucos. En resumen, no parecía
un demonio.
Quizás nada de eso importase. En cualquier instante iba a despertarse tirado
en la emergencia de un hospital de mala muerte. De regreso a su vida
estancada de vendedor de libros, solitario y respondón. Ya extrañaba las
peleas con su socio. También estaba la opción de morirse sin tanto teatro.
Sólo un interruptor que baja, y ya.
- Aquí en mi asiento encontré esto.
Esta vez hablaba una mujer joven, morena y de pelo negro, sus agraciados
rasgos eran indígenas. Ofrecía unas pastillas de caramelo, al Galán y al
Librero. El Galán la vio con desgano. El Librero negó con un gesto cortés.
Ella retiró la oferta sin darle importancia al asunto y se dispuso a abrir el
paquetito.
- Mejor no coma – intervino el Barbudo. La mujer lo vio por un instante y
siguió lidiando con la envoltura de plástico de la golosina.
- No coma – reiteró el Barbudo, muy serio. Mostraba una estabilidad algo
atemorizante, como de cyborg de ciencia ficción.
- ¿Están envenenadas?
- Somos prisioneros. Se nos amenaza con un destino fatal. Tenemos
motivos de sobra para ser precavidos.
El paquete de mentas daba vueltas entre las manos de la morena. El Librero
miraba la escena e iba registrando datos. La mujer hablaba como mexicana,
sus rasgos corroboraban esa nacionalidad. Parecía haber química entre ella
y el Barbudo. Un dato bastante subjetivo que no pudo dejar de notar.
- Si quiere lo pruebo yo primero – dijo el Alemán. Miraba a la trigueña
embobado. Tenía cara de haber escuchado el canto de una sirena. La
Mexicana se intimidó. Negó con la cabeza. El Alemán optó por una retirada
estratégica.
- No es bueno comer o tomar cuando uno no es invitado, sino prisionero.
Algunos no han sobrevivido para contarlo – insistió el Barbudo. La mujer no
pudo evitar sonreír.
- Usted parece un personaje de película de espías.
- Soy un simple pasajero en problemas, igual que usted. Mucho gusto.
El hombre estiró su mano con parsimonia. La morena lo pensó un instante
y también ofreció su mano. Ambos intercambiaron información en voz baja.
El Encargado empezó a alejarse por el pasillo entre los asientos. Al Librero
se le hacía más difícil ver al resto de sus compañeros de viaje. Casi sin darse
cuenta, se levantó para ver a los demás. En un ejercicio de rapidez mental
contó a once. Él era el pasajero número doce.
El siguiente viajero era un sexagenario con apariencia de catedrático, pero
de aspecto algo retorcido, con una boca inapropiadamente carnosa en una
cara pálida, y unos ojos pequeños de mirada aviesa. Se le veía muy
cuidadoso y educado en su interacción con el Encargado. Entregó su boleto
lo más rápido que pudo.
Al pasajero siguiente no se le podía ver desde la ubicación del Librero. Era
imposible apreciar el rostro o algún otro detalle. Su voz sonó alta y clara, con
un timbre seductor.
- Quiero ser enfático en decir que aquí debe haber un malentendido, que
puede ser subsanado si sumamos esfuerzos de una y otra parte. Optemos
por la sensatez – dijo el hombre que por el momento no tenía rostro.
El Librero aguzó el oído para no perder detalle.
- Yo diría que varios malentendidos – agregó el viejo con pinta de
catedrático, echando un agrio vistazo a los demás pasajeros – si quiere un
interlocutor válido para tender puentes con quien sea necesario... él es ese
interlocutor – enfatizó, señalando al hombre oculto.
El Encargado miró a los dos hombres con desdén.
- Mal comienzo, caballeros. Pueden hacerlo mejor.
El Catedrático miró asombrado tanto al hombre oculto como al Encargado.
Intentó defenderse.
- Sólo queríamos que supiera...
- Los que tienen que saber son ustedes, sobre todo de aquí en adelante.
Pero no parecen saber nada.
El Encargado esperó sin ningún comentario más. Los dos hombres,
resignados, entregaron sus boletos.
Y entonces, sucedió. Cuando parecía que más allá de los detalles, en este
tren hacia el infierno mandaba el diablo y los humanos obedecían, apareció,
como un escape de gas caliente, una amotinada. La última pasajera se
levantó con gran resolución, caminó hacia la puerta que comunicaba un
vagón con otro e intentó abrir. Los presentes despabilaron ante la
inesperada rebelde.
- Ésta como que no tiene boleto – dijo la Desgarbada.
- ¿A dónde vas, querida? Nadie te va a tratar como nosotros – replicó a voz
en cuello el Galán.
- Ahora vamos a saber que tan estrictas son las reglas en este tren –
reflexionó el Catedrático.
- Está en peligro – agregó el Barbudo, impasible.
Tiene razón, pensó el Librero. La mujer podía estar en riesgo. El Encargado
no parecía especialmente contrariado, pero inmediatamente apuró el paso
hacia ella. La mujer manipulaba la manilla sin fortuna. Asimiló su derrota y
volteó hacia el Encargado.
- El aire acondicionado no está muy bueno acá. ¿No puedo mudarme a
otro vagón?
El Encargado seguía acercándose sin responder. La mujer trataba de ver
por el cristal.
- ¿Se puede o no se puede?
Más silencio y menos distancia, con cada paso, entre el Encargado y la
rebelde.
- Responda, maleducado...
La mujer tendría unos treinta y cinco años. Cabello marrón rojizo, abundante
y largo. Era de piel blanca y rostro afilado. Tenía los ojos claros y los dientes
graciosamente parejos. Los mostraba en su esfuerzo por abrir la compuerta.
Las frases y tonalidades de su voz la precisaban como una Argentina. Era
atractiva. Por primera vez, el Librero sintió que no había sueño ni borrachera
ni alucinación. Esa mujer era de verdad. Todo era verdad. Como una
confirmación, la mirada de la mujer y la de él se cruzaron. El intentó
solidarizarse con un gesto. Ella lo vio por un instante, o quizás no, y luego
volvió a forcejear con la puerta. El Encargado llegó hasta ella y le puso
delicadamente la mano en el hombro. Automáticamente, la mujer trastabilló.
- ¡Aaaahh!
El Encargado no modificaba su semblante, como si no tuviese nada que ver
con la mueca de dolor de la mujer.
- ¡Hijo de puta!
Los demás pasajeros sintieron la presión del momento, los músculos se
tensionaron, las miradas atribuladas veían impotentes el mal rato que
pasaba la Argentina. El Barbudo se levantó de su asiento instintivamente y
adoptó una postura defensiva, veía hacía los lados esperando un ataque
que nunca llegó. Con respecto a la agredida, no mostró mayor interés.
El Librero no podía apartar la vista, la temperatura de su sangre aumentaba.
La mujer estaba de rodillas, sufría. Después de unos breves instantes de
rebeldía inconsistente, la mujer sacó su boleto con dificultad y lo entregó.
Inmediatamente el dolor cesó para ella, pero la brujería del Encargado la
había dejado mareada, se tambaleaba. Él mismo la tomó con sumo cuidado
y la acompañó hasta su asiento. Todos miraban el proceso, petrificados. El
Encargado hasta tuvo la delicadeza de acomodarle un cojín detrás de la
cabeza. Luego se dirigió a la puerta de la fallida disputa.
- ¡Eh!
La exclamación, un grito, resonó limpio en el vagón. Pareció romper una
burbuja de pasividad que lo envolvía todo. El grito del Librero.
- ¡Espérese!
El Librero avanzó decidido a alcanzar al Encargado. Éste no se daba por
aludido.
- ¡Párate! ¡Eh! ¿Había necesidad de hacerle daño? ¡Párate!
Todos miraban al Librero mientras caminaba a toda prisa por el pasillo del
vagón.
- ¿Esto es todo? ¿Sin explicaciones? ¡No tenía por qué hacerle daño! ¡Eh!
La decidida actitud del Librero provocó reacciones.
- ¿Puede hacer el favor de dar alguna explicación? Si es tan amable – sonó
una voz a espaldas del Librero. Unos pasos dejaron claro que quien hablaba
venía detrás de él.
La velocidad del Librero y su inesperado acompañante daban alguna
probabilidad de detener al Encargado, pero las leyes físicas eran
discrecionales en este tren rumbo al infierno. Los dos hombres caminaban
pero permanecían en el mismo lugar, sin posibilidad de avance.
Mientras los dos hombres hacían el numerito del hamster en la rueda, al
Encargado le dio tiempo de comunicar algunas instrucciones, respaldado
por brazos y gestos y un inesperado soporte tecnológico.
- Señores pasajeros – una elegante voz se escuchó a través de parlantes
- les informamos sobre algunas reglas muy básicas y de fácil ejecución para
ustedes, pero de importancia general para todos...
Las pantallas se encendieron. Mostraban distintos planos del Encargado, de
su rostro y de sus manos. Éste dibujó una gran circunferencia con los dedos.
- ...y cuando se habla de todos, es de todo el equilibrio universal, así que
les conminamos a cumplir con los siguientes lineamientos. Primero: no opten
por la pasividad durante el presente viaje...
El Encargado se golpeó las mejillas con las manos, el primer plano en una
de las pantallas era en cámara lenta. Luego chasqueó los dedos.
- ... deben interactuar con los demás. Las acciones y decisiones que
aparezcan de aquí en adelante determinarán el destino personal de cada
uno de ustedes, pero el radio de influencia de sus vidas se expande por los
cuatro puntos cardinales...
El Encargado hizo las señas correspondientes para indicar norte, sur, este,
oeste.
- ... de tooodo el vasto universo. Así que no menosprecien sus
interacciones, sus intercambios de información, sus confesiones...
El Encargado cruzó una mano sobre la otra y movió los dedos.
- ... la manida frase del aleteo de la mariposa y el posterior sunami al otro
lado del mundo, en este caso al otro lado del universo, es estrictamente
cierta.
Seguidamente, el Encargado empezó a marcar “exis” con el dedo en su
mano, como si fuese una libreta imaginaria.
- ... segundo: Salden cuentas. El tiempo en este lugar es aun más relativo
que en el mundo, así que no le den largas y pónganse al día con lo que
ustedes consideren indispensable para dar un salto de destino, que
eventualmente será el final de lo que entienden por existencia. Por la vía que
puedan...
El Encargado señaló su boca.
- ... por confesión...
Luego se puso una mano en el corazón.
- ... por introspección, por obra efectuada in situ, es importante:
El hombre cerró su libreta imaginaria.
- ... Salden cuentas. Por ahora, es todo.
Las pantallas se apagaron. El Encargado sacudió las palmas de sus manos.
La puerta entre vagones se abrió automáticamente y el hombre atravesó el
umbral, rumbo hacia el siguiente vagón. La puerta, tras su mutis, se cerró
sin ruido. El Librero y el otro dejaron de patinar y avanzaron sin problemas,
aunque con gran frustración. El Librero forcejeó con la manilla de la
compuerta. Luego apoyó sus manos en el vidrio e intentó ver al otro lado. El
Encargado pedía boletos a otro grupo de pasajeros.
- ¡Eh!
El Librero golpeó la puerta lo más fuerte que pudo. Nadie lo escuchaba.
Observó un horizonte de vagones delante del suyo, un tren infinito. Quizás
sólo fuesen cosas de su limitada percepción. Golpeó el vidrio varias veces
más hasta darse por vencido.
- Dios nos proteja – escuchó el Librero a sus espaldas.
Se dio la vuelta y se topó con un hombre negro, alto y delgado, de actitud
firme, aunque con expresión preocupada, gentleman de paltó y corbata. Lo
reconoció. Vaya sorpresa, estrafalaria. El Librero se mostraba desconcertado.
- Todos estamos igual de perplejos. Hizo bien en tratar de precisar al
sujeto. Nos dio una lección al resto.
El Librero seguía sin más opción que observar incrédulo a su interlocutor,
estaba a punto de reírse. El hombre de piel negra captó el detalle, lo miró
comprensivo y protocolar.
- ¡Ah! Sí, soy yo.
- El Líder – dijo el Librero.
El Líder, con sonrisa postiza, le tendió la mano. Apenas se las estrecharon.
- Supongo que en un tren hacia el infierno todo puede pasar. Hubiese
preferido mejor suerte – luego de decirlo, el Líder sonrío – no lo digo por la
compañía, lo digo por este viaje no solicitado.
- ¿Usted es el causante de todo este lío? ¿Le están cobrando una guerra
mundial? No entiendo que pito tocamos los demás aquí.
El Librero estaba atónito. El Líder mantuvo la calma.
- Yo no invento guerras, socio. Las guerras suceden y punto. Por ahora
centrémonos en este peculiar evento que nos acontece.
- ¿Cómo llegamos aquí? ¿Alguien sabe de qué va todo este lío?
- A todos nos falla la memoria. Aquí nadie sabe nada. Quizás entre todos
podemos sacar cosas en claro.
- ¿Sabe quiénes son? – atinó a decir El Librero.
- Conozco a uno o dos - ¿Y usted?
El Librero no dijo nada, sólo vio inexpresivo al Líder. Regresaron con el resto.




 




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