Doce Perdidos (miloxcamus Yaoi Lemon) Camilo

Capitulo 10 (Confesión, Desastres Y Peleas)

-Por qué…- Susurra, baja su mirada… Sintiendo un enorme deseo incontrolable de acercarse al peliaguamarino, abrazarlo, tomar sus manos y decirle todos sus sentimientos.

Es difícil para Milo, estar en un mundo ajeno, desconocer tanto y reconocer mucho a la vez… Darse cuenta que su versión de este mundo hizo una reverenda estupidez.

Que provocó el llanto de la persona que más ha amado en esta tierra, la anterior y las que seguirán.

El silencio reino de nuevo, están solos en la biblioteca, no es algo que sea cómodo para muchos, pero para estos dos jóvenes que necesitan hablar con suma urgencia, si es algo necesario y agradable…

Están entre desear decirse tantas cosas, y callarse a la vez… Por los miedos adquiridos por tantos fallos en su relación.

El peliaguamarino, al notar cómo reacciona su compañero, baja también la mirada, volviendo a ver el escritorio… Apretando sus puños y dejando que una lagrima traicionera caiga.

Respira profundamente, el dolor en su pecho al recordar aquella vez, cuando su ilusión se rompió… Cuando fue él quien se declaró a este chico y sólo obtuvo una horrible respuesta, una negativa… Demasiado cruel que las burlas no se detuvieron nunca…

Ya que a veces siente como si sus demás compañeros aún se rieran de sus sentimientos…. De haber sido rechazado, de que no sea tan inteligente o comprendiera los temas como los demás de forma rápida.

Camus, empezó a ser tan rechazado por los demás… Que su único amigo Surt, es quien lo acompaña siempre…

Y su ilusión le hizo creer que un pequeño amor de la infancia aún existía en ese corazón tan distante…

Quiso creer que se acabó todo cuando fue humillado, y que esté nuevo Milo lo abrazara de repente, tanto que lo asusto y termino golpeándolo…

Quería creer que no sentía nada, pero… Ni él mismo se la creé y es incapaz de superarlo…

Obviamente su ilusión crece aún más y lo que ocurrió ahora.

-Milo, se supone… Que tú me odias…- Aprieta sus manos sobre su regazo, que la mesa oculte su dolor, sin levantar la vista -¿Por qué… Me defendiste? ¿Por qué me diste esa nota?- Su voz comenzó a temblar, pero igual desea ser un poco fuerte, que vea el pelicerúleo que no lo ha destruido por completo.

Aunque así sea.

Su mandíbula tensa, sus puños sobre la mesa crispándose, sus pies desesperados por acercarse al peliaguamarino, a quien debería dejar en paz en el castigo.

¿Qué tanto deberán sufrir?

¿Cuánto daño hizo su antiguo yo en este mundo?

No, no va a dudar, pensar que no sea lo correcto, cuando es lo único que podría salvarlos a todos los involucrados y quienes aún faltan…

Milo se ha dado cuenta que es egoísta, que no puede vivir sin Camus, no importa el mundo, momento o lugar… Su corazón reclama estar al lado de su verdadero y único amor.

Sin importar la advertencia, el hecho del castigo o lo que sea…

Escorpio se levanta de su asiento… Sus pasos firmes se acercan al peliaguamarino que no ha podido elevar su rostro, porque aquellas lágrimas volvieron a tomar control de sus ojos, por más fuerte que intente ser…

El dolor de su corazón está tan presente, que es difícil pensar con claridad y todo se mezcla en una perpetua confusión.

Pensaba que se iría, que lo dejaría solo… Que le daría igual el castigo, y que no contestaría sus preguntas…

Lo conocía en su reacción y en lo cruel que ha sido… En lo distante, y esas palabras que le dijo de sus padres…

Camus no podía odiar a quienes se aman… No creía que fuera malo… Además, si sus madres fallecieron… No deberían alejarse del todo…

El pobre peliaguamarino sólo desearía que todo fuera como antes de las tragedias, cuando eran amigos y tomados de las manos, sonreían y compartían golosinas….

Pero esos días se acabaron ¿Cierto?

Y de repente la sorpresa le llegó a Camus como algo de ver para creer.

Ante él, aquel chico que le robo y destruyó su corazón en miles de pedazo, que se comportaba diferente, le mando una nota y lo defendió…

Esta delante él, hincándose… Como en esos cuentos de hadas, donde el príncipe ante su princesa se arrodilla, para pedirle algo o en este caso…

Ofrecer…

La mano del pelicerúleo directamente va a buscar la de Camus, tomándola del regazo de esté, haciendo que lo mire, para morder su propio labio al ver perlas de sal en esa preciosas mejillas rosadas.

Es una punzada en su corazón, que va a reparar el daño ante cometido.

Que el idiota Milo de ese lugar provocó por sus estupideces.

-No te odio, te lo juro…- Habla firme, sus ojos azulados se fijan en los violetas que se giraron para verlo… Como el resto del cuerpo ajeno se acomoda para sostenerle la mirada y ser atrapado por esa mano que anhela de nuevo tocar…

-¿Mi… Mi… Lo?- No sabe cómo responder… Su voz se va perdiendo por el asombro repentino… la calidez de esa mano, ser admirado por esos ojos que le habían dedicado desprecio antes…

No podía creerlo simplemente, no lo podía creer.

-Camus de… Camus Acuario…- Pensó y repasó en su mente tantas veces ese discurso, el cómo reconciliarse con su amado cubito.

Todo lo que haría para remediar el error, pero… En este momento, nada podía salir como se planeó, a veces ser espontáneo da mejores resultados.

-¡¡¡YO NO TE ODIO!!! ¡¡¡NO TE PODRÍA ODIAR JAMÁS!!! ¡¡¡TE AMO TANTO, QUE DUELE Y ES ASOMBROSO A LA VEZ!!!- Sonríe ante los violetas que se agradan ante las dulces palabras de amor dedicadas.

Ahora es el pelicerúleo quien deja escapar sus lágrimas, por la emoción… El sentimiento de estar recuperando a alguien importante se comienza a expandir en su corazón.

Baja la cabeza, en señal de ruego y vergüenza… Sin dejar de sostener esa suave y delicada mano que anhelaba tanto tomar, porque… Siempre fue su deseo más grande en aquella vida de caballeros, y en esta, no desea tomar otra que no sea la de Camus

-¡¡¡TE PIDO PERDÓN!!! ¡¡¡TE RUEGO QUE ME DISCULPES, QUE PERDONES LO QUE TE DIJE E HICE!!!- Su tono es tan firme y valeroso, decidido en seguir hablando fuerte y claro, que le da igual ser regañado por estar en la biblioteca… Aunque en si no hay ni una sola alma hasta el momento allí




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